62
Lola
Cuando subo a la barcaza y la madera cruje bajo mis pies, una imagen viaja de inmediato a mi memoria.
En esta misma orilla, siendo Nebet, fui enviada al templo de Karnak sin que nadie se enterara. Aquella embarcación era pequeña, sencilla, sin adornos ni estandartes, para que nadie supiera quién viajaba en ella.
Hoy es muy distinto. Viajaremos hasta el templo de Hathor, acompañadas únicamente por Sotis, en la barca de guerra más grande y veloz del reino.
Y el pueblo entero se ha aproximado a la orilla para despedirnos.
Todos menos el faraón, a quien, imagino, le resulta demasiado doloroso ver partir a Patricia.
Cuando llegamos a este tiempo, yo era incapaz de mirarlo a la cara sin recordar a su hermano. Creía que todos los faraones eran iguales que aquel, pero durante estos meses Khenra me ha demostrado que estaba equivocada.
Lo primero que hice fue pedirle que liberara a las familias nubias que llevaban generaciones esclavizadas a los templos y a las familias poderosas.
No lo dudó ni un segundo, y se enfrentó a las antiguas costumbres del reino para hacer lo correcto.
Fue entonces cuando, por primera vez, dejé de ver en él al hombre que había destruido mi vida como Nebet.
Miro el embarcadero. Asenet está junto a su hijo y su nuera, quien sostiene al niño entre sus brazos, aún dormido. Los ojos de Asenet brillan cuando inclina levemente la cabeza, como lo hacía en mi otra vida. Pero ahora ya no somos las mismas.
Yo le sonrío. Sé que le duele verme marchar. Sin embargo, las dos sabemos que mi lugar no está aquí, y en el fondo desea que regrese al que ahora pertenezco.
Esta noche, mientras ella me peinaba y trenzaba mi pelo, de la misma manera en que lo hacía antaño, no hemos dejado de hablar, intentando que a ninguna se nos quedara nada por decir.
Ojalá marcharme no significara dejar de ver a las personas a las que tanto quiero de esta época.
Me gustaría que pudiéramos comunicarnos de algún modo.
Pero en cuanto crucemos el umbral, Asenet y su familia, Sotis, Taia, las mujeres del palacio…
, todas ellas serán polvo antiguo bajo este mismo cielo.
Cuando ya estamos todas a bordo y retiran la rampa de madera, Carmen se acerca a mí sin soltar a Patri y nos envuelve a las dos en un abrazo.
Observamos juntas como la barca comienza a separarse lentamente, hasta que el agua se extiende entre nosotras y la orilla.
Las antorchas iluminan nuestro reflejo en la superficie, y al ver nuestra imagen, vestidas con estos ropajes, miles de sensaciones me cruzan el pecho.
—¡Gracias! —grita una mujer nubia desde la orilla.
Y entonces otra, y otra, hasta que el sonido se convierte en un clamor que recorre el embarcadero.
—¡Que los dioses os acompañen! —nos gritan.
Las voces se mezclan con el rumor del río mientras la barca comienza a deslizarse por el Nilo. Algunos alzan las manos; otros se llevan la palma al pecho .
Reconozco a las hermosas mujeres del Patio del Loto, Taia entre ellas, y más atrás, varias Bellas levantan los brazos, despidiéndose de Patricia entre lágrimas. Mi amiga hace el esfuerzo de sonreírles, pero se le humedecen los ojos.
Mi mirada se detiene por última vez en Asenet: con la mano alzada me dice adiós. Y aunque la despedida me rompe por dentro, en el fondo me siento feliz.
El ruido de los remos al chocar con el agua marca el ritmo de nuestra partida. Cierro los ojos e imagino el momento en que vuelva a ver a Asim. Sus manos rodeándome, su voz pronunciando mi nombre, sus ojos ámbar fijos en los míos.
—¿Estás llorando y sonriendo al mismo tiempo? —me pregunta Carmen.
—No puedo evitarlo, es una mezcla de emociones.
—Ojalá todo salga como dice Sotis y esta misma noche podamos dormir con nuestros maridos en el barco.
Tengo unas ganas locas de ver a mi chiquitina —suspira—.
Y lo primero que voy a hacer al llegar al barco es beberme una cerveza bien fresquita, porque lo que aquí llaman cerveza, ya te digo yo lo que es.
Patricia, de pie al otro lado, nos mira. Tiene los labios curvados, intentando lucir una sonrisa, pero a mí no puede engañarme.
—¿Estás bien? —le pregunto, apretando su cintura.
—Claro. Estoy deseando volver a mi piso en Valencia. En cuanto llegue, me voy a poner mis tacones favoritos, fundirme la tarjeta en compras y tomarme un caramel macchiato gigante en el Starbucks, como si nada de esto hubiese pasado.
La sonrisa le tiembla en los labios.
—Patri, no hace falta que finjas con nosotras. Sabemos lo que sientes por Khenra —le digo .
Como si algo se liberara en su interior al oír esas palabras, sus ojos se anegan. Aunque intenta mantener la sonrisa, pronto se convierte en un puchero.
—Patri… —murmura Carmen.
