Capítulo 19 La lluvia de azufre y brea
El cielo nocturno sobre las almenas de Dunnottar se transformó en una fragua infernal.
Las ráfagas del viento del norte, cargadas con el tufo amargo del mar y el hedor del azufre, batían las llamas que comenzaban a devorar las arquerías.
Alineados a lo largo de la línea costera, los trabucos y catapultas de la flota Sassenach lanzaban de forma ininterrumpida vasijas de barro rellenas de brea ardiendo que impactaban contra los tejados de madera con detonaciones secas.
El patio de armas superior era un hervidero de pánico. El humo denso, espeso y sofocante caía sobre el granito como un manto ceniciento que ahogaba los pulmones.
Me negué a permanecer encerrada en la torre del mirador mientras el fuego consumía la fortaleza. Corrí entre la multitud enardecida, abriéndome paso entre los guerreros que ajustaban sus broches de lana y las mujeres aterrorizadas.
—¡Traed la arena de las bodegas! —grité, ahogando una tos áspera mientras aferraba un cubo de madera empapado—. ¡El agua salada no bastará si la brea penetra los soportes del suelo!
Organicé a las sirvientas en una línea de acarreo continuo desde los aljibes del muro interior.
Mis pies descalzos sufrían por las picaduras de las brasas que caían como una lluvia constante sobre las losas, y mis manos vendadas latían con una punzada feroz a cada estirón.
Pero no había espacio para la debilidad.
En la parte alta de la muralla, visible entre las brechas del humo negro, la silueta masiva de Gavin Sinclair presidía la defensa.
El Laird vestía su pechera de hierro forjado y mantendría la claymore desnudada en la mano derecha.
Su rostro, cubierto por una pátina de hollín, sangre seca y sudor, refulgía bajo el fuego con la fiereza implacable de los antiguos reyes del norte.
Sus órdenes retumbaban sobre el estruendo de los proyectiles ingleses.
—¡Sostened las saeteras! —bramaba Gavin hacia sus capitanes—. ¡No permitáis que su infantería desembarque en el paso mientras el fuego arde!
Un silbido agudo cortó el aire por encima del patio.
—¡Ailsa, cuidado! —chilló una anciana de la servidumbre, dejando caer su vasija.
Un recipiente de brea incandescente se estrelló directamente contra el tejado de la herrería superior, a menos de cuatro varas de donde yo me encontraba. El impacto fue atronador. La estructura de roble envejecido cedió al instante bajo el peso del fuego y el proyectil.
El armazón de la herrería colapsó en una cascada de madera ardiente y escombros de granito.
Una viga principal cruzada sobre la entrada cedió, cayendo con un impacto pesado que me cortó la retirada. Quedé atrapada contra el muro posterior de la fragua, cercada por un muro de llamas que devoraba la lana de mi falda y nubes de azufre que me abrasaron las vías respiratorias.
Caí sobre las rodillas, cubriéndome la cara con los brazos mientras la humareda negra me nublaba la vista. El calor era tan abrasador que sentí la piel de las mejillas a punto de estallar.
—¡Gavin! —el grito se me rompió en la garganta, transformado en un estertor agónico.
Desde la altura de las saeteras, el Laird percibió el derrumbe de la estructura.
Vi su figura girar bruscamente, abandonando su posición de mando en la muralla sin dudar un solo segundo.
Gavin saltó los peldaños de la escalera de piedra de tres en tres, desoyendo las voces de sus capitanes que lo llamaban a gritos.
Cruzó la línea de fuego del patio con la celeridad de un depredador salvaje.
El Sinclair irrumpió entre las cortinas de humo de azufre, con la mirada gélida encendida por una furia letal que superaba la violencia del incendio. Llegó hasta la trampa de la herrería y, soltando la espada sobre las losas, se abalanzó sobre el madero incandescente que me aprisionaba.
Aferró la viga ardiente con sus guanteletes de cuero y hierro.
Los músculos de sus hombros y su espalda se tensaron hasta el límite mientras expulsaba un gruñido bronco de sus entrañas.
Con una fuerza descomunal y desesperada, desplazó la masa de madera en llamas, haciéndola rodar hacia el abismo exterior entre una explosión de chispas.
Antes de que el humo me privara del conocimiento, las manos de Gavin se cerraron sobre mis axilas.
Me izó del suelo con un tirón brutal, sacándome a rastras del infierno de la fragua. Me llevó hacia la penumbra del muro norte, lejos del calor directo, y me estampó violentamente contra su peto de hierro.
El impacto del metal helado contra mi pecho quemado me hizo ahogar un jadeo, pero el calor desmedido e invasivo que emanaba de su cuerpo me envolvió de inmediato.
Sus brazos armados se cruzaron alrededor de mi espalda con una presión destructiva que aplastó mis costillas contra las suyas, inmovilizándome contra la solidez inexpugnable de su pechera.
Tosí con convulsiones violentas, apoyando la frente manchada de hollín contra la piel rasposa de su cuello. Sentí el latido salvaje, denso y desbocado de su corazón retumbando a través del hierro, chocando de lleno con la violencia desordenada de mi propio pulso.
Gavin no aflojó la sujeción de sus brazos. Hundiéndose en mi cabello sucio de ceniza, el Laird dejó escapar una serie de toses secas causadas por el azufre, pero me apretó con una posesividad feroz que amenazaba con dejarme sin aliento.
—¿Estás de pie, mujer? —siseó contra mi oído, con la voz rota por el humo y la aspereza de la batalla.
—Estoy... viva, Sinclair —logré articular entre estertores, pegándome a la firmeza de su torso a pesar del terror.
Gavin apartó mi rostro de su pechera, sujetando mi mentón con sus dedos cubiertos de hollín. Su mirada del tono del granito desnudo me devoró las facciones con un choque de rabia, alivio y una necesidad posesiva tan pura que me congeló el aire en la garganta.
—Escúchame bien, prisionera —susurró el Laird, con un vaho caliente que me abrasó los labios en mitad de la humareda—.
Ningún fuego Sassenach va a consumirte en mi patio.
Te lo juro por el hierro de mi casa... mientras me quede un solo soplo de aire en los pulmones, ni la brea ni el acero de los ingleses te tocarán la piel.
Me quedé atrapada en la red de su abrazo, respirando su aliento salobre mientras las chispas rojas continuaban cayendo sobre el granito negro de Dunnottar.