La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 10 La cicuta en el peltre
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Capítulo 10 La cicuta en el peltre

El bullicio estridente del banquete festivo retumbaba contra las arquerías de granito del gran salón de armas de Dunnottar.

El ambiente era sofocante, cargado de un calor pesado y espeso desprendido por la masa de turba ardiente en el hogar central, interrumpido únicamente por las ráfagas heladas de viento salado que se filtraban por los ventanales altos sin cristal.

La tempestad exterior golpeaba los murallones, trayendo consigo el eco sordo del mar del Norte rugiendo en la oscuridad.

Permanecí sentada en una mesa lateral de madera tosca, apartada de la línea principal de festín y bajo la custodia asfixiante de dos guerreros del Clan Sinclair.

Mis tobillos heridos latían con una punzada sorda bajo el manto de pieles que Gavin me había arrojado la noche anterior, pero mis ojos no descansaban.

Desde las sombras del lateral del salón, mi mirada recorría cada movimiento de la estancia.

En la cabecera de la gran mesa de roble central, rodeado por sus capitanes más veteranos y flanqueado por la pesada cruz de hierro de su claymore, el Laird presidía la estancia.

Gavin vestía su jubón de cuero militar, manteniendo una postura erguida e impasible mientras escuchaba los informes de ronda.

Frente a él se apilaban las fuentes con carne asada de venado y jarras de cerveza rancia, pero el Laird penas probaba bocado, gobernando la velada con su habitual máscara de frialdad quirúrgica.

Un movimiento anómalo cerca de la entrada de la servidumbre inferior me puso en alerta.

Un sirviente joven, de mejillas pálidas y mirada esquiva —un muchacho de las cocinas cuyo nerviosismo delataba que su lealtad había sido comprada en secreto por el oro de los emisarios Sassenachs—, atravesó el salón cargando una bandeja de peltre desgastado.

En el centro de la bandeja reposaba un cuenco alto de peltre lleno hasta el borde con usquebaugh destilado.

El muchacho esquivó a los guerreros ebrios hasta situarse a la derecha de Gavin, depositando el recipiente frente al Laird con una inclinación de cabeza demasiado apresurada.

Mi instinto de montaraz y mis años de supervivencia en los páramos activaron una alarma violenta en el pecho. Criada en la botánica ruda de las colinas, aprendí desde niña a reconocer los venenos que la vegetación del norte oculta entre los arroyos.

Me incliné levemente hacia adelante, afinando la vista a través del humo negro y denso de las antorchas de brea.

A dos varas de distancia, el vaho del licor trajo hasta mi pituitaria una ráfaga agria, inusual y fétida, que nada tenía que ver con la malta y la turba.

Sobre la superficie dorada del usquebaugh flotaba una ligera pátina aceitosa de un matiz verdoso y brillante que parpadeaba bajo la luz de las brasas.

Cicuta de agua. La ponzoña más rápida y devastadora de los pantanos del sur, machacada hasta convertirla en extracto puro.

Una sola gota paralizaría la garganta y los pulmones de un hombre antes de su siguiente respiración.

Gavin extendió su mano derecha, cerrando sus dedos ásperos alrededor del tallo del cuenco de peltre.

El pánico me atenazó las entrañas con una fuerza aterradora.

Si el Sinclair caía muerto en esa mesa, el castillo se transformaría en un matadero sin gobierno y los guardias me despedazarían acusándome de la traición antes de que las tropas inglesas cruzaran las puertas fortificadas.

Mi lógica de fugitiva gritaba que me mantuviera en la sombra, pero mi instinto moral rechazó el asesinato a traición con una ferocidad arrolladora.

Gavin alzó el recipiente metálico hacia sus labios, ladeando la cabeza para beber.

—¡No! —grité, rompiendo la calma del salón.

Antes de que los dos guardias que me flanqueaban pudieran reaccionar o extender sus brazos para retenerme, me impulsé desde el banco.

Ignoré el dolor agudo que me atravesó la planta de los pies y crucé la distancia del salón en una carrera desesperada, esquivando a los capitanes que se giraban sorprendidos.

Llegué a la mesa central en el preciso instante en que el borde del peltre tocaba la boca del Laird.

Sin dudar un solo segundo, me abalancé sobre el borde del madero de roble y cerré mi puño con violencia, propinando un golpe seco y certero a la base del cuenco.

El recipiente saltó por los aires, zafándose del agarre de Gavin.

El peltre rodó por las losas de granito con un estruendo metálico que resonó como un cañonazo en el salón, mientras el usquebaugh envenenado se derramaba en una mancha aceitosa sobre la madera nudosa de la mesa y el suelo.

Un vapor denso y un olor fétido, penetrante y amargo —el perfume rancio de la cicuta de agua machacada— inundó el aire del ambiente al instante.

El salón de armas cayó en un silencio sepulcral, helado y mortal.

El chasquido unánime de dos docenas de claymores y dirks desenvainándose al mismo tiempo rompió la quietud, inundando la estancia con el destello opaco del acero templado.

Los capitanes del Clan Sinclair se pusieron en pie de golpe, rodeándome en un círculo infranqueable de filos dirigidos directamente a mi garganta y mi pecho.

Me quedé inmóvil sobre la mesa, apoyada en las palmas de las manos, respirando de manera entrecortada con el vaho saliendo de mi boca y la mirada clavada en la mancha verdosa que burbujeaba sobre la madera de roble.

Gavin Sinclair no se levantó.

Permaneció sentado en su sitio, con la mano que sostenía la copa congelada en el aire, contemplando el charco aceitoso que impregnaba las tablas y el humo fétido que emanaba del licor contaminado.

Una rigidez peligrosa se apoderó de su mandíbula. Despacio, con una parsimonia letal que hizo que el aire del salón se volviera irrespirable, el Laird alzó la cabeza.

Sus ojos, del color del granito desnudo azotado por la tempestad, se clavaron en los míos. En el fondo de su mirada no había gratitud; había una tormenta oscura donde colisionaban el desconcierto, una furia contenida y una sospecha mortífera que me congeló la sangre en las venas.

—Explícate antes de que el acero de mis hombres atraviese tu carne, prisionera —ordenó Gavin con una voz tan helada que cortó el estruendo del mar exterior.