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Lola
El tiempo ha pasado más rápido de lo que imaginaba.
A veces trato de recordar el primer día que pisamos estas tierras, y me parece que desde entonces ha transcurrido una vida entera, y no seis meses.
No ha habido ni un solo día en el que no haya pensado en Asim. Ni una sola noche en la que no haya notado su ausencia. En ocasiones, medio dormida, he estirado la mano, buscándolo.
Me pregunto si él también me habrá extrañado, pero enseguida desecho ese pensamiento. Él nunca podría olvidarme. Lo nuestro va más allá de la distancia y el tiempo. Nuestras almas están destinadas a permanecer juntas, y hay lazos que no pueden romperse.
Camino junto a Sotis en dirección al palacio, observando cómo ha cambiado todo en solo unos meses. La ciudad brilla con una nueva luz después de que sellaran las grietas de las paredes y las encalaran. El aire huele a barro húmedo y a grano recién sembrado.
La gente nos saluda al pasar. Sotis acaricia a los niños que la rodean y les habla con ese cariño sereno que hace que todos sonrían a su alrededor.
Hace apenas unos meses vivía sola en su choza de barro, aislada de todo.
Ahora ha reemplazado la soledad por las columnas de piedra y por el murmullo constante de los rezos del templo.
Ya no es suma sacerdotisa, pero su presencia y su sabiduría vuelven a sentirse.
Junto con Heny, el hijo de Asenet, enseña a los más pequeños a leer las antiguas escrituras, y cuando la observo inclinada sobre los papiros, entiendo que hay lugares que siempre terminan reclamando a quienes pertenecen a ellos.
Viéndola caminar entre la gente, comprendo que no solo la ciudad ha renacido tras la inundación: Sotis también lo ha hecho.
En los campos, la tierra oscura ya no está desnuda. Entre los surcos asoman pequeños brotes verdes. Los campesinos cantan mientras trabajan, orgullosos de esta nueva etapa para el pueblo.
Al llegar al palacio nos dirigimos hacia el Patio del Loto, donde se alojan Carmen y Taia.
Nada más atravesar el umbral, el color nos envuelve.
Donde antes todo era lino blanco y piedra clara, ahora telas llamativas cuelgan entre las columnas, como banderas mecidas por el viento.
Mi amiga ha enseñado a las mujeres de por aquí a teñir los linos, al más puro estilo tie - dye , mezclando pigmentos hasta crear espirales y manchas de colores.
Carmen está hablando con varias de las bailarinas.
Taia permanece sentada a su lado. Junto a mí pasa una de las jóvenes, ataviada con un vestido multicolor con un dibujo en la espalda que recuerda a un mandala, y no puedo evitar sonreír.
Incluso aquí, en medio de una civilización milenaria, mis amigas han conseguido dejar su huella.
Y pienso que, igual que en época de cosecha la tierra se tiñe de verde, este palacio se ha atrevido a vestirse de color .
Carmen nos ve y levanta una mano manchada de pigmento azul. Nos acercamos a ellas; Sotis se adelanta un paso.
—Debéis estar preparadas —afirma—. Mañana, antes de que nazca un nuevo día, partiremos hacia el templo de Hathor. Yo os acompañaré: conozco a la suma sacerdotisa y tiene todo listo para que podáis estar ante la capilla solar antes del solsticio.
El murmullo de las mujeres a nuestro alrededor se apaga. La palabra «solsticio» queda suspendida en el aire.
En el tiempo que llevamos aquí, hemos hecho mucho más que convivir. Las bailarinas nos miran con una mezcla de devoción y cariño que me conmueve. Y aunque saben que debemos regresar ya, temen el momento de vernos alejarnos para siempre.
Una de las más jóvenes se inclina ante Carmen casi por instinto, pero mi amiga la sujeta antes de que termine el gesto y, a continuación, la abraza.
—Nada de reverencias —dice.
Y en ese abrazo entiendo que se las ha ganado no solo por el poder que representa, sino por la forma sencilla con que ha decidido vivir entre ellas. Es más que una diosa venida de otro tiempo. Para ellas, es una de las suyas, una maestra, una amiga.
—¿Dónde está Patricia? —pregunto.
Aunque creo conocer la respuesta. Desde que es consciente de que queda poco tiempo para regresar, no se separa ni un momento de Khenra.
Mientras observo el colorido patio, entiendo que no todos los viajes empiezan cuando uno se marcha. Algunos comienzan cuando sabes que ya nada volverá a ser igual.