Capítulo 5 El mensaje del cadalso
Desde la altura de la torre del mirador, el viento del mar del Norte azotaba los barrotes de la saetera con la furia de una fiera acorralada.
El frío me cortaba la cara y las manos entumecidas, pero me negué a alejarme del muro de granito desnudo.
Mi respiración creaba densas nubes de vapor en la oscuridad de la celda mientras contemplaba la penumbra del abismo.
Abajo, recortado contra las olas que rompían con violencia en la base del acantilado, el camino de acceso de herradura parecía una cinta de barro negro batida por la lluvia torrencial.
Una hiel helada me subió por la garganta al divisar el resplandor opaco de las antorchas marchando en fila.
Una docena de jinetes de la Corona inglesa se había detenido ante la puerta fortificada exterior.
Los estandartes Sassenachs se agitaban pesados por el agua, y las sobrevestes rojas de la guarnición enemiga destacaban como manchas de sangre sobre la bruma salobre.
Al frente del contingente, un oficial montado sobre un percherón tordo alzó la mano derecha.
—¡Abrid en nombre del rey Eduardo! —bramó el emisario Sassenach.
Su voz llegó ahogada hasta mi celda por el estruendo del vendaval—.
¡Entregad de inmediato a la fugitiva Ailsa y el zurrón de reliquias que custodia, o la flota británica reducirá este montón de piedra a cenizas antes del próximo paso de marea!
Apreté los puños contra la piedra helada del ventanal. El pánico intentó paralizarme las vísceras, amenazando con aplastar el último reducto de mi aliento. Si los Sinclair me entregaban para salvar su fortaleza, mi destino terminaría en las catacumbas de Londres o sobre una pila de leña encendida.
La verja de hierro no se elevó.
En su lugar, una sola figura cruzó el portón inferior.
Gavin Sinclair avanzó solo por el estrecho puente de herradura, desarmado de escudo o armadura pesada, portando únicamente la lana de su plaid azotada por la tormenta y la descomunal claymore desnudada en su mano derecha.
La hoja de dos manos destellaba con un brillo ceniciento bajo la lluvia helada.
El Laird se detuvo a solo tres pasos de las cabezas de las monturas enemigas.
Su postura era la de un bastión de granito, imperturbable ante las miradas de odio y los insultos que el oficial inglés comenzó a escupirle desde lo alto de su silla.
Gavin escuchó las amenazas de ejecución, asedio y horca sin que un solo músculo de su cara mostrara turbación o duda.
Era un observador gélido midiendo la distancias antes del golpe.
—¿No vas a responder, salvaje del norte? —gritó el emisario, desenvainando la espada corta para señalar el pecho del Sinclair—. ¡Ríndete o tu clan morirá colgado en el cadalso!
Gavin no habló.
En una fracción de segundo, rompiendo la tregua del mensaje feudal con una ferocidad letal, el Laird dio un paso al frente y giró el torso.
La claymore trazó un arco mortífero en el aire empapado. Con una fuerza descomunal que hizo crujir el metal, la gran espada cortó el cuello del percherón tordo en un solo golpe tremendo y seco.
El caballo lanzó un relincho desgarrador antes de desplomarse de costado sobre el granito mojado, bañando el barro de sangre caliente.
El emisario inglés salió despedidos violentamente por encima de la cruz de la montura, rodando entre barrotes y rocas hasta quedar atrapado al borde mismo del precipicio.
Los jinetes Sassenachs gritaron, intentando embridar a sus caballos aterrorizados por el olor a sangre fresca.
Antes de que el oficial pudiera incorporarse o empuñar de nuevo su acero, Gavin avanzó implacable. Agarró al hombre por la pechera de su sobreveste de la Corona con la mano izquierda y, con un empujón seco y sin esfuerzo visible, arrojó al emisario al abismo del mar del Norte.
El grito del inglés fue sofocado de golpe por el choque contra las rocas y el rugido del oleaje enfurecido en la base de la fortaleza.
—¡Decid a vuestro capitán que en Dunnottar las respuestas se entregan en salitre y sangre! —retumbó la voz del Laird Sinclair, haciendo retroceder a la avanzada enemiga hacia la garganta del valle.
Se hizo un silencio absoluto en el camino de acceso, roto únicamente por el crujido de la lluvia y las olas devorando los restos del enemigo.
Un escalofrío que no pertenecía al frío del invierno me recorrió la espina dorsal.
Mi corazón golpeaba con violencia desbocada contra mis costillas, envuelto en una mezcla terrorífica de horror helado y una fascinación oscura e involuntaria ante la brutalidad primaria de aquel señor de la guerra.
Gavin no había protegido mi vida por piedad o por alianza; había destruido al emisario para demostrar que nadie arrebataba una posesión de su castillo.
Abajo, en el camino de herradura, el Laird giró despacio sobre sus talones.
Limpió el filo ensangrentado de su claymore con el borde de su plaid y, lentamente, alzó la cabeza hacia la torre alta.
A través de los barrotes de la saetera, nuestros ojos se encontraron en la penumbra de la noche.
Con el rostro parcialmente salpicado por la sangre del enemigo y la bruma del océano envolviendo su figura colosal, Gavin me sostuvo la mirada.
No pronunció palabra, pero la sentencia de sus ojos de piedra desnuda quedó grabada en mi mente como una advertencia de hierro: en Dunnottar, ni los reyes de Inglaterra ni los fugitivos de los páramos tenían escape posible de su ley.