Capítulo 17 La víspera de la brea
El cielo nocturno sobre Dunnottar ardió en una lluvia dantesca de chispas rojas y trazos de fuego encendido.
Las primeras flechas incendiarias lanzadas desde las cubiertas de la flota Sassenach cruzaron las tinieblas como cometas de muerte, clavándose con siseos furiosos contra los tejados de paja y las arquerías de madera del patio de armas superior.
El caos estalló en el recinto con la violencia de un volcán desbocado.
—¡Traed más calderos de agua! —bramaban los capataces entre el estruendo de los proyectiles enemigas.— ¡Sofocad la brea antes de que las llamas alcancen las bodegas!
Me lancé al centro de la masacre esquivando a los hombres de armas que corrían hacia las defensas.
Ignoré el dolor latente de mis pies desnudos y la punzada de mis palmas cortadas, uniéndome a la cadena de sirvientes que acarreaban cubos de roble empapados desde el pozo central.
El aire se había vuelto abrasador, sofocante, dominado por una cortina de humo negro y denso que olía a azufre, madera chamuscada y brea ardiendo.
El siseo del agua helada al chocar contra las vigas encendidas levantaba nubes de vapor amargo que me cerraban los ojos y la garganta.
—¡Ailsa, apártate del muro! —gritó un sirviente a mi lado.
Un crujido sordo e imprevisto resonó encima de mi cabeza. La viga principal del armazón de la arquería superior, consumida por el fuego de una saeta de azufre, cedió con un chasquido seco.
El poste de madera en llamas se desplomó en diagonal, salpicando una cascada de brasas ardientes directamente sobre mi trayecto.
El impacto de la estructura bloqueó la salida hacia la torre, acorralándome contra la mampostería ardiente mientras una llamarada alta devoraba el lino de mi falda.
Me encogí hacia atrás, cubriéndome el rostro con el manto de pieles mientras la humareda asfixiante amenazaba con privarme del conocimiento.
Una sombra colosal rompió la cortina de ceniza negra.
Gavin Sinclair emergió de entre las llamas como una deidad de la guerra surgida del infierno.
Vestía su armadura pesada sobre el jubón de cuero, y la chapa de hierro forjado de su hombrera refulgía con tonos rojizos bajo el resplandor del fuego.
Sin dudar un solo segundo, el Laird embistió la viga ardiente con el hombro protegido, desplazando la masa de madero incandescente de un golpe seco que hizo saltar miles de chispas al aire.
Antes de que los escombros volvieran a cerrar el paso, la mano de Gavin se cerró sobre mi cintura.
Me arrancó del suelo con un tirón brutal, atrapándome en sus brazos contra la solidez inexpugnable de su pecho de acero.
Su envergadura me cubrió del calor directo de las brasas mientras el Laird retrocedía tres zancadas, sacándome del cerco de fuego hasta la sombra del torreón este.
Me apoyé contra las losas de granito, tosiendo violentamente y buscando aire para mis pulmones abrasados.
Gavin se plantó frente a mí. Se quitó los guanteletes de hierro y los dejó caer a las losas con un chasquido metálico. Sus manos desnudas, frías como el hielo de los páramos y ásperas por la empuñadura de su claymore, se encajaron en mis mejillas manchadas de hollín y sudor.
El choque de su piel helada contra mi rostro ardiendo por la proximidad de las llamas desató un calambre feroz que me cortó la respiración.
—¿Estás herida? —exigió el Laird. Su voz brotó como un rugido sordo y rasposo, dominado por una furia contenida que superaba el ruido de la batalla.
—Estoy bien, Sinclair —logré articular, sosteniendo su mirada encendida en mitad de la penumbra iluminada por los arcos de fuego enemigas.
Gavin apretó los dedos contra mis pómulos, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás hasta que su rostro, manchado de ceniza y surcado por una determinación mortífera, quedó a milímetros del mío.
En el fondo de sus ojos del tono del granito desnudo parpadeaba el reflejo de las llamas de Dunnottar.
—No arriesgarás tu cuello apagando incendios para mi clan, Ailsa —susurró con una posesividad implacable y destructiva que me heló la sangre por completo.— Tu vida me pertenece sobre este acero y sobre este suelo.
—Los Sassenachs están quemando tu fortaleza, tirano —siseé, sintiendo cómo mi pulso desbocado golpeaba contra la dureza de sus manos.— No van a dejar piedra sobre piedra.
—Que lo intenten —declaró Gavin Sinclair.
Su boca rasposa se detuvo a un espacio mínimo de la mía, pronunciando cada sílaba con la sacralidad de un juramento feudal y la violencia de una sentencia definitiva.
—Te juro por la sangre de mis antepasados y por el hierro de mi casa que las llamas quemarán la roca hasta convertir este promontorio en cenizas antes de que un solo soldado inglés ponga un pie sobre ti —prometió el Laird, hundiéndose en mi piel con un calor posesivo que aplastó mi terror bajo la certeza brutal de su protección.