La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 20 El abrazo bajo el derrumbe
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Capítulo 20 El abrazo bajo el derrumbe

El rugido del colapso no fue un sonido repentino, sino una sacudida telúrica que retumbó en las entrañas de la roca viva del Castillo de Dunnottar.

En la base del desfiladero, resguardados tras manteletes de madera pesada, los zapadores de la Corona inglesa habían consumado su labor de zapa, socavando los cimientos de la arquería baja mediante picos, palancas de hierro y el fuego devorador que consumió las vigas de soporte.

La mampostería del muro sur cedió con un chasquido atronador, desplazando toneladas de granito hacia el abismo.

Gavin me apresó por la cintura antes de que el suelo se abriera bajo nuestros pies.

Sin dar margen a la protesta, el Laird me arrastró violentamente hacia el pasadizo subterráneo de la arquería baja, buscando la protección de las bóvedas inferiores.

Pero la estructura no resistió la onda expansiva del exterior.

El techo de granito crujió encima de nuestras cabezas y, con una cascada sorda de cascotes, polvo y bloques de piedra, la bóveda se vino abajo en ambos extremos del corredor.

El impacto nos arrojó de bruces contra las losas del suelo.

La oscuridad nos sepultó al instante, densa, helada y sepulcral.

El ambiente se volvió sofocante en cuestión de segundos, saturado por una nube espesa de suspensión de polvo de mampostería recién fracturada que me entró por la nariz y la boca, abrasándome las vías respiratorias y reduciendo el aire vital a una trampa mortal.

Tosí con violencia, tratando de incorporar el tórax sobre el suelo de piedra.

—No respires de golpe, Ailsa —siseó la voz de Gavin en la penumbra. Brotó áspera, profunda y rota por el aire cargado de polvo.

Una losa colosal, desprendida del arco central, quedó trabada en diagonal apenas a un metro sobre nuestras cabezas, amenazando con aplastarnos al menor movimiento de la tierra.

El espacio se vio reducido a una estrecha cavidad de confinamiento donde era imposible ponerse de pie.

La única luz existente era un hilo azulado e insignificante que se filtraba a través de una grieta microscópica en el muro fracturado desde el exterior.

Gavin se situó encima de mi cuerpo. El Laird afianzó sus rodillas sobre las losas a ambos lados de mis caderas y extendió sus hombros de par en par, apoyando las palmas desnudas contra el vientre de la losa fracturada para actuar como un puntal de hierro contra el bloque instable.

La sobrecarga era descomunal. Sentí los músculos de su espalda tensarse hasta el límite de la ruptura bajo el jubón de cuero militar.

Un hilo de sangre fresca, brotando de la brecha profunda que le habían abierto en la clavícula horas antes, comenzó a gotear lentamente sobre las telas rotas de mi escote, caliente y denso contra mi piel helada.

—Vas a quebrarte, Sinclair... —logré articular en un murmullo entrecortado, sofocada por el pánico a ser sepultada viva.

—Calla —ordenó él con una voz rasposa que vibró directamente sobre mi mentón.— Si el granito cede, me aplastará a mí primero. Guarda el aire.

En la estrechez claustrofóbica de la gruta de piedra, despojados de espacio, de alianzas y del choque de espadas, las barreras de mi desconfianza se disolvieron por pura necesidad física de supervivencia.

Atrapados en aquella cuna sepulcral, los rencores políticos del Clan Sinclair y mi condición de prisionera montaraz perdieron todo su peso.

Reconocí, con un temblor que me recorrió el espinazo, que depender de la fuerza física y de la resistencia bruta de mi captor era el único hilo que me mantenía aferrada a la vida.

Alcé mis manos temblorosas, con las palmas recortadas por las quemaduras y las bandas de lino empapadas en vino y tierra.

Busqué el contorno de su rostro en la sombra. Mis dedos se hundieron en la masa de su cabello sucio de hollín y ceniza, aferrándome a la nuca del Laird con una desesperación instintiva. Traje su cabeza hacia abajo hasta apoyar mi frente contra la suya.

El aire que respirábamos era el mismo vaho sofocante, mezclado en una bocanada compartida.

El olor a humedad rancia del subterráneo y al polvo de granito fracturado se vio amortiguado por el tufo metálico de la sangre de su hombro y la esencia persistente a brezo seco que aún desprendía mi piel enmarañada.

El calor abrasador que emanaba del torso desnudo de Gavin, aplastado sobre mi pecho desnudo bajo las pieles rasgadas, desató un choque térmico brutal contra el frío de las losas.

Sentí el latido desbocado y salvaje de su corazón golpeando mis costillas con la potencia de un mazo de guerra, marcando un ritmo denso que se acompasaba con la violencia desordenada de mi propio pulso.

Gavin ahogó un gruñido bronco contra mi oído cuando una nueva vibración sacudió la losa de mampostería.

Apretó los codos, reduciendo el espacio vital a cero y aplastando su pechera de cuero contra mis pechos unidos en un abrazo sofocante que me dejó casi sin aliento.

Su boca rasposa buscó la curva de mi cuello en la oscuridad, dejando brotar un aliento ardiente que me abrasó la piel manchada de ceniza.

—No voy a soltar la piedra, Ailsa —susurró el Laird con una firmeza gélida y posesiva que desafiaba al mismísimo derrumbe.— Aunque el muro de Dunnottar se convierta en nuestro sepulcro, tu respiración me pertenece hasta la última bocanada de aire.

Enterré las uñas con más fuerza en la lana de sus hombros, conteniendo el aliento contra su pecho sangriento y aceptando en la penumbra que la calidez salvadora del hombre que sostenía mi mundo era lo único que me separaba de la muerte.