Capítulo 8 Tinta sobre la piel
El Laird no me concedió la tregua del descanso ni el privilegio de aguardar a que mis tobillos sangrantes dejaran de jadear de dolor.
Me obligó a ascender dos tramos de la escalera de caracol interior, guiándome con la mano derecha apoyada pesadamente en mi escápula, una presión constante que me marcaba el ritmo sin permitirme un solo traspié.
Desembocamos en el gabinete de mapas e itinerarios del baluarte este, una estancia angosta y sofocante excavada en el propio espesor de la mampostería, donde las corrientes de aire coladas por las junturas del granito hacían bailar la luz amarillenta de las velas de cera de abejas.
El espacio olía a pergamino rancio, agallas de roble maduras, cera fundida, turba y el cuero rústico de su capa mojada por la bruma. Armaduras descabaladas, sobrevestes con la cruz del Clan Sinclair y rollos de mapas se amontonaban contra los muros desnudados.
—Siéntate —ordenó Gavin con una voz plana, desprovista de énfasis pero cargada del peso impasible del hierro.
Señaló un estrecho banco de roble tosco colocado frente a la mesa de trabajo.
Sobre la superficie de madera rayada aguardaban un recipiente con tinta negra de agalla de roble, una pluma de ganso recortada y el lienzo de piel fina sobre el que debía volcar los secretos geográficos de mi linaje.
Me acomodé en la orilla del banco, sujetando el borde de la tabla para disimular el latido helado que continuaba golpeándome el pecho.
—No voy a ser tu oficial de estrategia, Sinclair —dije, alzando el mentón y sosteniendo la mirada del gélido señor de Dunnottar.— Mi conocimiento de las rutas del norte no está a la venta por tu protección de pan y sal.
Gavin no alzó la voz ni desenvainó el dirk confiscado que colgaba de su cinturón. En su lugar, hizo algo infinitamente más peligroso.
Avanzó dos pasos y se sentó a mi lado en el mismo banco de madera.
La longitud de la tabla era insuficiente para dos cuerpos; la mole de su hombro y la tela gruesa de su plaid empapado chocaron de lleno contra mi brazo izquierdo, aprisionándome contra el borde y reduciendo la distancia entre ambos a una ilusión inexistente.
El calor primitivo y denso que emanaba de su figura invadió de golpe mi costilla, abrasando mi piel congelada a través de la lana fina de mi vestido.
Mi aliento se atascó en la garganta.
Quise replegarme hacia el extremo del banco, pero su muslo, rígido como una columna de combate, me bloqueaba la huida.
—No estás vendiendo nada, fugitiva —susurró Gavin, inclinando levemente el torso hacia la mesa mientras tomaba la pluma de ganso con la mano derecha.
— Estás pagando el gasto de acero y sangre que mi clan ha derramado esta noche en la puerta exterior para mantenerte con vida frente a los Sassenachs.
Traza el relieve de la garganta del valle.
Dibuja el paso de montaña que rodea el desfiladero antes de que la caballería enemiga intente cercar mi muralla.
—No me obligarás —siseé entre dientes, apretando las manos en mi regazo para que no viera el temblor que me recorría las coyunturas.
Sin inmutarse por mi rechazo, Gavin extendió su brazo por encima del mío, alcanzando mi mano derecha sobre el muslo.
Sus dedos largos, ásperos y marcados por las cicatrices de la espada se cerraron sobre mis nudillos rígidos. Su agarre no buscaba quebrar el hueso, sino imponer una firmeza tan absoluta que transformaba cualquier intento de resistencia en un ejercicio inútil.
Me forzó a levantar el brazo. Guió mis dedos hasta hacerlos envolver el asta de la pluma de ganso, para luego mojar el bisel de la punta en la tinta negra del tintero de barro.
—Empezarás por el tramo del río —mandó, posando mi mano armada con la pluma sobre la esquina superior del pergamino.
Intenté desviar el trazo, forzando la muñeca hacia la izquierda para estropear la escala del relieve.
Con una precisión quirúrgica que me heló la sangre, la mano del Laird se apretó con más fuerza sobre la mía.
Sus dedos rudos no solo sujetaron mis nudillos, sino que se enredaron entre mis dedos con una calidez abrasadora, guiando la línea con una firmeza letal sobre la superficie rugosa de la piel.
La fricción de su mano envolviendo la mía desató un pulso de calor violento, una corriente eléctrica y subterránea que ascendió directamente por mi brazo hasta golpear en mi pecho con la fuerza de un impacto.
Las palabras se me congelaron en los labios. Sentí que la respiración se me cortaba en la garganta y que los latidos de mi corazón resonaban en mis sienes, tan desbocados que amenazaban con delatar el pánico y la perturbación salvaje que ese contacto me provocaba.
Gavin no aflojó la sujeción ni corregía el rumbo del mapa con prisas. La línea de tinta negra empezó a fluir sobre el pergamino con trazos limpios, dibujando la garganta del acantilado bajo el dictado de nuestro movimiento conjunto.
El Laird no retiró la mano al terminar la primera curva. Lejos de alejarse, se inclinó más hacia mi hombro hasta que la sombra de su perfil cubrió la luz de la vela.
El borde cortante de su barbilla rozó la piel fina de mi patilla y su vaho caliente, cargado de aroma a salitre y humo, se estrelló directamente contra la curva de mi cuello.
Un escalofrío feroz me obligó a erizar la piel, pero quedé inmóvil, prisionera entre el mueble y el volumen infranqueable de su cuerpo.
—Elige ahora mismo, Ailsa —susurró el Laird Sinclair, tan cerca que sus labios rozaron la punta de mi oreja con una promesa imperiosa y gélida.
— Decídete antes de que la cera de esa vela se agote: o me entregas los caminos para que la caballería de la Corona arda en los desfiladeros con tu mapa...
o prefieres arder tú sola, esta noche, contra esta mesa.