La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8) Capítulo 1 El rastro de la carne en la piedra
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La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8)

La elegida del águila (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 8)

Por Morgana Darkon

© inepub.com

Capítulo 1 El rastro de la carne en la piedra

El agua helada me calaba la lana oscura de los ropajes, volviendo la tela una armadura pesada y mortal que se adhería a mi piel como un sudario.

Cada paso sobre el camino de herradura del promontorio de Dunnottar era un castigo cruento.

La grava fina y el barro negro cortaban la planta de mis pies desnudos, moliéndose contra las llagas abiertas y dejando un rastro sangriento que la lluvia torrencial se apresuraba a borrar sobre la roca viva.

A mis espaldas, abriéndose paso desde las tinieblas del valle, el eco de los ladridos amortiguados por la bruma me hizo estremecer. Los sabuesos de caza ingleses. Los demonios de la Corona Sassenach olían mi rastro, hambrientos de la carne de una fugitiva.

Apreté el zurrón de cuero contra mi pecho con una fuerza desesperada.

El pulso me retumbaba en los oídos, seco y acelerado, sofocando incluso el bramido salvaje de las olas que rompan decenas de varas más abajo, contra los cimientos del abismo.

En el interior de esa funda impermeable yacía el pergamino sagrado, el mapa de las rutas del norte y las reliquias por las que la caballería enemiga habría pasado a cuchillo a una aldea entera.

Si me atrapaban, el destino de Escocia ardería en las hogueras de la horca.

Tropecé sobre una baldosa suelta, cayendo de rodillas sobre la piedra resbaladiza.

Un gemido sofocado se me escapó de la garganta cuando el impacto abrió de nuevo la piel herida de mi pierna, pero me incorporé a zarpazos, empujada por el pavor purificador.

Allí estaba. La mole inexpugnable del Nido del Águila. La fortaleza del Clan Sinclair se erigía sobre la garganta de granito, una pared infranqueable de piedra gris ensombrecida por la tormenta.

Llegué al portón principal, un monstruo de roble negro tachonado de herrajes macizos que olía a brea y a humedad añeja.

Saqué de entre los pliegues de mi falda la pequeña daga que guardaba como único aliento y aplasté la empuñadura de bronce contra la madera dura una y otra vez.

El sonido metálico resonó ahogado por el vendaval.

—¡Refugio! —grité, con la voz desgarrada por la sed y el aire helado que me quemaba los pulmones—. ¡Invoco la sagrada ley de la hospitalidad! ¡Abrid en nombre de la sangre de las Highlands!

El silencio del castillo pareció tragar mi ruego. Luego, con un chasquido metálico de cadenas oxidadas, la rastrilla de hierro chirrió.

Mi corazón dio un vuelco. Esperanza.

Una bocanada de aire caliente pareció acariciarme el rostro.

Pero el engranaje se detuvo de golpe.

La verja pesada solo se elevó unos centímetros de la piedra mojada.

No hubo puertas abiertas de par en par, ni mantas de lana, ni el vapor acogedor del pan y la sal.

En su lugar, el acero frío penetró la penumbra.

Cinco puntas de lanza de tres filos se deslizaron por la ranura inferior del portón, encajonando mi paso, deteniéndose a una pulgada de mi garganta desnuda.

El destello del hierro mojado reflejó la escasa luz de una antorcha exterior.

—Un paso más, mujer, y tu sangre alimentará a las gaviotas del acantilado —bramó una voz áspera tras los barrotes. Los guardias portaban el tartán de líneas negras y rojo sangre de los Sinclair.

Me quedé inmóvil, sintiendo el aire helado en la punta de la lanza a ras de mi nuca. El frío de la muerte rozándome la piel.

—No me presento como enemiga —dije, tratando de contener el temblor de mis mandíbulas mientras alzaba la barbilla con el orgullo maltrecho de mi linaje.

Mi aliento creaba densas nubes de vapor en el aire encapotado.

— Reclamo techo contra los perros ingleses que asedian el valle. Es la ley de los clanes.

Desde la altura de las almenas expuestas al viento del mar, una voz cortó la tormenta. No era un grito; era una orden gélida, profunda, emitida con una autoridad pausada que hizo callar de inmediato el murmullo de los guardias.

—En Dunnottar no hay más ley que mi voluntad.

Alcé la vista tiritando.

Recortada contra el cielo de plomo y envuelta en una imponente capa de pieles oscuras mojadas por la lluvia, una figura colosal observaba mi miseria desde la muralla superior.

Incluso desde abajo, la distancia no ocultaba la rigidez de su postura ni la severidad inclemente de las facciones del hombre que gobernaba el abismo.

El Laird Gavin Sinclair.

Sus ojos claros, del color de la piedra desnuda golpeada por la marejada, se clavaron en mí con la precisión quirúrgica de quien evalúa a una presa acorralada.

No había piedad en su mirada, ni curiosidad; solo una frialdad matemática que me heló la sangre más que la lluvia torrencial.

Su mano derecha descansaba sobre el pomo cruzado de una descomunal claymore enfundada.

—Mantened las lanzas en su sitio —ordenó el Laird sin desviarla vista de mi rostro—. Si lleva acero enemigo, atravesadle el cuello.

Antes de que pudiera pronunciar una réplica o apretar el zurrón contra mis costillas, un estruendo ensordecedor retumbó a mis espaldas.

El pesado rastrillo exterior cayó de golpe contra las guías de granito, sepultándose en el suelo con una sacudida que hizo temblar la tierra.

El portón de entrada acababa de sellar el único camino de acceso. El abismo quedaba bloqueado a mi espalda, y frente a mí solo quedaba una fila de lanzas dispuestas a atravesarme.

Había dejado atrás a los sabuesos de la Corona, pero acababa de entrar voluntariamente en la guarida del depredador.