La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 2 La ley del nido
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Capítulo 2 La ley del nido

Las puntas de hierro no se retiraron de mi cuello cuando crucé el umbral; avanzaron en un cerco apretado, guiando mis pasos a través del oscurecido túnel de entrada.

El olor a tierra húmeda y ahumadero nos envolvió al desembocar en el patio de armas inferior de Dunnottar. Arrastré las botas destrozadas sobre las baldosas resbaladizas por la lluvia constante, sintiendo el crujido de la grava moler las llagas abiertas de mis plantas.

El viento azotaba la piedra maciza con furia salvaje, haciendo oscilar las antorchas impregnadas de brea que proyectaban sombras largas y deformes contra el granito gris.

A mi alrededor, el tartán de líneas negras y rojo sangre de los Sinclair formaba una barrera impenetrable de hombros anchos y armaduras de cuero empapadas.

Unos pasos pesados, firmes y acompasados resonaron sobre la piedra de la escalera de caracol exterior.

La guardia del clan abrió filas de inmediato con una disciplina militar absoluta.

El Laird Gavin Sinclair descendió los últimos peldaños. Desprovisto de la capa de pieles que vestía en la muralla, vestía un jubón de cuero endurecido al fuego y la lana gruesa de su plaid sujeta al hombro con un broche circundante de hierro.

Su envergadura colosal dominaba la penumbra del patio; no mostraba la menor prisa en sus movimientos, pero cada paso que daba transmitía la certeza de un poder implacable e inaccesible.

Se detuvo a dos varas de distancia. Sus ojos, del tono exacto de la roca descubierta por la marea baja, descendieron despacio por mi figura: desde las trenzas empapadas pegadas a mis mejillas hasta el barro mezclado con sangre que manchaba la basta falda de mi vestido.

No había calor en su mirada. Era una inspección gélida, quirúrgica, como si sopesara el valor real de una presa traída por la marejada.

—Una mujer con ropajes destrozados y las plantas de los pies reducidas a carne viva —dijo Gavin. Su voz era grave, contenida, cortante como el soplo del norte—. Y sin embargo, no golpeas el roble como una mendiga, sino como si este bastión te perteneciera.

Apreté los dientes para domar el temblor de mis mandíbulas, negándome a encogerme ante su sombra. Erguí la espalda con el último aliento de orgullo que conservaba.

—Invoqué la sagrada ley de hospitalidad al cruzar vuestra puerta, mi Laird —declaré, sosteniéndole la mirada con desafío—.

He compartido el frío de vuestra entrada; exijo pan, sal y el fuego de vuestro hogar mientras los perros Sassenachs busquen mi rastro en el valle.

Es la costumbre inmemorial de los clanes.

Una sonrisa fría, desprovista de toda calidez o humor, curvó la comisura de sus labios desgastados por el viento.

—Las leyes del rey de los Sassenachs y las viejas costumbres de los páramos se ahogan antes de escalar este acantilado, mujer —replicó, dando un paso lento hacia mí que redujo la distancia a la mitad.

— Dunnottar es una roca aislada en el mar, y aquí la única norma es mi palabra.

No concedo refugios gratuitos a sombras que huyen con la noche.

—Tengo derecho a la protección contra la Corona —reclamé, intentando que el aire helado que me abrasaba la garganta no quebrara la firmeza de mis palabras.

—Tu único derecho es la vida que todavía respiras porque yo no he ordenado a mis hombres que te arrojen a las olas —interrumpió él sin alzar la voz, pero con una contundencia de hierro.

— Si buscas protección en mi granito, me entregarás una rendición total.

Tu persona, tus motivos y cada secreto que ocultas bajo esa tela roída son el peaje por cruzar mi patio.

Mis dedos se apretaron involuntariamente alrededor del zurrón de cuero que aún sujetaba contra las costillas. Su mirada notó el leve movimiento de inmediato.

—Eso no te pertenece, Laird Sinclair —dije, retrocediendo medio pulgada, rozando las puntas de las lanzas que me flanqueaban.— Es una custodia sagrada que no caerá en manos de ningún señor de la guerra.

Gavin no discutió. No levantó la voz ni amenazó.

En un movimiento seco, fluido y desprovisto de dudar, anuló la distancia sobrante entre los dos.

La masa de su cuerpo bloqueó la luz de la antorcha sobre mi rostro, envolviéndome en su sombra y en un olor denso a cuero empapado, mar salobre y metal helado.

Antes de que pudiera reaccionar o deslizar la mano hacia el pliegue del vestido donde ocultaba mi dirk, su mano cerrada atrapó la correa de cuero del zurrón.

Tiró de él con una fuerza implacable que me arrancó un sofocado jadeo y me hizo dar un trompazo hacia adelante, chocando la frente contra la solidez de su pechera de cuero endurecido.

El impacto me dejó sin aire. Sentí el calor abrasador que emanaba de su cuerpo en brutal contraste con el frío cortante del viento del norte.

Gavin arrebato la bolsa sin esfuerzo, desatando la hebilla con una sola mano firme mientras me mantenía desequilibrada.

Extrajo de su interior el cilindro de madera sellada con cera negra que contenía los mapas y las rutas del norte.

Lo sopesó en su palma con parsimonia, observando las marcas talladas en la cubierta.

—Dámelo —exigí entre dientes, intentando abalanzarme sobre el cilindro, pero su brazo izquierdo se extendió como una barra de hierro, frenando mi avance al posar la palma directamente sobre mi hombro para empujarme hacia atrás con firmeza indolente.

—Acero y mapas —murmuró, examinando el cilindro ante los destellos rojizos de la hoguera exterior.— Todo lo que entra en el Nido del Águila pasa a ser propiedad de su señor.

Se giró levemente y dio un paso más hacia mí, acorralándome contra el ángulo defensivo de la muralla de piedra mojada.

La rigidez del granito en mi espalda era tan inclemente como el hombre que se erguía frente a mí.

Gavin inclinó su rostro hacia el mío, descendiendo la cabeza hasta que la punta de su barbilla rozó la curva de mi frente.

Estaba tan cerca que el vaho de su respiración, caliente y denso, golpeó mi piel entumecida en cada exhalación, disipando por un instante el aire gélido de la noche.

La proximidad física me oprimió el pecho, acelerando mis pulsaciones en una mezcla violenta de rabia impotente y un temor salvaje que me helaba las vísceras.

Podía ver cada trazo de la cicatriz limpia que le cruzaba la sien y la dureza absoluta de sus ojos de piedra desnuda.

—Escúchame bien, fugitiva —susurró con una voz cavernosa y gélida que vibró contra mi propia piel.

— A partir de este instante, tu aliento, tus pasos y los conocimientos que oculta tu memoria pertenecen a la piedra de Dunnottar.

Si intentas engañarme o cruzar mis muros sin mi permiso, descubrirás que las llamas Sassenachs que dejaste atrás eran un destino piadoso comparado con mi ley.