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Lola
El zumbido en mis oídos se va apagando y la luz deja de quemarme los párpados.
Abro los ojos. Carmen está delante de mí. Los suyos están cerrados con fuerza y respira deprisa. Estamos tan cerca que siento el temblor de su pecho contra el mío.
—Ya está… —susurro, aunque no sé si para ella o para mí.
—¿Estamos en nuestro tiempo? —pregunta sin abrirlos del todo, como si tuviera miedo de comprobarlo.
Ojeo a mi alrededor. La capilla está en el mismo lugar, pero no es la misma que hace un instante. Las paredes han perdido su color, tan solo pueden vislumbrarse unos pocos matices en el techo. Tampoco hay cánticos. En su lugar, voces en distintos idiomas ascienden desde la planta inferior.
Entonces, a lo lejos, escucho el sonido inconfundible de un claxon.
—Hemos vuelto, Carmen. —Intento no llorar por el remolino de emociones.
Seguimos sujetando el brazalete, cada una con una mano. Aún está caliente, y parece que palpita.
Lo miramos y, en ese instante, las dos lo sabemos.
—¿Y Patricia? ¡Ella también estaba tocando el brazalete! —El pánico quiebra la voz de Carmen.
Cierro los ojos un segundo y evoco la imagen de Patricia mirando al faraón.
—Su corazón ha decidido —murmuro mirando a mi amiga.
Los ojos de ella se abren de par en par, como si acabara de entenderlo todo.
—Lola…, ya no la vamos a ver más.
Cuando lo dice en voz alta, ya no puedo frenar por más tiempo las lágrimas.
Suelto el metal caliente y abrazo a Carmen con todas mis fuerzas. Ella me rodea con el otro brazo mientras aprieta el brazalete contra su pecho, como si en esa joya todavía latiera una parte de nuestra amiga.
Las dos sabemos lo que significa esto. Desde este momento ya no seremos tres. A partir de ahora siempre faltará Patricia, siempre.
Mil imágenes se suceden en mi mente, veloces.
Veo a Patricia con ocho años, llorando desconsolada porque se había manchado las zapatillas nuevas en el patio del colegio.
Después, a una adolescente con ortodoncia, sentada en la cocina de mi abuela Dolores, apoyada sobre la mesa mientras le insistía en que le echara las cartas para preguntarle sobre el chico al que acababa de conocer.
Vuelvo a verla durante nuestro primer viaje a este país, vestida de reina egipcia, mirándose en el espejo del camarote mientras se ponía su perfume favorito y riñendo a Carmen porque no se había preocupado de su disfraz.
Una punzada me asalta al comprender algo que en aquel momento ninguna de nosotras podía imaginar: quizás aquello no fue solo una fiesta de disfraces. Puede que, de algún modo, fuese una premonición .
Porque aquella Patricia nunca habría creído que el destino terminaría convirtiéndola en reina de Egipto.
Se escuchan pasos apresurados y voces que reconozco subiendo por las escaleras.
—¡Aquí están! —oigo que dice André.
Asim sube detrás de él a grandes zancadas. Cuando me ve, se detiene en seco. Su boca se entreabre y sus ojos recorren mi vestido de lino, las sandalias, las trenzas que caen sobre mis hombros. Después mira a Carmen, y nuevamente a mí.
Ellos llevan la misma ropa que el día que nos marchamos.
—¡Asim! —Corro a sus brazos.
Él me recibe sin entender nada. Me acaricia el pelo trenzado y me besa la cabeza.
—Lola, hueles a… —dice, respirando en mi cuello.
Sonrío entre lágrimas.
—A loto azul.
Asim vuelve a acercar la nariz a mi cabello, como si confirmara lo que ya sabía.
—A Nebet —susurra.
Y en ese instante comprendo que no he vuelto sola. De algún modo, Nebet también ha venido conmigo.
—Necesito ir al barco —dice Carmen—. ¿Cómo están Javier y mi pequeña? Hace tanto que no los veo…
Asim se aparta un poco de mí y sus ojos ámbar vuelven a recorrer nuestros ropajes, el polvo en nuestros pies, nuestros ojos pintados de kohl.
—Están bien, como estaban hace un par de horas —responde al fin.
No deja de mirarnos, como si poco a poco comprendiera lo que ha ocurrido. Gira la cabeza, buscando en derredor.
—¿Y Patricia?
Carmen y yo nos miramos.
—Ella no ha regresado —susurro, porque aún no me atrevo a decirlo en voz alta.
—¿Cómo que no ha regresado? ¿De dónde? —No deja de mirar nuestras ropas.
Carmen rompe a llorar desconsolada mientras André la sostiene. Niega con la cabeza una y otra vez, incapaz de contener los sollozos.
—Antes de que la luz nos alcanzara dijo que había encontrado a su príncipe —explica entre lágrimas.
Asim frunce el ceño, intentando entender de qué hablamos.
—Regresemos al barco. —Nos hace un gesto para que bajemos las escaleras—. Necesito que me contéis con calma qué ha pasado.
Bajamos los estrechos escalones en silencio. Los grupos se agolpan en la salida del templo mientras los vigilantes les indican el camino. Para ellos ha sido una experiencia inolvidable; para nosotras dos, una vida entera.
Al llegar al piso inferior, Carmen se detiene en seco. Sigo su mirada. Ahí continúan nuestros bolsos, exactamente donde los dejamos antes de subir: mi mochila, el bolso de Carmen y, sobre ellos, el bolsito de Patricia. Su preferido.
El corazón me da un vuelco.
—No… —Carmen se lleva las manos a la boca.
Bajamos los últimos peldaños juntas. Carmen lo coge con manos temblorosas y lo aprieta contra sí.
—Patri… —solloza.
Las lágrimas vuelven a inundar mis ojos.
Porque entre toda la gente que sale del templo, las voces y el ruido, este pequeño bolso es la prueba tangible de que Patricia no ha regresado con nosotras.