Capítulo 11 La acusación de la piedra
El alba irrumpió sobre el Castillo de Dunnottar con una luz plomiza, fría y enferma que apenas lograba atravesar la bruma salina acumulada en el mar del Norte.
El estruendo de las olas rompiendo contra la base de la roca viva llegaba amortiguado hasta el pasadizo interior de las saeteras del muro norte, un corredor angosto y desierto donde la mampostería rezumaba la humedad helada de la noche.
Apenas puse un pie fuera de las escaleras de la celda, una sombra colosal cortó el aire.
Gavin Sinclair me abordó sin previo aviso. Su mano derecha se cerró alrededor de mi muñeca izquierda con la precisión de un cepo de hierro, arrancándome una exclamación ahogada mientras me arrastraba violentamente tres pasos adentro de la arquería desierta.
—¡Suéltame, Sinclair! —exigí, intentando plantar los talones desnudos sobre el granito mojado.
El Laird no respondió. Con un impulso seco y brutal, me estampó de espaldas contra la muralla de piedra.
El impacto del granito helado atravesó la tela fina de mi vestido, cortándome la respiración mientras sus manos apresaban mis dos muñecas y las alzaban por encima de mi cabeza, inmovilizándome contra la pared.
Quedé atrapada, sin palanca para defenderme, con las articulaciones enrojecidas bajo su fuerza implacable.
Gavin dio un paso más, acortando la distancia hasta que su cuerpo masivo bloqueó cualquier resquicio de luz.
Vestía su túnica de cuero militar aún marcada por las manchas de sangre de la noche anterior, y la tela gruesa de su plaid presionaba mis muslos y mis costillas bajo una dominación territorial sofocante.
El olor a turba, humo de leña, salitre y el rastro amargo de la cicuta derramada en el salón aún impregnaban sus ropajes, cayendo sobre mi rostro como un manto opresivo.
Sus ojos, del color del granito ceniciento azotado por la tormenta, se clavaron en los míos a escasas pulgadas de distancia. Su mandíbula estaba tan rígida que los músculos de su cuello se tensaban como sogas.
—Juegas un juego mortífero, fugitiva —siseó Gavin.
Su voz, una rasposa amenaza grave, retumbó directamente sobre mi piel, haciendo temblar el vaho helado que brotaba de sus labios.
— Los Sassenachs te persiguen para recuperar sus secretos, y tú te paseas por mi salón destrozando copas de usquebaugh ante mis capitanes.
—El licor estaba envenenado con cicuta de agua, tirano —respondí entre dientes, apretando la espalda contra la piedra para no traicionar la forma en que mi pulso se desbocaba contra mis costillas.
—¡Lo sé! —bramó él en un susurro áspero que me abrasó la mejilla, sin aflojar un solo milímetro la presión en mis muñecas.
— Sé exactamente qué había en ese peltre.
Lo que necesito saber es por qué una prisionera que jura odiarme, una mujer a la que confiscó su acero y encerró sobre el abismo, arriesgaría la piel para salvar la vida de su captor.
La proximidad de sus facciones era destructiva.
Sentía el calor invasivo de su pecho subiendo y bajando a un ritmo acelerado contra el mío, un contraste feroz contra el frío glacial del muro de granito que me congelaba la nuca.
La fricción de su cuerpo contra el mío desataba un pulso eléctrico que amenazaba con quebrantar mi juicio.
Si el Laird moría, el caos me habría permitido escapar a los páramos bajo la niebla.
Ambas lógicas se destruían en mi mente, dejándome expuesta ante la mirada inclemente del hombre que gobernaba mi encierro.
—¿Buscabas ganarte mi confianza para apuñalarme por la espalda cuando baje la guardia? —presionó Gavin, inclinando la cabeza hasta que el filo de su barbilla rozó mi pómulo.— ¿O es que los ingleses te pagaron para montar un espectáculo que cubriera la huida del sirviente traidor?
Sostuve su mirada gélida sin parpadear, rehusando agachar la cabeza o mostrar un atisbo de sumisión.
—Si hubiera querido verte muerto, Sinclair, me habría limitado a sonreír mientras tragabas la ponzoña —repliqué con una ironía afilada como el bronce, a pesar de que la falta de aire me cerraba la garganta.
— Pero en las Tierras Altas aún existe la memoria del honor.
Prefiero mil veces ser la cautiva de un señor de la guerra que combate a cara descubierta con su claymore, antes que el trofeo de un envenenador miserable que compra sirvientes en las sombras.
La respuesta impactó en el salón de su orgullo.
Gavin no apretó más las muñecas, pero la tensión en sus facciones se transformó.
Sus pupilas se dilataron, fijándose en la curva de mis labios con una fijación oscura y peligrosa que hizo que mi corazón diera un vuelco salvaje.
La acusación militar y el interrogatorio de estado se disolvieron de golpe, sustituidos por un choque respiratorio sofocante donde la rabia, la sospecha y una atracción física primitiva e incontrolable se cruzaron como dos espadas.
—Cuidas demasiado tu lengua para ser una mujer que no tiene nada que perder —murmuró el Laird con la voz rota por la aspereza.
Lentamente, sin liberar mis brazos, Gavin redujo la escasa distancia que separaba nuestros rostros.
No hubo espacio para la negociación ni para la distancia.
La marea de su cuerpo se aplastó contra el mío hasta que la aspereza de sus labios rozó los míos con una rozadura seca, abrasadora y cargada de una amenaza que era puro fuego helado.
El contacto duró apenas la fracción de un segundo, pero fue suficiente para erizarme la piel hasta las entrañas y dejarme sin aliento.
Gavin no completó el beso. Detuvo el impulso a un milímetro de mi boca, sosteniéndome contra la piedra con una fuerza implacable mientras su respiración agitada se mezclaba con la mía.
—Descubriré qué secretos guardas en ese pecho, Ailsa —susurró el Laird Sinclair contra mis labios, pronunciando cada sílaba con una promesa gélida que hizo vibrar el granito a mis espaldas.
— Descubriré por qué me salvaste la vida...
aunque tenga que desmantelar tu orgullo pieza a pieza hasta que no te quede una sola mentira a la que aferrarte.