60
Khenra
El día se ha hecho eterno alejado de ella y no pienso dormir esta noche.
Los dioses quieren arrebatármela del mismo modo en que me la entregaron, como si todo esto hubiera sido un juego cruel para recordarme que incluso un faraón puede caer de rodillas ante fuerzas que no controla.
A veces siento que de algún modo me están castigando.
He vivido demasiado tiempo entre sangre y lucha, sin darme cuenta de lo que estaba mal a mi alrededor.
Y ahora que he aprendido a ver, ahora que sé lo que es amar, me la quitan.
Ese pensamiento me azota y me quema también en la garganta.
No le he dicho que la amo, pero intuyo que ella lo sabe.
Tengo miedo de pronunciar las palabras y que ese sentimiento acabe conmigo; expresarlo en voz alta lo hace tan real como al mismo Ra.
Yo, el faraón, el guerrero, tengo miedo, un miedo irracional a ser un simple hombre enamorado al que le niegan la esperanza hasta el juicio final.
La noche pesa sobre el palacio, donde las lámparas arden con una llama trémula y el aire huele a aceite y a piel cálida. Afuera todo es silencio, pero dentro de mi alcoba nada está en calma.
Patricia se mueve sobre mí despacio, con una rodilla a cada lado de mis caderas.
El sudor hace brillar su piel bajo la tenue luz de las lámparas.
Cuando se inclina, su cabello dorado acaricia mi pecho.
Su rostro queda muy cerca del mío, tanto que nuestros alientos se mezclan.
Deslizo los dedos por esas hebras claras y las aprieto en mi puño, manteniéndola conmigo, como si pudiera hacerlo por siempre.
Pero ella no pertenece a esta tierra, ni a este palacio. Pertenece a los dioses del tiempo, y contra eso no sé cómo luchar.
La rodeo con los brazos y acerco mi rostro al suyo hasta apoyar la frente en la base de su cuello. Cierro los ojos, intentando memorizar el ritmo de su respiración. El sonido suave que escapa de su garganta cuando nos amamos. La forma en que sus manos agarran mi pelo.
Sé que cuando el sol brille en lo más alto del nuevo día, mi diosa se desvanecerá igual que apareció.
Este tiempo a su lado me ha hecho ver lo que podría tener si ella decidiera quedarse. Me he sentido más completo que nunca, como si por fin hubiera encontrado aquello que me faltaba sin saberlo.
Patricia me mira y en sus ojos leo algo que conozco demasiado bien: es esa tristeza que se instala cuando el corazón comprende antes que la mente.
—Quédate —murmuro, aún jadeando, y la palabra me sabe a derrota.
Suplico como un hombre que no sabe suplicar.
Ella se detiene; su frente roza la mía y su aliento me acaricia los labios.
—No puedo. Debo regresar —susurra, mirándome a los ojos.
Su voz se resquebraja y en ella percibo dolor. Cuando repite mi nombre en un murmullo apenas audible, algo dentro de mí se rompe. Ella tampoco quiere irse, pero lo hará.
Siento el impulso violento de odiar a los dioses, de maldecirlos, de salir a la oscuridad de la noche y desafiar al cielo con mi voz. Pero no lo hago, porque ella me mira y en esa mirada me sostiene.
Me aferro a Patricia con más fuerza, intentando construir con mi cuerpo una muralla tras la que el tiempo no exista.
No sé cuánto pasa, solo sé que cada latido de su corazón es para mí una oración silenciosa. Y yo, que he aprendido a no mostrar debilidad, siento que el poder no sirve de nada si no puedes retener a tu lado lo que más amas. Si no puedes vencer algo tan poderoso como el tiempo y sus designios.
El trono quedará incompleto cuando falte su presencia a mi lado. Y mi nombre, grabado en piedra, no vale tanto como el sonido de su risa en esta alcoba.
Ella apoya la mejilla contra mi hombro. Su respiración se calma un poco, pero yo no. Mi mente no descansa, sabiendo que esta noche no será eterna. Mis dedos acarician su espalda, lentos.
Quiero decirle tantas cosas.
Quiero decirle que nunca he temido a la muerte y que, aun así, lo que más miedo me da es abrir los ojos y no encontrarla a mi lado.
Cuando ella se marche, me quedará un hueco imposible de llenar.
Pero no digo nada, solo la abrazo. Su respiración se ha ralentizado, pero mis manos continúan estrechando su cuerpo, sintiéndola aún unida a mí.
Y entonces, ocurre.
Tres golpes secos en la puerta. Suficientes para que mi cuerpo se tense.
Ha llegado el momento, y Patricia también lo sabe. Lo noto en su cuerpo rígido sobre el mío. Sus dedos se crispan en torno a mi piel con un miedo que ninguno de los dos se permite mencionar.
Los golpes vuelven a sonar, más firmes, y atraviesan la alcoba como una sentencia.
Respiro hondo, tratando de retenerla un último instante, tratando de detener el tiempo con ese simple gesto. Mis manos se deslizan por su espalda, no para apremiarla, sino para memorizarla.
Porque cuando esa puerta se abra, cuando Patricia cruce ese umbral, se marchará para siempre. Y yo me quedaré aquí, pensando durante el resto de mis días en lo que pudo ser una vida a su lado.