La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 9 La ley de las brasas
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Capítulo 9 La ley de las brasas

Una granizada embravecida azotaba las torres más altas de Dunnottar a medianoche. El repiqueteo seco y constante del granizo golpeaba contra los barrotes de la saetera como una descarga de proyectiles de hielo, mientras el viento gélido del mar se colaba por las rendijas de la mampostería.

Arrodillada sobre las losas congeladas de mi celda, intentaba revivir el fuego moribundo del brasero de pared con el aliento que me quedaba en los pulmones.

El vapor de mi respiración salía denso, mezclándose con la columna fina de humo azulado que emanaba de un par de turbas negras casi extintas.

Mis manos entumecidas, rojas por el frío y manchadas del hollín acumulado en las esquinas, apenas tenían fuerza para acomodar la leña.

La fina lana de mi vestido, húmeda aún por la garúa del acantilado, no me ofrecía protección alguna frente al invierno de las Tierras Altas que parecía haberme calado hasta las entrañas.

El chasquido seco del cerrojo rompió el estruendo de la tormenta.

Me puse en pie de golpe, escondiendo las manos tras la espalda y apretándome contra el borde de la mesa de madera.

La pesada puerta de roble se abrió con un gemido de los goznes de hierro, proyectando una sombra gigantesca sobre el techo de granito desnudo por el tenue resplandor rojo que agonizaba en el suelo.

Gavin Sinclair cruzó el umbral.

Su presencia ocupó el aire de inmediato.

No traía la cota de malla ni la claymore desnudada, pero la pesadez de sus botas de cuero curtido sonó como una marcha de combate sobre las losas.

Sobre sus hombros anchos llevaba un manto pesado de pieles oscuras de lobo y oso, impregnado de agua de lluvia y el olor penetrante a turba quemada y viento salobre.

Avanzó en silencio hacia la saetera, comprobando con la firmeza de sus dedos el estado de la madera que resguardaba el ventanal.

Aseguró la traba de hierro y se giró despacio hacia el centro de la celda. Sus ojos, claros y gélidos como el granito de la costa, recorrieron mi figura. La brevedad de su inspección no disimuló cómo midió el temblor incontrolable que azotaba mis mandíbulas ni el tono pálido de mis labios.

—Ni el granizo ni la marea van a derribar este baluarte esta noche —declaró el Laird, rompiendo el silencio con una voz rasposa y cavernosa que resonó en la penumbra.— Sin embargo, tú pareces a punto de ceder ante un soplo de viento.

—Estoy perfectamente, Sinclair —mentí entre dientes, apretando los puños para frenar el tiritón salvaje que me quebraba las costillas.— Las piedras de tu fortaleza no me asustan, ni tampoco su frío.

Gavin dejó escapar un resoplido imperceptible, un matiz amargo que apenas alteró la línea rígida de su boca.

En un movimiento seco, desprovisto de ceremonias o cortesías, se desató el broche de bronce del hombro y se quitó el manto de pieles pesadas.

Dio un paso hacia mí y me arrojó la prenda pesada a los hombros con una brusquedad puramente militar.

El impacto de la piel sobre mi pecho estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio.

El manto estaba pesado, cargado con el calor abrasador de su propio cuerpo y saturado de su aroma: cuero, salitre, humo de leña y el rastro inconfundible de la lana masculina.

Ese calor denso me golpeó como una marejada, intentando arrastrarme hacia la tentación instintiva de envolverme en él y buscar refugio.

El orgullo me quemó el cuello más rápido que el frío.

—No quiero tus limosnas —dije, sujetando el borde de la piel con los dedos rígidos para empujarla fuera de mi pecho y devolverle la prenda.— Guárdate tu manto para tus hombres en las almenas. Preferiría helarme sobre estas losas antes que vestir el abrigo de mi captor.

No llegué a tirar la prenda al suelo.