Pero ella no escucha. Da media vuelta y se dirige a la popa de la embarcación, donde se agarra con fuerza a la madera y clava su mirada en la ciudad de Abidos, que empieza a desdibujarse en el horizonte.
Su mano va al brazalete. Mirando hacia el palacio, llora en silencio. Por su rostro cae un río de lágrimas que ya no se molesta en ocultar.
—¿Por qué tiene que ser tan complicado? —solloza—. ¿Por qué no puede ser un hombre de nuestra época? Ir al cine, a un concierto de Beyoncé, hacer cosas normales… —Su voz termina de quebrarse—. ¿Mi príncipe tenía que ser un faraón del antiguo Egipto?
La abrazo fuerte y dejo que se desahogue en mi hombro. Su cuerpo tiembla contra el mío.
Sotis, que nos observaba en silencio, se acerca despacio.
—Eres la elegida por los dioses —dice con serenidad—, y tu corazón sabe a qué tiempo perteneces.
Patricia se separa de mí y se gira hacia la anciana con los ojos enrojecidos.
—Soy una mujer del siglo veintiuno. Necesito conexión a internet, hacerme la manicura cada quince días. No sé vivir sin café y…
Sotis sonríe.
—¿De verdad necesitas todas esas cosas extrañas de las que hablas?
El río gira suavemente y Abidos desaparece de nuestra vista.
Patri vuelve a mirar ese punto del horizonte, ahora vacío, como si todavía pudiera verlo. Se seca las lágrimas con las manos .
Entiendo lo que siente: esta tierra tiene ese poder, el de atraparte para siempre.
—¿Podríamos detenernos en el poblado que queda cerca del templo? Será solo un momento —interviene Carmen con cautela.
La anciana escruta el cielo unos segundos antes de asentir.
—Tendrá que ser una parada breve. No podemos demorarnos: el sol ya está despertando de su sueño nocturno y pronto iniciará su ascenso.
—Solo quiero despedirme de los niños y transmitirles lo que nos dijo Heny.
Sotis le da indicaciones al capitán de la barcaza y poco a poco nos acercamos a la orilla.
Justo antes de que toquemos tierra, comienza a amanecer.
La barcaza del faraón, con sus estandartes alzados y el lino ondeando al viento, no pasa desapercibida. Cuando la proa roza el embarcadero, ya hay decenas de personas congregadas.
Desciendo junto a mis amigas. Y entonces diviso a Baki. Está un poco más alto, y ya no tan delgado, pero sus ojos son los mismos. Nos mira como si nos hubiera estado esperando.
A su lado se halla su hermana. Sus manos estrujan el borde de su túnica, nerviosa, pero ya no tiene aquellas ojeras oscuras bajo los ojos.
—¿Y mi hermano? —pregunta ella antes de que podamos decir nada—. ¿Cómo está?
Carmen se adelanta un paso.
—Está bien —responde con ternura—. Ahora vive en el templo de Osiris. Lo están cuidando, y esa misma familia os ha ofrecido su casa si queréis trasladaros a la capital.
La niña contiene el aliento al escuchar a mi amiga hablar en su idioma. Baki la mira y, por un instante, se le humedecen los ojos. Pero no llora. Al contrario: alza el mentón y sonríe .
—Veo que encontrasteis a la mujer que buscabais; otra diosa igual que vosotras —dice—. Hemos oído hablar mucho de las tres divinidades que llegaron con las aguas.
Se gira hacia los suyos, señalándonos.
—Os lo dije, y no me creíais. Son ellas.
Un murmullo se propaga entre la multitud.
Baki nos mira como si de verdad creyera lo que dice. Introduce la mano bajo la tela de su túnica y saca algo envuelto en un trozo de lino. Sé lo que es antes de verlo: el móvil que le entregamos para que lo guardara. Con una pequeña reverencia, se lo cede a Carmen.
—Lo he custodiado como me pedisteis.
Carmen lo coge con cuidado y abre uno de los extremos de la tela, lo justo para comprobar el contenido sin que nadie más pueda verlo. A continuación lo guarda entre sus ropajes.
—Lo has hecho muy bien. —Le sonríe al muchacho.
—Os prometí que lo protegería con mi vida —contesta, orgulloso de haber cumplido con su palabra—.
Desde que llegasteis, todo ha cambiado. Ya no tenemos miedo.
El templo no nos obliga a pagar los impuestos de antes.
Nuestras casas están arregladas y los campos vuelven a estar sembrados.
—Hace una breve pausa para mirarnos a las tres—.
Gracias a las diosas que vinieron a devolverle la luz a nuestro pueblo.
Uno a uno, los vecinos inclinan la cabeza ante nosotras. Primero Baki. Después, su hermana. Hasta que decenas de personas permanecen en silencio bajo la luz del amanecer, presentando sus respetos a las mujeres que creen enviadas por los dioses.
Las tres nos cogemos de la mano y miramos a nuestro alrededor sin saber cómo actuar .
Quisiera repetirles que solo somos mujeres normales, pero cuando veo sus casas, en cuyos muros ya no hay grietas, y en cuyas entradas hay puertas nuevas de madera, entiendo algo que no había comprendido hasta ahora.
A veces con eso basta.