Capítulo 18 El hilo de la dependencia
El estruendo del contraataque fallido en el camino fortificado del acantilado aún retumbaba en las vigas del salón de armas.
El aire de la estancia era pesado, saturado por el tufo áspero a vino agrio usado como antiséptico, humo espeso de azufre colándose por las saeteras y el vapor rancio de las antorchas de sebo.
La pesada puerta de roble se abrió de golpe.
Gavin irrumpió en la penumbra con la respiración agitada y la armadura de hierro mellada, abierta en las uniones por el impacto del acero enemigo.
Las placas de cuero militar estaban desgarradas en los hombros, y por la juntura del peto manaba un hilo continuo de sangre tibia y oscura que le empapaba el plaid.
Se dejó caer sobre el banco de madera de roble frente al fuego moribundo de la chimenea, desprendiendo un vaho espeso.
No pidió ayuda a sus hombres ni llamó a los cirujanos.
Sus ojos, del tono del granito desnudo azotado por la tormenta, se fijaron en mí con la misma intensidad implacable de siempre.
—Ailsa —ordenó, con una voz rasposa que apenas superaba el rumor del mar del Norte exterior.— Quítame el hierro.
Avancé hacia él sin dudar.
Mis manos, con las palmas y los dedos aún vendados y manchados por la ceniza del incendio, temblaron levemente al buscar las correas de cuero endurecido que sujetaban sus hombreras.
Desabroché los hebillajes oxidados con torpeza, sintiendo el calor excesivo que emanaba de su piel bajo la cota de malla.
Al retirar la chapa de hierro y la túnica de lino desgarrada, su torso quedó expuesto a la luz rojiza de las brasas.
Una maraña de cicatrices antiguas surcaba su pecho de guerrero, testimonios de viejas guerras feudales marcados a fuego y acero en su carne.
Pero a la altura de la clavícula izquierda, una grieta reciente y profunda, abierta por la punta de una lanza Sassenach, sangraba de manera abundante, derramándose sobre su piel áspera y sobre el músculo tenso.
Gavin permaneció en silencio absoluto. No emitió un solo quejido ni tensó la mandíbula mientras yo empapaba un paño de lino en vino para limpiar el borde herido. Dejó que mis dedos rozaran la entrada del corte, sintiendo la firmeza inamovible de su anatomía.
Limpié la sangre con movimientos cuidadosos. Al presionar los bordes del corte profundo cerca de su cuello, el Laird ahogó una respiración brusca.
En ese preciso instante, un calambre amargo me atravesó las entrañas.
Me descubrí a mí misma conteniendo el aliento, con el corazón golpeándome las costillas por el dolor que él intentaba ocultar.
El temor visceral y el odio político que habían guiado mis primeros días de encierro entre estos muros de piedra se desmoronaron, revelando una verdad terrible.
Mi necesidad de supervivencia se había transformado en un vínculo atroz e incontrolable.
Ya no concebía la libertad fuera de su sombra; no podía imaginar los páramos sin la presencia aterradora y protectora del hombre que gobernaba mi cautiverio.
Mi mente dependía de su fuerza física para no sucumbir a la masacre exterior.
Mis dedos temblaron visiblemente sobre su pecho ensangrentado.
—Estás dudando, prisionera —murmuró Gavin.
Antes de que pudiera retirar la mano o disimular el temblor que me recorría la nuca, la mano enorme del Laird se cerró sobre la mía con la fuerza de un cepo de hierro.
Gavin no apretó la herida, pero aplastó la palma de mi mano contra el centro de su torso desnudo, justo encima de la raja sangrienta y sobre el latido desbocado y furioso de su corazón. La sangre tibia mezclada con el vino resbaló entre nuestros dedos entrelazados, manchándome la piel de rojo.
—No te apartes —siseó el Laird, inclinando su rostro sobre el mío hasta que su aliento, un vaho ardiente que olía a salitre, hierro caliente y vino, me abrasó los labios.
—Suéltame, Sinclair... —logré articular, pero la réplica carecía de la altivez de mis primeros días. Mi pulso desbocado chocaba de lleno contra la violencia de su latido.
Gavin no aflojó la presión. Sus pupilas, dilatadas en la penumbra iluminada por el fuego moribundo, devoraron la debilidad de mis facciones con una fijación gélida, penetrante y posesiva que me heló las entrañas.
—Sientes el pulso de esta casa bajo tus dedos, Ailsa —susurró el Laird, dejando caer cada palabra con una gravedad ruda que hizo temblar la quietud del salón.
— Dímelo ante la sangre que nos mancha las manos...
¿es piedad por el hombre que te mantiene encadenada, o es la certeza de que tu vida me pertenece lo que hace temblar cada uno de tus huesos?
Me quedé paralizada sobre su cuerpo herido, con los dedos atrapados contra la carne caliente de su pecho y comprendiendo que la trampa de Dunnottar no estaba en sus murallas de granito, sino en el lazo sangriento que me ataba irrevocablemente a mi captor.