Con una velocidad implacable, las manos de Gavin se cerraron sobre las solapas gruesas del manto justo a la altura de mis clavículas.

Su agarre de hierro atrapó la tela y mis propios dedos, tirando de mí hacia adelante en un movimiento seco y rotundo.

Mi cuerpo impactó directamente contra la dureza invulnerable de su torso.

El aire se me escapó de los pulmones en un jadeo ahogado.

Aprisionada entre el peso de las pieles y la firmeza de su pechera de cuero, sentí la oleada de calor primitivo que emanaba de su piel bajo la tela fina de mi vestido.

El contacto era violento, opresivo, desprovisto de cualquier atisbo de ternura, obligándome a sentir la fuerza descomunal con la que sus músculos se tensaban para mantenerme fija contra él.

—Aprende a medir tus palabras, fugitiva —susurró Gavin con una voz gélida que me abrasó la piel de la mejilla.

Su rostro estaba tan ridículamente cerca del mío que la distancia entre sus labios y los míos se redujeron a la anchura de un filo de acero.

Pude ver cada destello de luz roja sobre las facciones angulosas de su mandíbula y el brillo helado de sus pupilas.

El latido desbocado de mi propio corazón retumbaba contra sus costillas con una urgencia humillante que no pude disimular.

Mi aliento se volvió entrecortado, sofocado por la mezcla mortífera de pánico, desafío y una corriente eléctrica no deseada que corrió por mis entrañas.

Sostuve su mirada con toda la furia que me quedaba en las venas, negándome a bajar los ojos a pesar de que el pulso acelerado del Laird contra mi pecho delataba que la simetría de esa tensión nos afectaba a ambos.

Por un segundo eterno, el tiempo en la celda pareció detenerse.

Gavin apretó las manos sobre la piel con una fuerza que amenazaba con rasgar el cuero, incline levemente la cabeza y la tensión en sus facciones se volvió tan brutal que por un instante creí que cedería al impulso primitivo de estrellar sus labios contra los míos para reclamar mi aliento por la fuerza.

No lo hizo.

El Laird apretó la mandíbula hasta que las venas de su cuello se marcaron como cuerdas en tensión.

Reprimió la arremetida con una disciplina quirúrgica que me heló la sangre más que la granizada del exterior.

Aflojó el agarre de forma repentina, dándome un leve empujón hacia atrás que me hizo tambalear contra el borde de la mesa de roble.

El manto de pieles quedó firmemente acomodado sobre mis hombros, envolviéndome en su peso abrasador.

Gavin dio dos pasos atrás, recuperando instantáneamente su postura erguida de señor de la guerra, impenetrable e inexpugnable. Su rostro se transformó de nuevo en la máscara de piedra maciza que gobernaba Dunnottar.

—Te quedarás con el manto, Ailsa —dijo con una voz plana, dura como el hierro de su espada.— Necesito tus dedos ágiles y tu mente despejada para trazar las rutas de montaña al amanecer. Si permito que te congeles en esta torre no será por piedad, sino porque los muertos no dibujan mapas.

Se giró sobre sus talones, avanzando hacia la salida sin concederme una segunda mirada.

—Ni el frío del invierno ni tus escrúpulos te librarán de mi dominio —añadió desde el umbral antes de tirar de la puerta.— En Dunnottar, hasta el calor que te mantiene con vida me pertenece.

El portón de roble se cerró de golpe, seguido inmediatamente por el chasquido doble del pesado cerrojo exterior.

Me quedé sola en la penumbra de la estancia, respirando con la boca abierta mientras el calor del manto de Gavin me envolvía el cuerpo.

Caí de rodillas frente al brasero moribundo, hundiéndome en las pieles pesadas y apretando los dientes con rabia.

Mi mente juraba resistencia contra el Laird de los Sinclair, pero mi cuerpo traidor agradecía en silencio el fuego robado que me mantendría a salvo hasta la llegada del alba.