La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 57
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Khenr a

Estación de Peret (la siembra)

El sol se oculta por el oeste, tiñéndolo todo de colores que siempre han estado ahí, pero que yo nunca había visto así hasta ahora, con ella en mi barca.

La corriente nos arrastra río abajo mientras, tumbados sobre la madera de mi pequeña embarcación, los dos contemplamos el cielo.

Aunque yo prefiero el azul de sus ojos, esos en los que adoro perderme cada vez que me mira.

He descubierto que cambian de tono con la luz del día o según lo que albergue en su interior.

Desde que Satiah se marchó, Patricia ha ocupado, sin pretenderlo, el lugar que esta dejó vacío como primera esposa, y que nunca estuvo más completo que ahora.

Cada día, recorremos juntos los campos y los pueblos, escuchando cada petición, cada historia que antes nadie se atrevía a expresar en voz alta. Ella permanece a mi lado en cada paso.

—Hoy has estado a punto de discutir con ese anciano —me dice con una media sonrisa. Un trozo de cielo resplandece en sus ojos.

—No discutía.

—Ken… —utiliza el apelativo con el que me llama siempre que estamos a solas—, estabas discutiendo.

Aparto un mechón rubio que le cae sobre la cara.

—Debes entender que, aunque escuche todas sus peticiones, haré lo que considere justo para todos, y no solo para unos pocos.

Ella me mira. Cada vez que lo hace de ese modo, mi interior brilla con su luz, disipando todas mis sombras.

—Y por eso eres el mejor de los faraones. —Se tumba sobre mí.

—No necesito ser el mejor —murmuro—. Solo que reine la Maat entre mi pueblo.

Sus dedos acarician mi pecho.

—Lo eres —insiste—. Has subsanado muchos errores.

—Aún queda mucho trabajo por hacer, pero después de este tiempo caminando con mi pueblo, empiezo a entender lo que significa gobernarlo.

Apoya su cabeza en mi pecho y sus dedos trazan círculos en mi piel.

Me prepararon para ser un dios ante el pueblo, con el que no debía mezclarme y al que no debía atender más allá de lo necesario. Durante años creí que ese era mi rol, pero con ella, todo ha cambiado.

—Pat-Ra —susurro en su oído—, contigo he aprendido a hablar sin imponer y a escuchar sin distancia.

La estrecho un poco más contra mi cuerpo y ella se acomoda sobre mí.

—Voy a echar mucho de menos todo esto —dice, y percibo la tristeza en su voz.

Respiro hondo, sin responder. Me gustaría decirle que la amo como nunca creí poder hacerlo, rogarle que se quede, pero no debo .

Patricia me ha hablado de su época muchas veces, tumbada entre mis brazos, en esta misma barca.

Me ha contado historias de ciudades luminosas, de carros sin caballos, de música que viaja por el aire, y hasta de construcciones que casi tocan el cielo.

Y aunque todo un reino se incline ante mí, yo no tengo el poder de darle aquello que tanto añora.

Lo que yo deseo es que sea feliz. Y sé que si la obligo a quedarse conmigo, algún día terminaría apagando la luz que irradia.

Es ella la que debe elegir.

Los dos sabemos que el tiempo se agota, pero nunca hablamos de ello, como si no nombrarlo fuese a impedir que ese día llegue.

El sonido de los tambores se alza desde el templo, anunciando los últimos ritos de hoy.

Evoco la primera vez que Patricia entró conmigo en la capilla.

Ese espacio sagrado, reservado solo para los elegidos, pareció reconocerla incluso antes de que cruzara el umbral con paso decidido, intentando asimilar un mundo que no era el suyo.

Hasta los sacerdotes lo comprendieron, por la forma en que la luz resplandecía sobre ella, la mujer más hermosa de toda esta tierra negra.

Patricia pensaba que asistía como invitada, sin saber que ese lugar, reservado solo para unos pocos, también le corresponde.

—Debemos marcharnos o volveremos a llegar tarde —me dice, intentando zafarse del abrazo con el que la tengo presa.

—No me importa. Que empiecen sin mí.

Hundo el rostro en su pelo, aspirando el aroma a jazmín, su favorito.

—Sabes que eso no va a suceder.

Desearía dejar de ser el faraón Khenra y ser todo el tiempo solo Ken, pero las obligaciones me llaman .

Me incorporo y la ayudo a levantarse conmigo. Camino hasta el mástil para desatar la cuerda; la vela se extiende sobre nosotros y el viento la tensa de inmediato, empujándonos con rapidez hacia la orilla donde se ubica el templo, y donde ya nos esperan, como cada día.

Vuelvo a su lado y dejo que nuestras manos se reúnan.

—Estaré contando cada instante hasta que termine el rito —le digo al oído, pegando de nuevo mi cuerpo al suyo—. Para volver a estar así contigo.

Me besa de esa forma que me vuelve loco y que sé que, si no es con ella, no volveré a sentir.