Capítulo 16 El desafío de la mesa redonda
El ambiente en los aposentos privados del Laird era de un calor sofocante, cargado por el brasero de turba ardiente que crujía en una esquina y por la masa de aire espeso que el viento del norte batía contra los ventanales reforzados con barras de hierro fundido.
La marea salobre y el tufo rancio a brea quemada penetraban por los resquicios de la piedra maciza, impregnando las velas de sebo que parpadeaban sobre la pesada mesa de roble.
Apenas puse un pie dentro de la estancia, tras ser arrastrada por los corredores superiores en cuanto Gavin disolvió el consejo de guerra a zancadas furiosas, la puerta de roble macizo se cerró a mis espaldas con un impacto seco.
—¡Gavin! —apenas pude articular.
El Laird se giró sobre sus talones con una celeridad salvaje.
Su envergadura colosal cortó la poca luz de los candelabros, acorralándome de espaldas contra la madera reforzada de la puerta.
La masa de su cuerpo, cubierto por el jubón de cuero militar aún impregnado por el polvo de granito de las almenas y la cota de malla helada, se aplastó contra las telas endebles de mi vestido con una fuerza destructiva.
Me quedé atrapada entre la puerta impenetrable y la plancha de hierro forjado de su pechera.
El aire se me cortó en los pulmones, reduciendo la respiración a un silbido ahogado en la garganta.
—¿Te atreves a desmantelar mi autoridad militar ante los jefes de familia de Dunnottar, fugitiva?
—siseó Gavin. Su voz brotó con una rasposa gravedad que hizo temblar el espacio que separaba sus labios de mi frente.
Sus ojos, del color del granito desnudo azotado por la bruma del mar del Norte, me atravesaron con una fijación gélida, mortífera y desprovista de toda clemencia.
—Tu estrategia de caballería era una matanza segura en el desfiladero, Sinclair —repliqué entre dientes, rehusando agachar la cabeza a pesar de que la sujeción de su envergadura me aplastaba las costillas.— Tus capitanes pretendían cargar sobre el puente de piedra como bestias a ciegas.
—¡En esta fortaleza el único que traza las líneas de sangre soy yo! —bramó el Laird en un susurro áspero que me abrasó la mejilla con su vaho caliente. Sus manos se apoyaron en la madera a ambos lados de mi cabeza, aprisionándome en un marco de músculo, cuero aceitado y acero.
En mi retina persistía la imagen grabada de los rostros indignados y desencajados de los capitanes del Clan Sinclair rodeando la gran mesa de armas en el salón principal.
Recordaba el murmullo de odio cuando me erguí entre los guardias, señalando con el dedo sobre el mapa de pergamino la posición exacta de las catapultas pesadas y los trabucos de contrapeso que las naves de la Corona inglesa habían desplegado en la costa.
Había visto la furia en los ojos de los viejos guerreros al comprender que una prisionera montaraz entendía la logística del invasor Sassenach con la precisión de un general.
Gavin recortó aún más la distancia, hundiéndose en mi espacio hasta que la aspereza de sus botones de cuerno y el borde de su cinturón se clavaron en mi vientre.
La fricción brutal de sus muslos contra los míos desató una ola de calor ardiente que chocó de lleno contra el temblor helado de mis tobillos descubiertos.
—Aprendiste demasiado bien a leer los estandartes de los ingleses mientras huías por las colinas —murmuró él, bajando la cara hasta que el filo duro de su mandíbula raspó la curva sensible de mi cuello.
— No sé si intentabas salvar la vida de mi tropa o ganarte el favor de los oficiales de la Corona revelando sus propias tácticas ante mis hombres.
—Prefiero ver al Clan Sinclair de pie defendiendo las almenas que ver tus cabezas empaladas en la entrada del camino fortificado por la soberbia de tu mando —reté, alzando el mentón para buscar el destello gélido de sus pupilas en la penumbra.
Un jadeo ahogado se me escapó cuando Gavin apretó la masa de su torso contra mi pecho con un impulso seco y desmedido, anulando cualquier resquicio para el movimiento.
Sentí el latido denso, rápido y peligroso de su corazón retumbando contra mis costillas, envuelto en el aroma penetrante a turba, brezo fresco, cuero aceitado y salitre que emanaba de su piel.
El instinto me ordenaba clavar las uñas en sus hombros para apartarlo, pero mi mentón permaneció firme. No había rastro de diplomacia en su mirada; la fascinación oscura y el desprecio militar se cruzaban en sus facciones en un choque destructivo.
—Vuelve a interrumpir mis órdenes ante la mesa del clan y la siguiente lección no se resolverá entre las paredes de esta torre, Ailsa —susurró el Laird contra mis labios.
Su boca raspó la mía con una amenaza abrasadora, un contacto rudo y cargado de posesión que no pedía perdón ni mostraba flaqueza. Sentí los nudillos del Sinclair presionando sobre la madera a la altura de mis orejas, tan rígidos que las articulaciones crujían por la fuerza contenida.
—Si pones en duda mi autoridad ante los capitanes una sola vez más —prosiguió Gavin con una voz grave, ahogada y dominada por una necesidad feroz—, te arrastraré descalza hasta el muro exterior cuando ceda la muralla...
y te mantendré encadenada a mi pechera en la primera línea de fuego para que veas cómo el acero de mi casa decide quién gobierna tu destino.
El aire se volvió irrespirable en la penumbra de los aposentos, con el estruendo del viento marino azotando los ventanales y la presencia del Laird reduciendo mi universo al calor salvaje de su piel y la amenaza implacable de su mando.