La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 14 El refugio del agua alta
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Capítulo 14 El refugio del agua alta

El frío de las bodegas inferiores excavadas en la base del promontorio no se parecía al de las salas superiores; era un aire espeso, húmedo y mineral, saturado por el tufo rancio a salitre, algas machacadas y leña empapada.

Descendí por los peldaños de granito con los pies descalzos y entumecidos, buscando entre los sacos de turba secos las raíces de consolida que guardaban para la botica.

Un borbotón sordo resonó al fondo de la galería de piedra.

Antes de que pudiera reaccionar, una lengua de agua negra y helada irrumpió desde el pasadizo de acceso que daba a las grietas inferiores del acantilado.

La marea viva, impelida por la marejada anormal del mar del Norte, había alcanzado la garganta de las galerías con una rapidez aterradora.

El líquido gélido me cubrió los tobillos en cuestión de segundos, subiendo violentamente hasta mis rodillas mientras la corriente golpeaba los maderos de los sacos.

Giré sobre mis talones para ganar la escalera de salida, pero el pasadizo ya estaba anegado.

El flujo ascendente atrapó el umbral bajo una tromba oscura que apagó la única antorcha del muro con un silbido ahogado. La oscuridad se volvió absoluta.

—¡Gavin! —el nombre se me escapó de la garganta en un grito instintivo, devorado por el estruendo del agua empujando contra las paredes.

El nivel del mar subía sin tregua, alcanzándome el pecho. Mis manos buscaban a ciegas grietas en la mampostería mientras el frío del agua me agarrotaba los músculos. Cuando el líquido rozó mi barbilla, la respiración se me convirtió en un estertor de pánico.

Un chapoteo violento cortó el rumor de la marea.

Una mano enorme me apresó por el vestido de lana, tirando de mi cuerpo hacia arriba.

Gavin se emergió de las profundidades del túnel anegado, expulsando el aire tullido de sus pulmones.

Sin pronunciar una sola palabra, el Laird me sujetó con un brazo alrededor de la cintura y nadó contra la corriente que intentaba arrastrarnos hacia la boca de las rocas.

Se abrió paso a la fuerza hasta una cavidad elevada en el muro lateral: una pequeña gruta seca de almacenamiento a la que el nivel de la marea no lograba subir.

Nos arrastramos sobre una plataforma de piedra cubierta por una capa gruesa de sacos de arpillera secos.

Me desplomé sobre la fibra tosca, tiritando violentamente con convulsiones que me sacudían la mandíbula hasta hacerme chocar los dientes.

El vestido empapado era un lienzo helado pegado a mi piel que me absorbía la poca vida que me quedaba en las venas.

La oscuridad en la gruta era tan densa que no alcanzaba a ver mi propia mano. Solo se escuchaba nuestra respiración entrecortada y el chasquido del agua golpeando las rocas un metro más abajo.

En la penumbra, escuché el siseo del cuero y la lana áspera al ser despojados.

Gavin se quitó el jubón empapado y el plaid cargado de agua marina, dejándolos caer al suelo con un impacto pesado.

—Quítate esa túnica, Ailsa —ordenó el Laird. Su voz grave brotó rasposa, quebrada por el aire helado.

—No... —logré articular con los labios ruidos e inútiles.

—La humedad te matará antes de que la marea baje —siseó él, acortando la escasa distancia de la plataforma.

Sin esperar mi consentimiento, sus manos grandes y cargadas de callos se cerraron sobre el lino empapado de mi escote. Rasgó el lienzo húmedo con una brusquedad limpia y me despojó de la prenda, dejando mi piel desnuda expuesta al frío abrumador de la gruta.

Un ahogo se me atascó en el pecho cuando su cuerpo masivo se tendió sobre los sacos secos, envolviéndome por completo.

Gavin me arrastró hacia él. Su torso desnudo, ancho y ardiente como una plancha de hierro forjado al fuego, se aplastó contra mis costillas.

Pasó uno de sus muslos sobre los míos para inmovilizarme y cruzó sus brazos potentes alrededor de mi espalda, pegando mi pecho desprotegido contra el suyo.

La descarga térmica fue brutal.

El choque entre mi piel congelada por la sal y el calor primitivo, desmedido e invasivo que emanaba de su carne me hizo dar un respingo salvaje. Intenté apoyar las palmas en sus hombros para separarme a pesar de la debilidad.

—Estate quieta, mujer —murmuró Gavin contra mi sien. Su aliento, un vaho ardiente que olía a sal, agua y piel limpia, abrasó mi frente.

—No me toques... —musité, pero la protesta carecía de fuerza. Las convulsiones de mi cuerpo empezaron a ceder lentamente amortiguadas por la marea de su calor.

En esa penumbra absoluta, despojados de la armadura, el rango y las ropas del clan, el encierro perdió la arquitectura del castillo.

Atrapados sobre la piedra bajo el nivel del mar, solo quedaba la violencia física de nuestra supervivencia.

Mi pulso desbocado golpeaba de forma directa contra su pecho, encontrándose con el latido denso, pesado y acompasado de su corazón.

Gavin no aflojó el abrazo. Su mano derecha ascendió por la curvatura de mi espalda desnuda, hundiéndose en mi cabello mojado para presionar mi cabeza firmemente contra el hueco de su cuello.

Sentí la rigidez implacable de sus músculos cediendo bajo una tensión diferente; el Laird no me sostenía únicamente como a un rehén rescatado de las aguas.

Sus dedos se apretaron sobre mi nuca con una fijación ruda y posesiva que me heló la sangre por razones ajenas a la marea.

Su respiración agitada rozó mi oreja. Su boca se detuvo a un milímetro de mi piel, aplastando su cuerpo desnudo contra el mío con una fuerza que me dejó sin aire.

—Mía... —susurró Gavin en la oscuridad, dejando brotar una sílaba gruesa, áspera y ahogada por la necesidad, como una sentencia primitiva que no aceptaba la existencia del mundo exterior.— De las aguas o del acero... pero no vas a morirte en esta piedra, Ailsa.

Me quedé inmóvil en sus brazos, paralizada por el calor salvaje que nos consumía en las sombras y comprendiendo que, aunque el mar del Norte amenazara con ahogar las galerías, era la cercanía de mi captor la que me estaba arruinando la cordura.