Capítulo 4 El pan, la sal y la piedra
El eco de nuestros pasos sobre las baldosas de granito resonó en la penumbra del gran salón de armas como una sentencia tardía.
Gavin caminó hacia la pesada mesa de roble central, donde las marcas de cuchillos y las manchas añejas de cera contaban la historia de décadas de violencia contenida.
La bruma marina penetraba a través de los ventanales sin cristal cortados en la roca maciza, mezclándose con el aire denso y caldeado de la estancia.
Me mantuve a dos varas de distancia, pegando los brazos al cuerpo para disimular el temblor violento que me recorría desde los tobillos ensangrentados hasta la mandíbula entumecida.
La perdida de mi dirk me había dejado expuesta, vulnerable y desarmada frente a la mirada inquisitiva de los capitanes Sinclair que flanqueaban el hogar de turba.
Sin mirarme, Gavin tomó un cuenco de peltre desgastado y vertió un chorro espeso de usquebaugh desde una jarra de barro.
El licor dorado tembló bajo la luz parpadeante de las antorchas impregnadas de brea.
Cogió también un trozo de pan de cebada duro y una pizca de sal marina de un recipiente de madera tallada.
Deslizó el peltre y el alimento a través de la madera rugosa de la mesa, deteniéndose justo en el borde, frente a mí.
—Licor, pan y sal —dijo Gavin. Su voz grave y cavernosa se impuso sobre el silbido del viento que aullaba en las almenas exteriores.
— En Dunnottar no rompemos las antiguas leyes sin motivo.
Has reclamado la hospitalidad de mi clan ante mis capitanes y aquí la tienes.
Bajo este techo ningún hombre de la fortaleza derramará tu sangre sin mi orden previa.
Extendí las manos con lentitud, sintiendo los nudillos rígidos por el frío. Aferré el cuenco de peltre con ambas palmas para evitar que el temblor traicionara la angustia que me corroía las entrañas. Me llevé el recipiente a los labios y me tragué el primer trago de un solo golpe seco.
El licor abrasador me quemó la garganta, descendiendo como una ráfaga de fuego vivo hacia mi estómago vacío.
El ardor me hizo saltar las lágrimas, pero apreté los dientes y sostuve la mirada gélida del Laird sin parpadear un solo instante, desafiando el control absoluto que pretendía ejercer sobre mi aliento.
—El pan y la sal amparan a los huéspedes, Sinclair, no a los prisioneros —repliqué, dejando caer el peltre sobre la mesa con un golpe metálico que hizo eco en el pasillo.— Has confiscado mi acero y mis mapas. ¿Es este vuestro concepto del honor en el norte?
Gavin dio un paso rodeo la mesa, acortando el espacio entre ambos con una pausada dominación militar. La enorme cruz de hierro de su espada osciló contra el muslo, rozando la empuñadura de mi propia daga arrebatada.
—La hospitalidad garantiza que no morirás esta noche a manos de mis hombres —declaró el Laird, inclinándose levemente hacia mi rostro con una severidad implacable.
— Pero la protección tiene un precio que se paga en sumisión y verdades.
No eres una huésped de honor; eres la custodia de secretos que amenazan con traer la flota de la Corona a mis acantilados.
Permanecerás encerrada hasta que decida qué hacer con tu vida.
El olor a salitre, cuero mojado y humo de turba que emanaba de su figura me envolvió de nuevo, sofocando el poco aire caliente del salón.
Abrí la boca para responder, para escupirle que prefería el barro de los páramos antes que sus muros, pero un sonido estridente cortó el aire.
La pesada puerta del pasadizo inferior se abrió de golpe con un impacto seco contra la piedra.
Un centinela cubierto con una capa chorreante de agua salada irrumpió en el salón, respirando de manera entrecortada y acelerada.
—¡Mi Laird! —exclamó el guardia, haciendo una rápida inclinación de cabeza antes de señalar hacia el ventanal norte.
— ¡Hachas de luz en la garganta del acantilado!
Se divisan señales de antorchas y estandartes ingleses en la base de la garganta.
Las avanzadillas Sassenach han alcanzado el camino de acceso.
La atmósfera del salón se volvió de hielo al instante.
Los seis guerreros Sinclair desenvainaron sus dirks de golpe, aguardando las órdenes de su señor con la mirada fija en la puerta.
Gavin ni siquiera se inmutó. No hubo prisa ni alarma en su gesto; tan solo una rigidez mortal que transformó sus facciones de granito en una máscara de guerra impasible.
Ladeó la cabeza despacio hacia mí, capturando mi pánico contenido al comprender que mis perseguidores estaban ya a las puertas de la fortaleza.
—Parece que tus perseguidores reclaman su trofeo antes del amanecer —dijo él, con una voz rasposa que no admitía réplica alguna.
Se giró hacia el capitán de la guardia con una orden rotunda.
—Llevaos a la mujer inmediatamente a la torre del mirador —mandó Gavin, señalando el pasadizo más alto y expuesto del castillo.— Encerradla en la celda del baluarte este, la que da directamente al acantilado y al viento marino.
Dos guerreros avanzaron de inmediato para flanquearme, sujetándome con firmeza de los codos. Gavin dio un paso más, acercando sus ojos del tono de la piedra muerta a apenas tres pulgadas de los míos.
—Una advertencia antes de que subas esos escalones, fugitiva —susurró con una amenaza tan gélida que me erizó el vello de la nuca.— Si se te ocurre aproximarte a las saeteras durante la noche o intentar hacer señas a las antorchas del valle, mis centinelas de las almenas no dudarán.
Te tomarán por un objetivo hostil y una flecha atravesará tu garganta antes de que el viento del mar alcance a tocar la piedra.