La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 61
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Patrici a

Los golpes en la puerta suenan cada vez más insistentes.

Ninguno de los dos nos movemos. Seguimos mirándonos fijamente, diciéndonos con los ojos lo que las palabras no son capaces de expresar. Me ha pedido que me quede, y durante unos segundos he estado a punto de ceder, porque ya no sé a dónde pertenezco.

Los meses que he vivido en este país han sido mágicos. Y no solo por el viaje en el tiempo, sino por Khenra. He aprendido a amar esta tierra, su río, su gente. A mirar la vida de otra forma, a detenerme en lo pequeño, en todo aquello que antes ni siquiera veía.

Una de las cosas que más me gusta es navegar al atardecer. Khenra sujetando la vela, sonriendo despreocupado. El sonido del agua rompiendo contra la embarcación. Los pájaros cruzando el cielo en libertad.

La puerta se abre y entra Taia con mi ropa entre las manos, sin atreverse a mirarnos.

—Siento molestar, pero ya es la hora.

Khenra me atrae aún más contra su cuerpo.

Y yo me derrumbo .

—No puedo quedarme —susurro, pero mi voz se rompe antes de terminar.

No sé qué estoy sintiendo, si culpa, miedo, amor o todo al mismo tiempo.

Sus manos suben hasta mi rostro y me obligan a mirarlo.

—No te disculpes —dice en voz baja—. No por hacer lo que tu corazón te pide.

Esas palabras me duelen aún más.

Las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas. Cierro los ojos un instante. Si me quedo, lo pierdo todo, pero si me voy, también.

Respiro hondo, intentando ser fuerte. Apoyo mi frente contra la suya.

—Pat-Ra —dice mientras me besa las lágrimas.

El nombre con el que me ha estado llamando este tiempo me encoge el alma.

Me alejo despacio, aunque mi cuerpo se resiste. Cada centímetro duele.

—No me olvides —consigo decir.

Él niega sin apartar su mirada de la mía. En sus ojos hay un brillo que nunca le había visto.

—Sería como dejar de respirar —me responde con voz ronca.

Y eso es exactamente lo que siento: que dejo de respirar, porque esto no es solo una despedida. Es el final de la vida que podría haber sido.

Lo miro por última vez, intentando grabar su imagen en mi memoria. Me doy la vuelta y me dirijo hacia Taia, quien al verme rota de dolor, me abraza. Después me cubre con una túnica holgada y, sin volver la cabeza, salimos. Porque si me quedo un segundo más, no me iré.

Cuando las puertas del palacio se cierran tras nosotras, no puedo más: mis piernas se doblan y caigo de rodillas.

El llanto me desgarra por dentro. Me siento vacía, como si al otro lado de esas puertas hubiese quedado un pedazo de mi ser.

Taia me abraza y me aferro a ella. En su hombro lloro como nunca lo había hecho.

—¿Estás segura de querer marcharte? —pregunta en mi oído.

Cierro los ojos, intentando calmarme.

—Debo hacerlo —sollozo—. Debo regresar a mi tiempo, al lugar al que pertenezco.

—¿Y estás segura de que ese es realmente el lugar al que pertenece tu alma? —pregunta con infinita dulzura—. ¿De que tu hogar está en el futuro y no aquí, junto a él?

La miro, y me doy cuenta de que hasta ahora yo siempre había estado convencida de a dónde pertenezco, pero ahora ya no soy capaz de responder a esa pregunta con tanta seguridad.

—Patri, ¿estás bien? —Oigo a Carmen acercándose—. Te estamos esperando.

Intento recomponerme. Sé las ganas que tiene de regresar para abrazar a su pequeña y a Javier, el amor de su vida.

Me seco las lágrimas con la túnica y cojo aire.

Taia me ayuda a levantarme del suelo. Me enmarca el rostro con las manos y sus labios se curvan en una sonrisa triste.

—Nunca imaginé tener una amiga entre estos muros, hasta que tú llegaste —dice. Dos lágrimas corren por sus mejillas—. Te voy a extrañar mucho, querida Patricia.

No puedo soportar la angustia. Tiemblo, pese a que la noche es cálida. Me cuesta coger aire, y el pecho me duele por intentar contener el llanto.

—Te voy a recordar siempre, querida Taia —le digo con la voz quebrada—. Gracias por todo.

Ella me besa en la frente y da un paso atrás.

Carmen se sitúa a mi lado. Durante un segundo no dice nada, pero su mano busca la mía y la aprieta con fuerza.

—Venga. Volvamos a casa.

Esa palabra me atraviesa: casa.

Echo a caminar hacia el embarcadero, con ellas. No sé si estoy regresando a mi vida o dejando atrás la única en la que de verdad me he sentido viva.