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Patrici a
Mi mano busca por inercia el brazalete y, al no encontrarlo, noto como si me faltara algo.
Claro que me falta: era la llave para regresar a mi tiempo, pero ya no la necesito. Ahora solo lo necesito a él.
Durante unos segundos observo la lámpara encendida en la ventana y lo imagino creyendo que me he marchado. Me siento la persona más estúpida del mundo por estar perdiendo el tiempo, esperando que vea la luz en la ventana, dejando que sufra.
Abro la puerta y salgo al patio. El aire es más fresco fuera. Los pliegues de la ropa se me pegan a la piel. Miro hacia el ventanal de los aposentos del faraón. Ya no puedo esperar más.
Echo a caminar deprisa atravesando el Patio del Loto. Entonces, las grandes puertas se abren de golpe y lo veo.
Khenra se queda inmóvil bajo la luz de las antorchas. Ninguno de los dos nos movemos.
Nos quedamos mirándonos desde la distancia. Su pecho sube y baja mientras sus ojos me recorren, como si estuviese ante una aparición divina. Suspira, y la angustia en su rostro desaparece como por ensalmo. Da un paso, después otro, y echa a correr hacia mí.
Yo hago lo mismo. Cuando llego a él no me detengo, sino que me lanzo a sus brazos. Él me recibe rodeándome con fuerza; yo me aferro a su cuerpo y hundo mi nariz en su cuello, respirándolo. Sus manos tocan mi espalda, mi cintura, mi pelo, para comprobar que soy real.
—Estás aquí… —susurra.
La profundidad de su voz, tan cerca de mi oído, me estremece entera y hace que mi cuerpo tiemble entre sus brazos.
—No hay lugar en el mundo, ni en este tiempo ni en el mío, donde quiera estar más que junto a ti, mi Ken —logro decir con la voz entrecortada. Las lágrimas empapan mis mejillas.
Sus manos suben a mi rostro y me acaricia con una dulzura infinita, en un gesto que consigue silenciar todas mis dudas.
—Por un momento he temido que los dioses me hubieran abandonado, pero han escuchado mis ruegos —murmura con la voz quebrada—. Ra te ha traído de vuelta a mí.
Se me escapa un suspiro y, de nuevo sin darme cuenta, vuelvo a llevar la mano al lugar donde antes descansaba el brazalete.
Él, al percatarse, toma mi rostro entre las suyas.
—Pat-Ra, la elegida de Ra —dice. Sus dedos se deslizan sobre mi piel con una delicadeza que contrasta con la intensidad de su mirada, que me obliga a sostener—. A partir de hoy, todo Kemet sabrá quién eres —afirma—. Serás mi reina.
Lo miro fijamente. Ha dicho «reina».
—Yo, una reina… Hostis.
Khenra suelta una risita contra mis labios antes de besarme.
—Te amo .
Y en este instante, ya no me pregunto qué hago aquí. Ahora lo sé: él es mi hogar. Toda mi vida he sentido que no encajaba en ninguna parte, ni con ningún hombre, y ahora entiendo que esta locura inconcebible me trajo donde siempre debí estar. Junto a él.
Lo único que me duele es que no volveré a ver a mis amigas, pero sé que, sin ellas, este viaje nunca habría sido posible.
La abuela Dolores me dijo un día que hay almas que están destinadas a encontrarse.
Tenía razón. Nada ni nadie podría haber evitado que Khenra y yo nos encontráramos, aunque fuera a través del tiempo.
Fin