La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 68
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Khenr a

Hace rato que comenzaron los cánticos en el templo, anunciando los últimos rituales del día, pero hoy no voy a acudir. He dejado que por primera vez los nuevos sacerdotes eleven solos las plegarias, mientras permanezco encerrado entre estos muros, incapaz de soportar el abismo que me consume.

Esta alcoba, que durante mucho tiempo consideré solo mía, se ha convertido en un lugar extraño.

Mis ojos la recorren y reparan en pequeños rastros de Patricia.

Ahora todo aquí habla de ella. El espejo de bronce frente al que solía peinarse antes de dormir.

Su peine de madera, del que he podido entresacar un cabello dorado.

El perfumero de alabastro donde guardaba la esencia de jazmín con la que impregnaba su piel muy lentamente, de una forma que me volvía loco.

Incluso las flores de loto que recogió anoche continúan sobre la repisa, ahora marchitas, igual que me siento yo sin ella. Nunca imaginé que alguien pudiera dejar tanto vacío tras de sí. Que me costaría respirar sin su presencia.

Ahora todo parece más frío. Sin vida .

Camino hasta el ventanal por inercia, buscándola, aunque sé que ya no está. Apoyo una mano en la piedra, intentando mitigar la presión que me aplasta el pecho.

Miro hacia la alcoba de Patricia, sumida en una oscuridad total.

El Patio del Loto se extiende en silencio bajo la tenue luz de las antorchas.

El agua del estanque apenas se mueve. Aprieto la mandíbula al ver el lugar exacto donde a Patricia le gustaba sentarse al caer la noche.

Casi puedo verla todavía ahí, con las piernas en el agua, asombrándose de alguna costumbre que no conocía o mirándome con esos ojos imposibles que consiguieron desarmarme, desde el primer momento en que la vi, más que cualquier ejército enemigo.

Cierro los ojos, suplicando nuevamente a los dioses que me den fuerza para soportar el dolor más grande al que me he enfrentado jamás.

Al abrirlos, algo ha cambiado en el patio.

Durante un instante, creo que esos dioses a los que estaba suplicando vuelven a jugar conmigo. En la ventana de la alcoba de Patricia brilla una llama, débil al principio, que crece hasta convertirse en una luz resplandeciente, como un faro en la noche.

—No puede ser…

Me quedo inmóvil, a la espera de que el espejismo desaparezca, pero la llama continúa ahí, igual que aquella primera noche.

La cabeza me da vueltas.

Los dioses ya se han burlado demasiado de mí. No pienso tolerar que vuelvan a hacerlo.

Aprieto las manos hasta clavarme las uñas en las palmas, obligándome a reaccionar, pero soy incapaz de dejar de mirar la luz que sigue ardiendo al otro lado del patio. Nadie utiliza esa alcoba desde que Patricia se mudó aquí.

Todo se mezcla de golpe en mi interior: la duda, el miedo y una esperanza tan violenta que resulta dolorosa.

—Pat-Ra. —Su nombre escapa de mis labios como una plegaria.

Mis piernas se mueven antes de que yo sea consciente de ello.

Salgo de mi alcoba a toda prisa. Las puertas se abren de golpe, chocando contra las paredes. El eco retumba, y los guardias que custodian la entrada se alarman al verme aparecer como un alma emergiendo del Amenti.

Ni siquiera los miro al pasar por su lado. Atravieso el corredor al galope; el Ba amenaza con salirse de mi cuerpo.

A una parte de mí le aterra llegar allí y descubrir que no hay nadie. Pero, por primera vez en muchos días, siento esperanza en lugar de dolor.