Capítulo 12 El ungüento y la guardia
El aire de las salas subterráneas de Dunnottar era denso, frío y pesado, amortiguado por toneladas de piedra maciza que sofocaban el rugido exterior del mar del Norte.
No corrían corrientes en la botica excavada bajo las bodegas, pero el frío se pegaba a las paredes húmedas como una fina capa de escarcha invisible.
Tras la purga del sirviente traidor que intentó envenenar al Laird con cicuta de agua, Gavin no me permitió regresar a la penumbra de mi celda.
Impuso una nueva forma de vigilancia: mi destreza con las hierbas y la botánica de los páramos ya no sería un secreto reservado para mi supervivencia, sino una servidumbre forzada para su clan.
Sobre la pesada mesa de granito de la enfermería reposaban cuencos de barro, morteros de piedra y manojos secos de milenrama, musgo de roble y hojas de sauce.
A mi alrededor, sobre yacijas de paja cubiertas con mantas de lana áspera, tres guerreros Sinclair convalecían de las heridas abiertas sufridas en las últimas escaramuzas contra los exploradores Sassenachs.
Los lienzos de vendaje blancos contrastaban de forma sangrienta contra la piedra oscura del suelo.
Machaqué la milenrama en el mortero con movimientos rítmicos y calculados. Con el pretexto de buscar recipientes de aceite y vinagre, me desplacé dos veces hacia los anaqueles del fondo, midiendo con la mirada la posición de las rejas de ventilación de hierro fijadas en la parte alta de la pared.
Las aberturas estrechas daban directamente al abismo del acantilado sur. Si lograba aflojar los remaches corroídos por la sal, tendría un conducto directo hacia las rocas inferiores.
Un crujido leve en la puerta de madera me congeló la sangre.
Gavin Sinclair estaba apostado contra el marco del umbral.
La envergadura de sus hombros bloqueaba casi por completo la luz cenicienta del pasadizo.
Vestía su jubón de cuero militar y llevaba el dirk que me había confiscado bien sujeto al cinturón macizo, junto al pomo de su claymore.
No pronunció palabra alguna. Apoyó la espalda contra la madera tosca y se limitó a observar cada uno de mis gestos en un silencio sepulcral, opresivo, con esos ojos del color del granito desnudo que me seguían a cada paso.
Sostener el peso de esa mirada gélida mientras intentaba disimular mi inspección del ventanal me destrozó el pulso. La tensión se volvió tan física que sentí un sudor frío correr por mi nuca a pesar del ambiente helado de la sala.
Tomé un bisturí de hierro de lámina corta para limpiar el tejido infectado de una plasta de barro medicinal.
Mis dedos, entumecidos por el frío y temblorosos por la fijación incesante del Laird, traicionaron mi pericia.
El metal resbaló sobre la superficie del cuenco de barro.
El filo acerado cortó la yema de mi dedo índice izquierdo. Un pinchazo agudo me atravesó la mano y una gota de sangre roja, densa y caliente brotó al instante, goteando sobre la blanca mortaja de las vendas.
Apreté los dientes para no soltar un quejido.
Antes de que pudiera llevarme la mano al delantal de lino o buscar un paño seco, el Laird cruzó la estancia en dos zancadas silenciosas.
La velocidad de su movimiento extinguió la distancia entre los dos, trayendo consigo el aroma inconfundible que lo precedía: cuero aceitado, humo de turba, salitre y el calor invasivo de su cuerpo masivo.
Gavin me atrapó la muñeca herida con la fuerza de una tenaza.
—Eres torpe cuando intentas ocultarme tus intenciones, Ailsa —dijo con una voz profunda y rasposa que no admitía réplica.
—Puedo curarme sola, Sinclair —siseé, intentando zafar la mano de su agarre de hierro mientras el corazón me golpeaba con violencia desbocada contra las costillas.— No necesito la ayuda del señor de este castillo para una rozadura de acero.
Gavin no soltó mi muñeca. Ignoró mis palabras con la misma indiferencia implacable con la que gobernaba su fortaleza.
Tiró de mi brazo hacia arriba, elevando mi mano hasta la altura de su rostro.
Con una parsimonia posesiva que me heló las entrañas, el Laird inclinó la cabeza. Rodeó mi dedo cortado con sus dedos rudos y se lo llevó directamente a la boca.
Un jadeo ahogado se me atascó en la garganta.
Sentí la calidez abrasadora de su boca envolviendo la yema de mi dedo.
Gavin limpió la gota de sangre caliente con un movimiento lento y deliberado de su lengua, manteniéndome la mirada fija en los ojos durante todo el proceso.
El contraste entre el vaho ardiente de sus labios y el frío glacial que reinaba en la botica desató una descarga eléctrica que recorrió cada nervio de mi espina dorsal, haciéndome erizar la piel bajo el vestido húmedo.
La intimidad del gesto no traía ternura; era un acto de dominación absoluta, una marca de posesión territorial ejecutada a plena luz en su propia enfermería. Mi pulso se aceleró a un ritmo salvaje, sofocándome los pulmones mientras el calor de su cuerpo aprisionaba mi aire.
Tras limpiar el filo de la herida, Gavin extrajo un lienzo de lino limpio de la mesa sin soltarme jamás la mano. Con una destreza quirúrgica e imprevista en un guerrero acostumbrado a blandir la claymore, envolvió la corte con firmeza y anudó las tiras de tela sobre mi yema.
Intenté retirar la mano en cuanto apretó el nudo, pero el Laird no aflojó los dedos sobre los míos. Sostuvo mi mano envuelta en lino entre la suya, obligándome a sentir la textura áspera de sus callos de espadachín y la fuerza contenida que me rodeaba.
—No intentes medir las rejas de ventilación de esta sala, fugitiva —susurró Gavin, inclinándose hacia mí hasta que su aliento, cargado de la calidez de su propia piel y la aspereza de su autoridad, chocó directamente contra la curva de mi oreja.
— Mis ojos están sobre ti en cada pasadizo de Dunnottar...
e incluso en los recovecos de tu propia piel.
Me quedé paralizada en mitad de la botica, con la respiración entrecortada y el dedo apretado por su vendaje, comprendiendo con un terror helado que la red de su cautiverio no solo se cerraba sobre los muros de granito, sino sobre cada latido de mi propio cuerpo.