La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 3 El acero despojado
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Capítulo 3 El acero despojado

El Laird me arrastró fuera del patio de armas, manteniéndome sujeta por el antebrazo con un agarre que se sentía como un cepo de hierro.

Mis pies descalzos, molidos por la piedra y las llagas abiertas, apenas encontraban agarre en el suelo resbaladizo del pasadizo subterráneo.

Ascendimos por un tramo de escalones empinados cortados directamente en la roca viva hasta desembocar en el gran salón de armas de Dunnottar.

El espacio era vasto, de techos bajos con arquerías de granito desnudo que rezumaban humedad salina.

El único calor real provenía del centro de la estancia, donde una masa enorme de turba negra ardía en el hogar de piedra, proyectando destellos rojizos y sombras alargadas contra las murallas desnudas.

El aire era espeso, una mezcla cargada de humo de leña, resina quemada, metal aceitado de armaduras y el rastro de agua salada que manaba de mi propia ropa empapada.

Gavin me soltó cerca de la chimenea con la misma indiferencia con la que se despoja a una carga molesta.

Di dos pasos en falso, sintiendo que el calor del fuego me abrasaba la piel congelada de la cara mientras el vaho de mi respiración continuaba saliendo en nubes densas.

Seis guerreros del clan se apostaron junto a los gruesos pilares del salón, con las manos apoyadas en las empuñaduras cruzadas de sus claymores.

—Registradla —ordenó Gavin, dándome la espalda para depositar el cilindro de madera confiscado sobre la pesada mesa de roble central.

Sus palabras fueron emitidas con la frialdad de quien dicta una rutina de inspección militar.

— Aseguraos de que no traiga acero enemigo, venenos o dagas de contrabando bajo la lana.

Un guerrero de hombros anchos y rostro marcado por la viruela dio un paso al frente, alzando unas manos ásperas hacia mis costillas.

El pánico me quemó el pecho.

—¡No me toques! —siseé, retrocediendo a zarpazos hasta que el borde helado de una columna de granito chocó contra mi espalda.

Aprovechando que el Laird le daba la espalda a la mesa, deslicé la mano derecha hacia abajo, entre los pliegues interiores de mi falda de lana empapada.

Mis dedos entumecidos buscaron a ciegas la funda de cuero suelta a la altura de mi muslo, rozando la empuñadura de bronce tallado de mi dirk oculto.

Si lograba blandirlo, al menos obligaría a estos salvajes a mantener la distancia.

No llegué a liberar la hoja.

Con un movimiento brutalmente fluido y una velocidad que contradecía su enorme envergadura, Gavin se giró. Apagó la distancia en dos zancadas silenciosas y su mano derecha se cerró sobre mi muñeca con la fuerza destructiva de una tenaza de herrería.

Me apretó el hueso hasta interceptar el impulso de mi brazo, inmovilizándome contra la pared de piedra.

Un gemido me escapó de la garganta cuando mi espalda impactó contra el granito duro.

—Te advertí que la obediencia era el único peaje, fugitiva —dijo Gavin con una voz gélida que no subió de tono, pero que hizo vibrar el aire entre los dos.

—¡Suéltame, tirano! —exigí entre dientes, intentando clavarle las uñas de la mano libre en el brazo, pero él ni si quiera parpadeó.

Sin desviar sus ojos del tono de la marea muerta de los míos, Gavin usó su mano izquierda para apartar los pliegues oscuros y pesados de mi falda.

La fricción del cuero de su guantelete rozó la lana mojada a la altura de mi cadera.

Sentí una oleada de calor humillante subirme por el cuello cuando sus dedos, firmes y desprovistos de vacilación, palparon la curva de mi muslo a través de la tela empapada hasta dar con la curvatura de la funda.

El contacto directo de su cuerpo aplastándome contra la pared y la firmeza quirúrgica con la que me registraba me heló la sangre al mismo tiempo que me aceleraban el pulso a un ritmo salvaje. El aire se volvió insuficiente en mis pulmones.

Quise golpear su pechera de cuero endurecido, pero la sujeción en mi muñeca me quebraba cualquier palanca de fuerza.

Desarmándome con una precisión estudiada, su mano sujetó la empuñadura de la daga interior y tiró de ella en un movimiento seco.

El metal se liberó del cuero con un chasquido ahogado.

Gavin me soltó la muñeca de golpe, haciéndome tambalear hacia un lado mientras me sujetaba el hombro para no caerme al suelo. Me llevé la mano libre a la muñeca enrojecida, sintiendo los latidos desgarrados de mi propio corazón retumbarme en las sienes.

El Laird dio un paso atrás, interponiendo su masa colosal entre la chimenea y mi figura, bloqueando cualquier opción de escape hacia las escaleras.

Desenvainó el dirk por completo. Alzó la daga corta a la altura de sus ojos, examinando el filo de bronce y acero frente al resplandor rojizo de las brasas de turba.

—Un arma corta de manufactura escocesa, filo acerado y pomo contrapesado —murmuró Gavin, girando la hoja con lentitud, dejando que los destellos del fuego bailaran sobre el metal frío.— No es la herramienta de una mendiga ni la daga de una sirvienta de bajo linaje.

—Pertenecía a mi familia —dije, tratando de disimular la respiración entrecortada y el temblor que azotaba mis piernas entumecidas.— Devuélvemela, Sinclair. Es lo único que me queda contra tus hombres.

Gavin bajó despacio la mano.

Sus ojos claros se clavaron en los míos con una frialdad inclemente que marcaba una dominación absoluta sobre cada rincón del castillo.

Sin pronunciar una sola palabra y sosteniéndome la mirada hasta helarme las vísceras, deslizó el dirk confiscado en la funda vacía de su propio cinturón de cuero macizo, justo al lado del pomo de su espada.

—En Dunnottar, yo soy tu única defensa... y tu único castigo —declaró con voz cavernosa.— Ahora, tus armas me pertenecen.