Epílogo
Lola
En la actualidad; un mes más tarde. Necrópolis de Abidos
La excavación está en silencio cuando llegamos.
Asim abre el candado de la puerta metálica que cierra una de las tumbas excavadas en la pared.
—Rápido —susurra.
Carmen y yo nos miramos antes de agacharnos para pasar por el pequeño acceso abierto en la roca.
—Como nos pillen aquí dentro, nos van a deportar. Justo ahora que Javier y yo hemos decidido quedarnos aquí y hemos encontrado un buen colegio para Luz —dice mi amiga.
Asim sonríe y nos hace una señal con la mano para que entremos primero.
—Cuidado con la cabeza.
Encendemos las linternas y la luz ilumina el amplio pasillo que desciende hacia el interior de la tumba.
—¡Madre mía! —exclama Carmen—. ¡Es preciosa!
—Llevamos meses retirando la arena del corredor para poder acceder a la cámara mortuoria.
Cuando me contasteis vuestro viaje en el tiempo y entendí que esta era la tumba del faraón con el que se quedó Patricia, puse a todo el equipo a sacar tierra.
Hasta hoy no habíamos conseguido llegar tan lejos —nos explica mientras avanzamos, admirando los relieves que la decoran.
—¿Y dices que esta tumba es la de Khenra? —pregunta Carmen.
—Sí. Al menos es su vida la que cuentan estas paredes.
Apunta con la linterna un cartucho grabado en la roca, donde puede leerse el nombre de Khenra en jeroglífico.
Seguimos descendiendo por el corredor, alumbrando con las linternas los muros cubiertos de fórmulas de protección. En ellas se repiten una y otra vez las imágenes de dos dioses: Ra y Hathor.
Carmen aprieta el paso, impaciente, y se detiene frente a la puerta entreabierta de la cámara mortuoria.
—Si sale Khenra de ahí ahora mismo, me va a pegar un susto que te cagas —dice, señalando la oscuridad del interior.
—No hay nada, entrad sin miedo. —Asim se adelanta a nosotras y enciende unos focos instalados en el techo.
La luz blanca inunda la estancia. Carmen da un par de pasos y mira a su alrededor.
—Está completamente vacía. ¿Para qué nos has traído?
Asim sonríe y ajusta los focos, dirigiéndolos hacia nosotras. La luz nos ciega, pero él no los aparta.
—Daos la vuelta.
Carmen y yo nos giramos a la par y, durante un segundo, no doy crédito a lo que veo. Mi amiga da un paso atrás. Yo observo la pintura mientras se me llenan los ojos de lágrimas.
En la pared, la figura de una mujer de cabello rubio y ojos azules nos sonríe.
—Lola…, es Patri. La reconocería en cualquier parte.
—Lo sé —susurro, embargada por la emoción.
Nos abrazamos con fuerza, mirando las dos la pintura que representa a nuestra amiga.
—Sabía que os gustaría verlo.
Volvemos la cabeza hacia Asim. Sin pensar, nos lanzamos a abrazarlo.
—Gracias —murmura Carmen.
—Aún hay más —dice él, risueño.
Carmen se aleja ligeramente de nosotros y frunce el ceño.
—¿Qué pasa?
Asim baja el foco y la cámara vuelve a quedar en penumbra, solo iluminada por nuestras linternas. Él levanta la suya y dirige la luz hacia la pintura.
—Creo que he descubierto algo, pero no quería que nadie del equipo viera esto.
Enfoca el brazalete que la mujer lleva dibujado en el brazo, idéntico al que nos hizo viajar en el tiempo.
Mi corazón late con fuerza cuando, al acercarme, aprecio unas pequeñas marcas grabadas. A simple vista podrían parecer simples líneas decorativas, pero para nosotras no lo son.
Carmen se inclina también.
—Lola…
Por un segundo dejo de respirar. Yo también lo veo.
Dos iniciales. Una L y una C.
Carmen posa una mano en mi brazo.
—Nosotras.
Asiento mientras intento tragar el nudo que se me ha formado en la garganta.
—Lo hizo para que supiéramos que era ella.
Asim observa la pintura con atención.
—Eso pensé yo también.
Pasa el haz de la linterna por la pared con cuidado, recorriendo los contornos de la escena. Entonces se detiene, justo bajo el brazo de Patricia.
—Cuando limpiábamos la cámara, noté que esta piedra de aquí suena a hueco —explica.
