La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 63
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Patrici a

La barca vuelve a ponerse en movimiento. Esta vez los remeros y el viento hacen que casi volemos sobre el río.

El sol ya alumbra el paisaje a nuestro alrededor. Ahora, desde aquí, lo observo todo con otros ojos, muy distintos a los del día que llegué sin entender nada, sin imaginar que acabaría dejando aquí una parte de mí.

Estos meses junto a Khenra me han enseñado a mirar de verdad. A apreciar las pequeñas cosas: los campos sembrados comenzando a brotar, los pájaros cruzando este cielo cuya luz no se parece a ninguna otra del mundo. Y sobre todo, he aprendido a amar a su gente, sus costumbres y sus tradiciones.

Observo todo, intentando grabar en mi memoria cada detalle.

Si alguien me hubiese dicho que acabaría enamorándome de Egipto, me habría reído. Pero aquí estoy, echándolo de menos aunque aún no me haya ido.

—Ya casi hemos llegado —anuncia la anciana.

Señala una de las orillas, donde el sol de la mañana comienza a iluminar el templo más majestuoso que he visto nunca.

No se parece en nada al que visitamos el día del solsticio, cuando el tiempo se rompió ante nosotras.

No hay un aparcamiento lleno de autobuses ni turistas sudorosos buscando sombra.

Tampoco tiendecitas donde comprar suvenires o baratijas.

Ahora todo es diferente, más bonito.

El templo está rodeado de jardines donde crecen flores exóticas, y el canto de los pájaros llena el aire. Sus muros están cubiertos de colores vibrantes, que brillan bajo el sol como recién pintados.

Cuando la embarcación alcanza la orilla y la madera cruje contra la arena húmeda, veo que nos espera un grupo de mujeres vestidas de blanco. Sus prendas son sobrias, y su presencia infunde respeto.

Las mujeres inclinan la cabeza cuando descendemos por la rampa, siguiendo a Sotis.

El gesto es solemne. Algunas se llevan la mano al pecho.

Otras bajan la mirada, como si no se atrevieran a sostener la nuestra.

Una mujer de mediana edad avanza hasta nosotras.

Su figura es menuda, ligeramente encorvada, pero por su forma de mirarnos es como si ya nos conociera.

Se detiene frente a Sotis y las dos se abrazan.

—Todo está dispuesto —dice, y su voz serena parece conocer secretos inmemoriales—. El templo os aguarda.

Luego añade, mirando a Sotis con orgullo:

—Doy gracias a los dioses por el cambio que has operado en el templo de Osiris. Todo el mundo habla de ello.

Durante estos meses, ella ha devuelto la vida al templo. Los jóvenes vuelven a aprender entre sus muros, y las familias nubias que antes servían allí ahora caminan libres por la ciudad.

Sotis sostiene su mirada con seriedad.

—No todo eran sombras —responde con calma—. Pero las que había ya no están. Ahora sangre nueva guía el templo.

La sacerdotisa asiente.

—Lo sé, hermana. Y doy gracias a los dioses en cada oración, también por ti. Temí que la oscuridad se apoderara de tu alma, pero en tu mirada vuelve a resplandecer la luz que conocí hace tiempo.

Sotis sonríe y mira hacia nosotras como lo haría una madre.

—He entendido que el amor siempre vence —comenta en voz baja—. Y que, aunque nos resistamos a nuestro destino, todo termina siendo como debe ser.

Mi mente regresa a él, a sus ojos cuando me miran, que no volveré a ver nunca más, a sus manos al rozar mi piel, que no me tocarán nunca más.

Me sobresalto al notar la presencia de Carmen a mi lado. Las mujeres han echado a andar hacia el interior del templo y ella entrelaza su brazo con el mío, como si intuyera que necesito ese contacto para no dejarme arrastrar por lo que siento.

Dentro, el aire es más denso, y se escucha música tenue, como si estuvieran afinando los instrumentos para el rito que está a punto de comenzar.

Mis ojos se dirigen hacia la capilla lateral, el lugar exacto donde todo empezó para nosotras y donde todo debe terminar.

Las tres permanecemos en silencio, observando los peldaños que debemos subir antes de que el sol entre en el templo.

—¿Preparadas? —nos pregunta Sotis, frente a nosotras—. Yo me despido aquí. Debéis subir solas, como me habéis contado que hicisteis la primera vez.

Lola se lanza a abrazarla.

—Te voy a extrañar siempre, querida Nebet, o mejor dicho, Lola. —Su voz se quiebra un poco—. Gracias por salvarme de las sombras y devolverme la luz. He comprobado que mis rezos han servido para que seas feliz, y ahora yo también lo soy.

—Gracias a ti por tu afecto incondicional y por cuidarme incluso a través del tiempo —responde Lola con los ojos brillantes.

Las dos se abrazan con una mezcla de despedida y gratitud que duele. Carmen y yo nos unimos a ellas, formando un pequeño círculo. Ninguna intenta ya esconder las lágrimas.

—Ha llegado el momento —anuncia la sacerdotisa, señalando el rayo de luz que lentamente se abre paso desde la entrada del templo.

Sotis se separa de nosotras y, mirándonos una a una, dice, con una voz que parece invocar a las mismísimas divinidades de esta tierra:

—Que los dioses guíen vuestros corazones y os lleven al lugar al que pertenecéis.

Se detiene un segundo en mí, y en su mirada hay algo más que bendición: hay comprensión. Siento que me cuesta respirar.

Lola, con los ojos vidriosos, da unos pasos al frente y sube el primer peldaño. Tiende la mano a Carmen, quien la toma con una sonrisa y hace lo propio conmigo después.

Ascendemos juntas mientras la música suena cada vez más alta, envolviéndonos con una corriente invisible que nos empuja a seguir adelante.

Un escalofrío me recorre al reconocer la melodía que me hizo subir estas escaleras hace seis meses, cuando aún no sabía que mi vida iba a cambiar para siempre.

Es también la misma que sonó cuando bailé por primera vez ante Khenra.

Los tambores retumban bajo mis pies, rápidos y fuertes, acompasando el latido de mi corazón.

Las inscripciones de las paredes comienzan a irradiar un fulgor creciente, como si la piedra despertara al sentir nuestra presencia.

La luz avanza tras nosotras y la música se vuelve más intensa; los tambores se filtran hasta lo más profundo de mi pecho .

Entonces el brazalete empieza a calentarse. Es la misma sensación, el mismo calor que la otra vez. El miedo me invade.

Mi mano sube hasta el brazo donde lo he llevado todo este tiempo, como si formara parte de mí, y mi mente vuelve sin remedio a Khenra: a lo seguro que estaba de que este brazalete nos había unido.

Y ahora este mismo objeto va a devolverme a mi mundo.

Mis dedos tiemblan cuando intento quitármelo, sin éxito.

Las lágrimas me nublan la vista mientras mi mente viaja a la soledad de mi apartamento.

A la idea de despertar cada mañana sin él.

Sin su voz pronunciando mi nombre como si yo fuera lo más importante de este mundo.

A una vida llena de comodidades modernas, pero vacía.

A una vida sin nadie capaz de amarme como él lo hace. Dispuesto a todo por mí, incluso a dejarme marchar, cuando podría retenerme para siempre si quisiera.

Vuelvo a tirar del brazalete con todas mis fuerzas y entonces este se desliza por mi brazo hasta que lo saco por completo.

Llegamos al último escalón. Antes de que mis amigas avancen, siento que si no hablo ahora, no lo haré nunca.

—No puedo —susurro con la voz rota, mientras les tiendo el brazalete.