Capítulo 7 El mapa del abismo
El silencio posterior al cierre del portón cayó sobre la celda como una losa de granito. Aguardé, con la espalda clavada en la roca helada de la muralla y los codos temblando, hasta que los pasos pesados de Gavin Sinclair se extinguieron a lo largo del pasadizo inferior.
El chasquido doble de la llave pesada aún resonaba en mi mente. Pero un Laird militar cometía el error de asumir que la única salida de una fortaleza era la que custodiaban sus guardias.
Avancé en silencio hacia la saetera. El viento gélido del este entró de golpe, cortándome las facciones y trayendo consigo una lluvia fina y constante que me empapó las pestañas.
Me encaramé al alféizar de piedra tosca, sacando la mitad del torso entre los barrotes desgastados.
Abajo, el mar del Norte rugía con un estruendo blanco y feroz, masticando la base del promontorio de Dunnottar.
Aprovechando el intervalo en el que las antorchas de la almena inferior pasaban de largo por el cambio de guardia nocturno, me deslicé con precaución hacia la estrecha ronda de la pasarela exterior contigua.
Las losas mojadas estaban resbaladizas por el musgo salino.
Mis pies descalzos y heridos buscaban agarre en cada saliente de la roca desnuda mientras el frío amenazaba con entumecerme las articulaciones.
Si existía un paso de descenso hacia las rocas del acantilado sur —una grieta que no estuviera bajo el tiro directo de los arqueros—, tenía que encontrarla antes de que la bruma se disipara.
Me apoyé de espaldas contra la balaustrada de la pasarela, tratando de recuperar el aliento.
La niebla opaca se colaba por los arcos, cubriéndolo todo de una masa cenicienta.
Con los dedos rígidos por el frío, deslicé la mano hacia el pliegue del corpiño y extraje el pequeño trozo de carboncillo de corteza de sauce que había ocultado antes del registro.
Apoyé una tira de cuero seco sobre el pretil de piedra y comencé a trazar con trazos rápidos el perfil del muro inferior y el ángulo de la caída.
Un crujido casi imperceptible quebró el silbido del viento.
Antes de que pudiera guardar el carboncillo o girar la cabeza, una sombra inmensa bloqueó la escasa luz de la antorcha lejana.
Gavin Sinclair no traía el andar pesado de sus hombres. Sus botas de cuero curtido se movieron sin hacer un solo ruido sobre el granito empapado, recortándose a mis espaldas con la precisión de un depredador de la noche.
Un ahogado gemido de pánico se me atascó en la garganta al sentir el impacto.
Gavin no desenvainó el acero. Avanzó dos zancadas y colocó ambos brazos pesados a los lados de mi cuerpo, apoyando las palmas de sus guanteletes de cuero sobre la balaustrada helada. Me atrapó en un arco impenetrable.
A mi izquierda y a mi derecha, la mole de sus hombros me cerraba cualquier intento de huida; al frente, solo quedaba la caída vertical hacia las olas.
—Te advertí sobre aproximarte a las saeteras y a las pasarelas exteriores, fugitiva —dijo él.
Su voz, una rasposa amenaza grave que apenas se elevó sobre el murmullo del viento, retumbó pegada a mi nuca. Sintió mi conmoción al notar cómo mi espalda se ponía rígida. Lejos de apartarse, el Laird dio un paso más hacia el frente, acortando el aire entre los dos.
La superficie de su pecho duro, protegido por el cuero mojado y la lana gruesa de su plaid, se presionó directamente contra mi espalda.
El calor denso y sofocante que emanaba de su cuerpo chocó de lleno contra mi piel congelada, provocándome un escalofrío salvaje que me erizó el vello del cuello.
El olor a turba quemada, humo de leña, salitre y el rastro metálico de la sangre de su claymore me envolvió como una mortaja de la que era imposible escapar.
Gavin bajó la mirada hacia mi mano derecha. Sus ojos claros se clavaron en el trozo de cuero tosco y en el perfil del acantilado dibujado con carboncillo.
—No estás trazando las rutas del norte para mi clan —murmuró, e inclinó levemente la cabeza.
El borde áspero de su barba de dos días rozó la curva de mi mandíbula, enviando un latido de fuego humillante hasta el fondo de mis entrañas.
— Estás buscando las grietas de mi fortaleza para saltar al abismo.
—Prefiero estrellarme contra las rocas antes que ser la sierva de tus guerras, Sinclair —siseé entre dientes, intentando no traicionar la aceleración desbocada de mi pulso ni la forma en que el contacto de su cuerpo me sofocaba la respiración.
Gavin extendió su mano derecha. Con una lentitud exasperante, sus dedos largos y ásperos cubrieron los míos, aprisionando mi mano contra la piedra.
El cuero de su guantelete estaba helado por la garúa, pero la fuerza de su agarre no me permitió mover un solo milímetro.
Me quitó el trozo de carboncillo de los dedos entumecidos, dejándolo caer hacia el vacío.
Lo vi perderse en la masa de bruma negra hasta desaparecer en el espumarajo del mar.
El Laird se pegó aún más a mí, aplastando mi cadera contra la piedra bajo una dominación territorial inclemente que eliminaba cualquier rastro de distancia entre nuestros cuerpos. Apoyó la barbilla justo junto a mi oreja, permitiendo que su vaho caliente me abrasara la piel de la mejilla.
—Si saltas hacia ese oleaje, Ailsa, el mar del Norte no te devolverá la libertad —susurró con una certeza gélida que hizo vibrar las losas bajo mis pies.
— Solo arrojará tus huesos destrozados contra la base de mi piedra.
Y hasta que la última gota de tu sangre se seque en este acantilado, tú me perteneces.