La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 65
93%

65

Patrici a

El corazón me golpea con tanta fuerza que me duele, y la luz es tan intensa que durante unos segundos no veo nada. La música sigue sonando, envolviéndome con suavidad.

El calor desaparece, y poco a poco consigo enfocar la vista. Estoy frente a la pequeña capilla solar, aún iluminada por los rayos de sol que se cuelan desde el techo.

Giro sobre mí misma, buscando a Lola y a Carmen, pero estoy completamente sola. Miro mi mano. Abro despacio el puño, a sabiendas de que en él ya no hay nada: ni el brazalete, ni las manos de mis amigas sujetándome.

—¡Dios mío! —Me tapo la boca al darme cuenta de lo que acaba de pasar.

—¿Cuál de todos los dioses es tu dios? —pregunta Sotis a mi espalda.

Me sobresalto al escuchar su voz. Se halla en el último peldaño de la escalera, donde los rayos de sol rozan su cuerpo y la hacen parecer un ser celestial.

—Creía que eras la elegida de Ra —continúa—. Que todas lo erais por haber logrado viajar en el tiempo.

Mira hacia la luz que ilumina la capilla, ya más tenue.

—Ahora lo he visto claro. Fue la luz de Ra la que os abrió el camino. Sin ella no habríais cruzado el tiempo. Pero ha sido la melodía de Hathor la que ha hecho que tú te quedes.

Sus ojos recalan en los míos. La música sigue sonando, acompasando el latido desbocado de mi corazón.

—Hathor es la diosa de la música, la danza, el amor y la belleza. Te eligió desde el principio. Su canto ha atado lo que el Sol solo iluminó.

—Pero mis amigas se han marchado y yo… —La voz se me rompe.

Sotis se acerca y seca la lágrima que resbala por mi mejilla.

—Sé lo que sientes. Pero todo es como debe ser. Nada ocurre fuera de lo que está escrito. Y el futuro, incluso para quienes creemos conocerlo, siempre guarda secretos que no podemos anticipar.

Mi mano va directa al lugar donde antes estaba el brazalete, el cual ha desaparecido, igual que mis amigas.

Sotis coloca sus dedos bajo mi barbilla y eleva mi rostro, obligándome a sostener su mirada.

—Tus dudas viven aquí. —Apoya la yema del dedo en mi frente. Después desliza la mano hasta mi pecho, a la altura de mi corazón, y la deja ahí—. Pero tu Ba sabe a dónde perteneces.

Su voz se vuelve más dulce, diría que maternal.

—Y conozco a un hombre que va a ser el más dichoso de todo el reino cuando te vea.