Capítulo 13 El juramento sobre el hierro
El crepúsculo cayó sobre la fortaleza de Dunnottar teñido de un violeta sucio y ceniciento. El estruendo de las olas del mar del Norte rompía contra las rocas inferiores con un retumbo sordo, ascendiendo por el pozo de ventilación de la capilla interior como el eco de una plegaria maldita.
Gavin me condujo a solas hasta el templo de piedra.
En el recinto no había monjes ni guardias apostados junto a las columnas de granito.
El frío de las bóvedas subterráneas era sepulcral, cargado con el olor penetrante a cera de abejas quemada, moho de la mampostería húmeda y el rastro metálico de la sangre fresca que aún impregnaba mis vendajes.
Me detuve a tres pasos de la pila bautismal, envolviéndome con más fuerza en el pesado manto de pieles de lobo que el Laird me había arrojado la noche anterior. Mis pies descalzos y lacerados apenas encontraban calor en las losas heladas del altar.
Gavin avanzó hasta el centro del ábside.
La luz vacilante del único candelabro de hierro fundido proyectaba su sombra gigantesca sobre el cristo de madera tosca que presidía la nave.
Se desató lentamente el cinturón macizo de cuero y, con un movimiento seco que cortó la penumbra, desenvainó su dirk personal.
La hoja de acero templado brilló bajo el destello rojizo del fuego. El canal del lomo, pulido y afilado hasta la ferocidad, reflejaba la rigidez implacable de sus facciones.
—Acércate, Ailsa —ordenó el Laird. Su voz grave y cavernosa retumbó en las paredes de granito con el peso de una sentencia inalterable.
—No tengo más secretos que entregar a tu clan, Sinclair —repliqué, sosteniéndole la mirada a pesar del latido salvaje que intentaba sofocarme el pecho.— El mapa del desfiladero está trazado sobre el pergamino. ¿Qué más pretendes exigir a tu prisionera ante un altar sagrado?
—Las líneas de tinta sobre una piel no garantizan que no busques una grieta para vender mi posición cuando mis hombres salgan a interceptar a los Sassenachs —dijo Gavin, acortando la distancia entre los dos con dos zancadas silenciosas.
El calor brusco e invasivo de su cuerpo masivo volvió a sofocar el aire gélido de la capilla. La tela gruesa de su plaid y el cuero aceitado de su jubón chocaron levemente contra el borde de mi manto, aprisionándome entre la pila de piedra y su envergadura.
Gavin alzó la daga. Presentó la hoja desnudada de forma horizontal entre ambos, sosteniendo la empuñadura de bronce y hueso con la mano izquierda.
—Extiende la mano —mandó, fijando sus ojos gélidos del tono de la marea cenicienta en los míos.
—No voy a prestarte juramentos feudales —siseé entre dientes, apretando los puños contra los pliegues del abrigo.— En mi linaje no rendimos sumisión a los señores de la guerra.
Gavin no alzó la voz. No hubo rastro de duda en la línea dura de su boca.
Con una parsimonia quirúrgica y aterradora, su mano libre avanzó hacia mi costado, envolvió mi muñeca derecha golpeada por el registro y la arrastró hacia el frente.
La firmeza de su agarre transformó mi resistencia en un esfuerzo inútil.
Abrió mis dedos entumecidos e hizo que la palma de mi mano desnuda descansara directamente sobre el filo acerado del dirk. El contacto del acero helado me erizó el vello del brazo, enviando una descarga eléctrica que cortó mi respiración.
—No te pido sumisión a la Corona ni al Rey de Escocia —susurró el Laird, inclinándose levemente hacia mi rostro hasta que su aliento ardiente me abrasó la piel de la mejilla.
— Vas a jurar sobre el hierro de mi propia casa que las rutas del norte y los pasos de montaña que me has entregado son legítimos.
Jurarás por tu sangre que no pactarás con los emisarios ingleses si las almenas ceden ante el asedio.
—¿Y si me niego a sellar tus pactos? —desafié, sintiendo el sudor frío correr por mi nuca bajo la mirada abrasadora que me devoraba.
Gavin no respondió con palabras.
En una muestra de dominación ruda que me heló las entrañas, el Laird cerró sus dedos ásperos y cargados de callos de combatiente sobre el dorso de mi mano. Con una presión seca, lenta e implacable, obligó a mi palma a apretarse contra la arista del filo.
Un pinchazo agudo de dolor cortó la quietud de la nave.
El acero afilado atravesó la piel fina de mi palma.
Un hilo denso y escarlata de sangre tibia brotó al instante, deslizándose por la superficie cenicienta del metal hasta manchar los bordes de la empuñadura.
Un gemido ahogado se me atascó en la garganta, pero me negué a apartar los ojos de los suyos.
Gavin no liberó la presión.
Desplazó su propia mano sobre la hoja, apretando sus nudillos contra mi palma cortada hasta que su propia piel cedió ante el hierro. Su sangre caliente se mezcló con la mía sobre la superficie del dirk, goteando en un trazo escarlata que impactó contra las losas del altar.
El aire de la capilla se volvió sofocante, cargado del penetrante olor metálico de la sangre fresca mezclado con la cera rancia.
La proximidad física entre los dos era tan brutal que sentía el pulso acelerado de su pecho latiendo a través de la lana de su plaid, chocando en perfecta simetría contra la violencia desbocada de mi propio corazón.
Gavin soltó la empuñadura de la daga, dejando que el arma quedara atrapada únicamente por la sujeción de nuestros dedos entrelazados sobre el filo.
Con la mano izquierda, el Laird tomó mi palma herida y manchada de sangre combinada y la estampó directamente contra el centro de su pechera de cuero, justo sobre el latido áspero de su corazón.
La fuerza del impacto me hizo dar un leve respingo, pero la mole inexpugnable de su cuerpo me impidió dar un solo paso atrás.
—En las Tierras Altas, fugitiva, un pacto sellado sobre el hierro y la sangre de la casa Sinclair no lo deshacen las leyes de los reyes ni los engaños de la diplomacia —declaró Gavin con una voz rasposa y cavernosa que hizo temblar la luz de la vela.
— Este lazo solo lo rompe la muerte. Si me has vendido a los Sassenachs, tu propia sangre en este acero reclamará tu vida antes del amanecer.