Capítulo 22 La deuda cortada en la garganta
El frío de la medianoche se filtraba como un filo de hielo a través de los ventanales destruidos de los aposentos privados del Laird.
La tormenta sobre el mar del Norte bramaba contra las rocas de Dunnottar, pero dentro de la estancia solo se escuchaba el chasquido lúgubre de las brasas agonizantes y el estertor pesado del hombre que luchaba por su vida.
Gavin yacía tendido sobre el lecho de roble.
Su torso desnudo, cruzado por vendas empapadas en vino amargo y el cerco cáustico de la cauterización reciente, se elevaba a tirones violentos.
La fiebre del veneno consumido le abrasaba la piel, envolviéndolo en un sudor frío y denso que le pegaba los mechones oscuros a la frente.
Me mantuve arrodillada junto al dosel, sumergiendo un retal de lino en el cuenco de madera.
El agua helada me entumecía los nudillos recortados por las quemaduras del incendio del patio, pero no detuve el movimiento.
Apreté la tela sobre su frente ardiendo, sintiendo el pulso salvaje de su sien latiendo con una furia desordenada.
—No te vas a morir en esta cama, Sinclair —murmuré entre dientes, sosteniendo el paño con ambas manos mientras mis propios hombros temblaban bajo la manta rasgada.— No después de haberme encadenado a tu sombra.
Gavin no respondió; solo emitió un gruñido ahogado desde el fondo de su garganta, aprisionado en una penumbra febril.
Un escalofrío que nada tenía que ver con la corriente del ventanal me erizó el vello de la nuca.
Un pliegue del pesado tapiz que cubría el acceso posterior a las saeteras se movió sin sonido. No fue el viento. Fue un desplazamiento pausado, furtivo, ejecutado por alguien que conocía las sombras de Dunnottar.
Me quedé inmóvil, con el paño chorreando agua salada entre mis dedos.
En el paño de lana bordada recortado por la tenue luz del brasero, la silueta de un hombre se perfiló con la cautela de un depredador.
Un estilete corto de hoja estrecha refulgió en su mano derecha con un destello gélido.
Un explorador inglés, infiltrado a través de la brecha del muro sur que los zapadores habían abierto horas atrás, había penetrado hasta el corazón de la torre.
Sus ojos se fijaron en mí, cargados de una codicia despreciable. Venía a por las reliquias que yo custodiaba y a por la cabeza del Laird inerte.
El intruso dio un paso rápido, alzando el acero hacia mi cuello para ahogar cualquier grito.
El instinto me dominó antes de que la lógica pudiera articular una plegaria.
En lugar de retroceder, me lancé hacia un lado y aferré el pesado taburete de roble junto al lecho, levantándolo con ambas manos para interponer la madera maciza contra la embestida de la hoja.
El estilete se clavó con un chasquido seco en la paja del asiento, y la fuerza del impacto me arrojó de espaldas contra las losas heladas.
El Sassenach maldijo en voz baja, pisando mi falda para inmovilizarme mientras extraía el cuchillo con la intención de hundírmelo en el pecho.
—¡Sinclair! —el chillido se me desgarró en la garganta.
No hubo anuncio, ni el choque de una claymore, ni el sonido de una orden militar.
Como una bestia abisal que emerge de las tinieblas de la muerte por puro instinto territorial, Gavin se incorporó del lecho en un estallido de violencia primaria.
La fiebre que lo consumía pareció congelarse ante la amenaza.
Sin armas, con el torso al desnudo y la carne del hombro abierta en una llaga viva, el Laird saltó de la cama antes de que el soldado inglés pudiera girar el rostro.
Gavin se abalanzó sobre la espalda del intruso con la fuerza de una avalancha de granito.
Sus manos desnudas, frías, gigantescas y brutales, se encajaron en la cabeza del asesino: una palma apoyada firmemente en el mentón y la otra atenazando la nuca con la precisión de un cepo de hierro.
El inglés emitió un ahogado gemido de terror al sentir la envergadura del gigante de las Highlands sobre sus hombros.
Gavin ejecutó un giro seco, atroz e implacable con los brazos.
Un chasquido cruento y definitivo resonó en la habitación, como la quiebra de una rama seca bajo una bota.
El cuerpo del explorador se desmoronó al instante, cayendo cual saco inerte sobre la alfombra de pieles a mis pies, con los ojos desorbitados fijos en el techo.
El esfuerzo inhumano destruyó el frágil tejido de mi cauterización.
Las suturas de la llaga de su clavícula se rasgaron por completo y la brecha del hombro se abrió en un canal de sangre tibia que brotó a borbotones, salpicando con fuerza el lino claro de mi camisa y manchándome el pecho de rojo.
Gavin tambaleó dos pasos hacia adelante, con los pulmones expulsando un vaho espeso por el aire helado de la estancia.
Sus piernas doblaron bajo el peso agónico de su propio cuerpo y cayó de rodillas sobre las losas, justo frente a mí, apoyando una mano ensangrentada sobre mi muslo para no desplomarse por completo.
Se inclinó sobre mi regazo, con el rostro a milímetros del mío.
Sus ojos, turbios por la fiebre pero encendidos por una furia posesiva y primitiva que desafiaba a la propia muerte, clavaron su mirada en la mía con un agarre destructivo.
Su respiración agónica y salobre me abrasó los labios manchados de ceniza.
—Nadie... —siseó el Laird con una voz que brotó como un rugido sordo desde las entrañas de su pecho sangriento—. Nadie me arrebata lo que he reclamado como mío entre estos muros. Ni el acero de la Corona ni los perros que se cuelan en la noche...
Apretó los dedos sobre la tela de mi falda hasta rasgar el dobladillo, dejando que el reguero caliente de su sangre tiñera las telas de mi vestido.
—Mientras me quede una sola gota de sangre para manchar el suelo de Dunnottar, Ailsa —susurró, con la frente apoyada contra mi clavícula mientras su peso vencido volvía a caer inerte sobre mi regazo—, tu vida me pertenece.
Tragué saliva con la garganta seca, rodeando sus hombros desgarrados con mis manos temblorosas y sintiendo el latido agónico de su corazón pegado al mío en medio de la penumbra.