Capítulo 21 La marca del hierro candente
El rugido amortiguado del asedio exterior apenas atravesaba los pesados muros de granito del gabinete privado del Laird, pero el aire en el interior de la torre central era sofocante, cargado de un calor asfixiante que emanaba de la chimenea encendida a pleno rendimiento.
El vaho de la turba se mezclaba con el tufo metálico de la sangre y el olor agrio del vino usado como antiséptico.
Gavin se desmoronó cuan largo era sobre la mesa de trabajo de roble macizo, haciendo crujir la madera.
Su respiración brotaba en estertores secos y pesados.
El peto de hierro yacía destrozado en el suelo, y la cota de malla entreabierta dejaba al descubierto su hombro izquierdo, donde una saeta de hierro barbada permanecía hincada en la carne.
Una ponzoña negruzca —el viscoso jugo de tejón usado por los arqueros ingleses— se ramificaba ya como una red de venas oscuras y podridas ascendiendo hacia su cuello y su mandíbula.
El Laird apretaba los dientes con una fuerza que amenazaba con pulverizarlos, mientras el sudor febril le empapaba el cabello sucio de ceniza.
—Sal de aquí, Ailsa... —murmuró con un hilo de voz rotunda y rasposa, intentando apartarme con el brazo derecho sin conseguir más que un temblor violento.
—Cállate, Sinclair —ordené, con un tono que no admitía réplica.
Me despojé de la tela chamuscada de mi manto para remangarme hasta los codos, asumiendo el control absoluto de la estancia.
El pánico instintivo que debió haber frenado mi pulso quedó aplastado por una determinación helada.
Busqué en los pliegues de mi falda gastada y extraje el dirk de acero endurecido que me había sido confiscado días atrás.
Gavin me observó a través de una bruma de dolor, fijando sus ojos del color del granito desnudo en el reflejo de la hoja.
—Hazlo rápido —siseó.
Tomé una correa de cuero endurecido del armero y se la encajé entre las mandíbulas. Gavin la apretó al instante, y sus músculos se tensaron como maromas de navío.
Sin dudar un solo segundo, me incliné sobre su torso herido. Apoyé la mano izquierda sobre su pecho desnudo para estabilizar su peso y hurgué con la punta afilada de la daga en la herida, rasgando la piel y la carne abierta alrededor de la barbilla de hierro.
El calor invasivo de su piel y la viscosidad de la sangre caliente me bañaron los dedos. Gavin lanzó un rugido ahogado contra el cuero, y el latido salvaje de su corazón golpeó la palma de mi mano con una violencia casi inhumana.
Mis dedos ensangrentados buscaron el astil de la saeta. Apreté la base de hierro con todas mis fuerzas y, tras un tirón seco y desgarrador, arranqué la punta barbada del hombro del Laird.
Una bocanada de sangre negra e infectada brotó a borbotones de la cavidad, pero el cerco oscuro de las venas de su cuello no cedió. El veneno amenazaba con pudrirle la sangre en minutos.
No había tiempo para ungüentos ni para la piedad de los débiles.
Giré sobre mis talones y caminé hacia el brasero de la chimenea.
Introduje la hoja de mi dirk directamente entre las brasas al rojo vivo, esperando en silencio hasta que el acero pulido comenzó a brillar con una incandescencia rojiza y letal.
El calor del metal me abrasaba la piel del rostro, pero no di un paso atrás.
Regresé junto a la mesa.
Gavin me miró desde la penumbra, consciente de lo que se avecinaba. En sus pupilas dilatadas por la fiebre no había súplica, sino una aceptación implacable.
—Resiste —susurré contra su oído, sintiendo la vibración del vaho caliente de su respiración.
Levanté la daga candente y asenté la hoja incandescente de plano contra la herida abierta de su hombro.
El siseo brutal del acero quemando la carne viva resonó en el gabinete como un latigazo. Una humareda densa y blanca ascendió hacia el techo de madera, impregnando el ambiente con un olor penetrante y horrendo a carne cauterizada y hierro ardiente.
El cuerpo colosal de Gavin se convulsó violentamente sobre la mesa. El cuero entre sus dientes crujió a punto de romperse, pero el Laird no apartó la mirada. Fijó sus ojos desorbitados, encendidos por un tormento atroz, directamente en los míos, aferrándose a mi rostro en mitad del sufrimiento.
En un arrebato instintivo de fuerza agónica, su brazo derecho se disparó hacia adelante.
Sus dedos fríos y enormes se cerraron alrededor de mi cintura con un agarre destructivo, estampando mi cuerpo contra el borde de la mesa de roble y pegando mi pecho al suyo.
La calidez abrasadora de su torso herido y la firmeza implacable de sus dedos aplastaron cualquier distancia entre los dos.
Sostuve la daga sobre su piel hasta que la última gota de veneno quedó sellada bajo el estigma del fuego.
Cuando retiré el acero apagado, el agarrón de Gavin en mi cintura perdió la tensión de golpe. La mirada del guerrero se nubló, y el temblor de su cuerpo se detuvo por completo al desmayarse en mis brazos, dejando caer todo el peso inerte de su torso sobre mi hombro.
Lo rodeé con mis brazos ensangrentados, respirando el aire espeso del gabinete y comprendiendo, mientras sentía el hilo de su pulso lento contra mi cuello, que el destino de mi propia vida había quedado marcado a fuego junto con la carne de mi captor.