La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 67
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Patrici a

Entro al recinto del palacio por la zona donde viven las Bellas, por la misma puerta en que lo hice la primera vez. Necesito pisar el lugar donde todo empezó.

El aire huele a lino recién lavado y aceites perfumados. Todo es igual y, sin embargo, ya no soy la mujer que llegó a este patio asustada, sin entender el idioma ni nada de lo que estaba viviendo. Ahora ya no lo considero un lugar extraño.

Un murmullo se levanta a mi alrededor.

—¡Llamad a Taia! —oigo gritar.

Las mujeres dejan lo que están haciendo y me rodean. Sonríen; algunas me abrazan y me besan. En sus caras no hay sorpresa, sino alivio.

Taia cruza la puerta que comunica esta zona con el Patio del Loto. Al verme, se queda clavada en el sitio. Sus ojos se abren, incrédulos. Durante un segundo parece que no se atreve a moverse.

Finalmente corre hacia mí, y me abraza con tanta fuerza que casi me deja sin aire.

—Gracias a los dioses —me susurra al oído con voz emocionada .

Las dos lloramos juntas, pero esta vez de alegría.

La noticia corre de boca en boca y, sin que nadie lo haya planeado, el patio de las Bellas se convierte en una celebración improvisada, en la que también participan sirvientas de palacio.

—El faraón no ha salido en todo el día de sus dependencias, ni siquiera para asistir a los ritos del templo —me informa la mujer de la larga trenza negra.

—No ha probado bocado —añade una de las sirvientas.

—Ha estado rompiendo cosas —dice una tercera, cauta—. Desde fuera se escucha todo el tiempo ruido de golpes y cerámica haciéndose añicos.

—Solo Ushem ha podido entrar —apunta Taia—. Nadie más.

Algo se encoge dentro de mí con cada palabra.

Taia me toma las manos.

—Tienes que ir a verlo, pero antes… —Su mirada me recorre de arriba abajo—. Por todos los dioses, pareces una pescadora que acaba de salir del río.

Bajo la vista hacia mi túnica y veo a lo que se refiere. Los bajos están manchados de barro, y el lino, lleno de salpicaduras.

Mi pelo debe de lucir aún peor. Después de un día entero navegando, el viento lo ha convertido en un nido de pájaros imposible de desenredar.

—No importa, Taia. —Casi no me reconozco. Con lo presumida que yo he sido, y ahora me da igual todo. Solo quiero verlo.

—Será un momento, te lo prometo.

Un momento, en mis circunstancias, se me antoja una eternidad. Sin embargo, ella hace un gesto con la cabeza y las mujeres comienzan a moverse a mi alrededor con rapidez y complicidad.

Me conducen por el corredor hasta la zona donde se hallan las grandes tinajas. El sonido del agua al caer en los cuencos me traslada de nuevo al primer día, si bien ahora la emoción es distinta.

Media docena de manos me despojan de la túnica sucia.

—Más deprisa —protesto.

Las mujeres ríen mientras comienzan a lavar y desenredar mi cabello. Después lo perfuman con aceite de jazmín, mi favorito, ondulándolo un poco con sus dedos. Sin trenzas; hoy no hay tiempo.

Deslizan sobre mi piel otra túnica más fina; el lino es ligero, casi imperceptible. Ajustan los lazos a mi cintura y alisan los pliegues. Se apartan para estudiarme y sonríen.

No me están preparando para bailar ante el faraón. Me están ayudando a volver a él cuando cree que me ha perdido.

En apenas unos minutos estoy lista. Las Bellas nos acompañan hasta la entrada al Patio del Loto entre risas y cuchicheos. Allí, se quedan atrás, pues su presencia no está permitida en esa parte de palacio.

Taia y yo caminamos por el borde del estanque, del brazo, tan cerca del agua que puedo ver mi reflejo. Ya no siento que estas ropas sean un disfraz; al contrario, me veo más yo de lo que jamás me he sentido.

Pienso en lo mucho que he cambiado. La Patricia que llegó a esta época estaba aterrada y buscaba la forma de regresar a casa. La de ahora acaba de renunciar a todo lo que creía tener con tal de estar aquí.

Ushem se acerca a nosotras desde el otro lado del patio y el brazo de Taia se tensa contra el mío.

—Ushem —susurra.

Cuando él me ve, se queda muy quieto, pero esboza una gran sonrisa.

Después avanza hasta detenerse frente a mí .

—Me alegro de que no se haya marchado, mi señora. —Me dedica una inclinación de cabeza.

Aunque desde que me trasladé a las dependencias de Khenra todo el mundo me llama así, no me acostumbro, y no sé si algún día lo haré.

Se gira hacia Taia y, sin dejar de sonreír, le agarra las manos con dulzura. Ella se sobresalta; están en un lugar donde podrían ser vistos, e intenta zafarse. Sin embargo, Ushem se acerca aún más.

—Tenemos la bendición del faraón para estar juntos —le revela en un susurro, donde evidencia toda la emoción que esas palabras le producen.

Taia se queda atónita.

—Pero… no puede ser. ¿Estás seguro? —Sus ojos empiezan a empañarse.

Están frente a frente, las manos enlazadas, transmitiéndose con la mirada todo lo que las palabras no pueden. A mí me invade la emoción. Me consta cuánto merecen ser felices.

Desvío la vista hacia la ventana de la que fue mi habitación. El mismo lugar donde una noche coloqué la lámpara para que Khenra supiera que podía acercarse.

Una sonrisa se dibuja en mis labios.

—Taia.

Ella se vuelve hacia mí.

—Antes de que me vea, necesito hacer una cosa.

Señalo el dormitorio. Sus ojos siguen la dirección y una sonrisa aparece en su rostro.

—Entiendo.

Coge a Ushem de la mano y tira suavemente de él. Este frunce el ceño.

—Debo avisar al faraón de que ella está aquí —le dice, señalándome con la cabeza.

—No —responde Taia sin dejar de caminar—. Déjala.

Él me mira unos segundos, como si se debatiera entre el deber y algo más. Al final, se lleva el puño al pecho. Inclino mi cabeza en agradecimiento y los observo alejarse rumbo a los aposentos de Taia.

Camino decidida hacia mi habitación y, cuando abro la puerta, la luz de las antorchas del patio se cuela en la estancia. Todo está igual. El mismo olor, la misma cama, la ventana que mira directamente a las dependencias de Khenra.

Me acerco a la lámpara y golpeo el sílex. La mecha prende enseguida. Sonrío al hacerlo, rememorando lo torpe que era hace solo unos meses.

La llama tiembla al principio; no sé si es el fuego o mis pulsaciones. Cojo la lámpara con cuidado y la coloco en el alféizar de la ventana, exactamente en el mismo lugar. Sé que desde su habitación puede verla fácilmente.

Como ha dicho Sotis, la luz solo abre el camino. Y aunque no sé qué me deparará el futuro en esta tierra, mientras observo la llama arder frente a mí, siento que es aquí donde debo estar. Y que pase lo que pase, hoy empieza mi nueva vida.

Ahora solo falta que él vea la luz.