La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 64
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Khenr a

Abro los ojos. Los restos de la copa de barro que arrojé contra el muro siguen en el suelo. El vino derramado se extiende entre los fragmentos como una mancha oscura.

Hay una mesa volcada, un cofre abierto, cuyas joyas se han desperdigado por el suelo, y una lámpara de aceite rota aún humea en un rincón. Todo lo que me rodea parece reflejar el caos que se ha desatado dentro de mí.

Estoy enfadado con los dioses: han jugado conmigo, que he hecho todo por agradarlos, para que mi corazón pesara menos que una pluma durante el juicio. He servido a mi pueblo; reconozco que no siempre como debió haber sido, pero he cambiado.

Debo tomar una decisión. No puedo seguir soportando el peso de una corona yo solo, y sé que después de ella no podré volver a amar. No de la misma manera, esa que no entiende de razón.

Unos golpes en la puerta me sacan de mis pensamientos.

—¡He dicho que quiero estar solo!

La puerta se abre y asoma la cara de Ushem.

—Mi señor…

—¡Fuera!

Desobedeciéndome, entra y cierra tras de sí. Su mirada analiza la habitación destrozada .

—Khenra…

—Necesito estar solo.

Nuestros ojos se encuentran un instante.

—Además, deberías estar en otro lugar. —Frunce el ceño, como si no supiera de qué le hablo—. —Creía que éramos amigos, hermanos, pero…

—Lo somos —afirma él sin dejarme terminar.

—Entonces, ¿por qué no me has dicho que amas a Taia? Te he visto mirarla en más de una ocasión, pero no sabía que era amor lo que sentías por ella.

Él da un paso atrás y en su rostro atisbo algo que nunca había percibido: temor.

—Ella era una de las mujeres de tu hermano, un faraón, al igual que tú. Yo soy un simple medjay .

—Ushem —digo—, eres el mejor hombre que conozco, y mereces ser amado. Yo más que nadie sé cuánto lo mereces.

Él no responde, solo me observa cauto.

—Si los dioses han hecho que tu mirada se pose en ella —continúo—, ¿quiénes somos los demás para oponernos?

Aparto la vista un instante y la fijo en la corona de las dos tierras, que reposa sobre una de las mesas.

—Los dioses son caprichosos, Ushem. Te lo dan todo y, cuando por fin empiezas a comprender lo que significa, deciden arrebatártelo.

Por eso, no cometas el mismo error que he cometido yo.

Lucha por Taia, enfréntate a ellos si hace falta, porque si no lo haces, pasarás el resto de tu vida pensando que la dejaste marchar sin presentar batalla.

Su respiración se corta.

—No pierdas tiempo en lo que dirán los demás. —Doy un paso hacia él—. Ve a buscarla. Tienes mi consentimiento, y con eso basta.

Ushem permanece inmóvil, como si no terminara de creer lo que acaba de oír.

—Mi señor…

—Corre —insisto. Me permito una sonrisa cansada—. Antes de que los dioses cambien de idea y decidan quitártela a ti también.

—Gracias, hermano.

La última palabra reverbera en la estancia, que huele al aceite y el vino derramados.

—Ve.

Esta vez no duda. Se gira y sale de la habitación casi a la carrera.

La puerta se cierra tras él y el silencio vuelve a caer sobre mi alcoba. Permanezco un momento en el sitio, sin moverme. Nunca había sentido el peso de la soledad de esta manera.

Mis ojos se detienen en el lecho. Tomo entre mis manos las sábanas, aún desordenadas, y las aprieto con fuerza. Acerco el rostro: su olor a jazmín sigue en ellas.

Cierro los ojos, intentando retener lo que ya no está. Hasta su olor parece desvanecerse.

El recuerdo de su piel cálida contra la mía me atraviesa con una fuerza que casi me obliga a doblarme.

Cuando por fin suelto la tela, el vacío que deja es aún peor.

Alzo el rostro, desafiando a los dioses que no puedo ver.

—Si este es vuestro designio —mi voz grave resuena cargada de furia contenida—, habéis elegido mal a vuestro enemigo.