Se desplaza un poco para dejarnos sitio.
—Creo que deberíais quitar la piedra vosotras.
—¿Estás seguro de que podemos hacer eso?
Él asiente sonriendo.
Carmen y yo nos situamos frente al muro y nos miramos.
—Juntas —le digo.
Deslizamos las manos sobre la piedra, buscando la forma de moverla.
Durante unos segundos, no ocurre nada. Entonces alcanzamos el borde y presionamos al mismo tiempo. La piedra cede con un sonido seco. No se abre del todo, pero se arrastra unos centímetros hacia dentro, lo suficiente para dejar al descubierto un pequeño nicho tallado en la pared.
Carmen se lleva las manos a la boca.
Introduzco los dedos en el hueco y, al notar algo blando, tiro con cuidado. Las manos me tiemblan cuando saco un trozo de lino amarillento. Está seco, frágil, y me da miedo que se deshaga entre mis dedos.
Lo desenvuelvo con cuidado. Dentro aparece un papiro enrollado.
—No puede ser…
Desato la fina cuerda que lo rodea y, en cuanto lo abro, las lágrimas arrecian. Porque está escrito en español, con la inconfundible letra de Patri.
Empiezo a leer.
Para Lola y Carmen:
Si estáis leyendo esta carta, significa que todo ha sucedido tal y como planeé.
Recordé que, antes de que viajáramos en el tiempo, Asim estaba trabajando en la tumba de Khenra. Cuando comprendí que mi destino estaba aquí, supe que sería él quien llegaría hasta este lugar. Por eso dejé este mensaje escondido, confiando en que las manos correctas acabarían encontrándolo.
No quiero que penséis en mí con tristeza, porque no me he perdido en el pasado, sino que he encontrado mi hogar. He vivido una vida muy feliz bajo el sol de Kemet, al que aprendí a querer casi sin darme cuenta desde el momento en que llegué a esta época.
Khenra y yo nos amamos cada día como si fuera el primero y el último, sin que el tiempo haya conseguido apagar lo que sentimos.
Y cuando llegue el momento de partir, los sacerdotes nos enterrarán juntos, como deseamos.
Pero no será aquí. Ya está lista nuestra morada para el Más Allá, en un lugar donde estoy segura de que nunca nos encontrarán.
Todos los días, cuando al atardecer navego con Khenra por el río, pienso en vosotras.
En aquel viaje juntas sobre estas mismas aguas, que cambió nuestras vidas para siempre.
Como dijo la abuela Dolores la última vez que me leyó las cartas: esto era un viaje, pero también un destino. Como siempre, tenía razón.
Soy feliz, muy feliz. Aunque os echo de menos con tanta fuerza que duele.
Hay días en los que cierro los ojos e intento recordar el sonido preciso de vuestras risas, cómo pronunciabais mi nombre o cómo discutíamos por cualquier tontería.
Y a pesar de que todavía puedo hacerlo, cada vez me cuesta un poco más.
Me habría gustado tener mi móvil y de alguna forma poder escucharos una última vez. Eso es lo que más miedo me da: que llegue un día en que no recuerde cómo sonaba vuestra risa, cómo eran vuestras caras… Supongo que esa es la parte cruel de pertenecer a mundos distintos .
Sé que seguiréis adelante, que tendréis una vida preciosa y que volveréis a reír juntas, y eso me da paz.
Pero si algo he echado de menos durante estos años ha sido no poder compartir mi felicidad con vosotras.
No podéis imaginar lo que daría por una tortilla de patatas de Carmen y una cervecita bien fresca.
A veces, cuando ocurre algo maravilloso, como el nacimiento de un hijo, una fiesta en palacio o simplemente una noche tranquila contemplando el río, pienso en cuánto me habría gustado que estuvierais las dos aquí, conmigo.
Hemos tenido dos hijos, que continuarán el legado de su padre y protegerán esta tierra que ahora también es mía. Ojalá hubieseis podido conocerlos.
Pero quiero que sepáis algo. Quedarme fue la mejor decisión de toda mi vida. Porque en esta tierra encontré el amor y el lugar al que pertenecía mi alma.
Cuando miréis el sol del atardecer, recordad que, en algún momento de la historia, yo también lo estoy mirando. Y que de algún modo seguimos juntas bajo el mismo cielo de Isis.
Con todo mi amor,
Patricia