La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 59
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Patrici a

La luz de la mañana entra por las ventanas de la habitación de Khenra, que desde hace un tiempo también es la mía.

Llevo varias noches sin dormir, pensando en que ya me queda poco tiempo aquí, junto a él.

Jamás había experimentado nada semejante con ningún hombre. A su lado me siento protegida, deseada, amada de una forma que no creía posible.

Lo observo: está dormido y su gesto es relajado, pero su brazo rodea mi cintura con firmeza, como si temiera que me fuese a desvanecer mientras duerme.

Pienso en todo lo que he vivido junto a él estos meses.

En cómo ha cambiado este país y en cómo ha dejado de resultarme extraño.

Me encanta navegar con Khenra en su barca, recorriendo los pueblos a las orillas del río.

Ahora todo se ve diferente; incluso sus gentes parecen más felices.

Acaricio su negro pelo, que tanto me gusta, y ese contacto parece despertarlo. Sus ojos se abren despacio, oscuros, profundos, y se clavan en los míos.

—Buenos días —susurro .

No responde con palabras. Solo me aprieta un poco más contra sí, acercándome a su boca. Entonces me besa.

Sus labios se mueven sobre los míos con una delicadeza que me desarma. En ese beso hay algo distinto que me oprime el pecho. Igual que yo, sabe que se acaba nuestro tiempo juntos.

Mis dedos se aferran a su piel. Quisiera quedarme para siempre en este instante, donde el pasado y el futuro no existen. Donde solo estamos él y yo.

Unos golpes secos retumban en la puerta. Él gruñe por la interrupción.

—Adelante —dice con voz grave.

La puerta se abre y es Ushem quien entra en la estancia, serio. No aparta la vista de Khenra en ningún momento.

—Disculpe, mi señor. El Consejo lo espera ya en el salón del trono.

Khenra suspira.

—Lo había olvidado. —Se levanta de la cama, desnudo como está—. Diles que iré en un momento.

Ushem hace una reverencia. Su rostro permanece impasible.

—La anciana y la reina Nebet se encuentran en el Patio del Loto —añade. No me mira en ningún momento.

Se gira con la misma rigidez con que ha entrado y abandona la estancia cerrando la puerta tras de sí.

—No sé qué le ocurre a Ushem últimamente —comenta Khenra—. Está de mal humor.

Dudo si decirle lo que opino. Taia me hizo prometer que guardaría el secreto, pero creo que Khenra debe saberlo.

—¿Aún no te has dado cuenta de que hace tiempo que ama a una mujer?

Él guarda silencio unos segundos, como si por fin las piezas encajaran en su mente.

— ¿Taia? —inquiere—. Es ella, ¿verdad?

No le respondo, pero mi silencio es suficiente.

—Ahora lo entiendo todo. Vi cómo la miraba, pero no creí que estuviera enamorado. ¿Por qué no me ha dicho nada? —murmura, más para sí mismo que para mí—. He sido un necio. Debo hablar con él. Taia fue concubina de mi hermano y…

—Por eso mismo no te lo han contado —lo interrumpo—. Saben que la relación no sería bien vista.

Asiente. Vuelve a ponerse en pie para terminar de vestirse, sin ayuda de los criados, como hace desde que me instalé aquí, junto a él.

Me levanto y lo ayudo a anudar el cinturón, aunque lo único que realmente deseo es que permanezca desnudo en la cama, conmigo, y pasar cada minuto de este último día amándolo.

—Lo sé —dice en voz baja—. Entiendo su miedo, pero no puedo permitir que dos de las personas a las que más aprecio sufran por no poder vivir su amor.

Se gira hacia mí y me asalta la certeza de que no se refiere solo a ellos.

—Debo marcharme —añade—. Quisiera pasar contigo el último día, pero tengo obligaciones que atender.

Asiento, aunque cada partícula de mí anhela pedirle que se quede.

Da un paso hacia la puerta y entonces no puedo más.

—Khenra… —Mi voz es apenas un susurro, pero basta para que él se detenga.

Elimino la distancia entre nosotros y, sin poder contenerme, lo beso. Su mano se desliza hasta mi nuca y me atrae hacia él con una fuerza que me roba el aliento. El beso se torna más profundo e intenso, y nos apretamos el uno contra el otro como si nuestros cuerpos sobraran.

Khenra se separa primero, con la respiración acelerada y esa mirada de excitación que me enloquece.

—No me lo pongas más difícil — susurra, rozando mi oído. Me pega aún más a él, dejando clara la tensión que lucha por contener—. No debo retrasarme más.

Me besa suavemente y, sin decir más, se gira y abandona la habitación. La puerta se cierra y yo me quedo ahí, con los labios aún ardiendo, observando el espacio donde hace apenas un instante estaba él, y que ahora está vacío.

Me visto despacio y salgo en dirección al Patio del Loto.

La luz del exterior me deslumbra al cruzar el umbral.

El aire huele a las flores que dan nombre al recinto.

Entonces veo a mis amigas. Carmen es la primera en percatarse de mi presencia y su rostro se ilumina.

Se levanta casi de un salto y corre hacia mí.

Lola la sigue con la mirada, luciendo una sonrisa que hace tiempo que yo no le veía.

—¡Se acerca el día D! Por fin mañana regresaremos a nuestro tiempo. —Carmen me rodea entre sus brazos.

Me gustaría sentir la misma felicidad que ella, y seguro que así habría sido hace unos meses. Sin embargo, ahora solo me invade una tristeza tan honda que me estruja el pecho.

Me acerco a Lola, que está sentada junto a Sotis.

Durante estos meses esta se ha convertido en una persona muy importante para todas nosotras, casi como una madre.

Me sonríe también, pero su sonrisa no es como la de mis amigas: un halo de tristeza enmarca su mirada.

Me observa unos segundos, como si pudiera leer mis pensamientos.

—Debes estar preparada antes del alba —dice finalmente, con voz amable pero firme—. Si queremos llegar a tiempo, debemos estar en el templo antes de que el sol alcance su punto más alto.

Un escalofrío recorre mi espalda. Por primera vez desde que llegué a este lugar, el amanecer ya no parece un comienzo, sino un final.