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Patrici a
No soy capaz de pensar en nada, solo me dejo llevar.
De un tirón, la ropa que hace un momento me puso Taia a modo de camisón acaba en el suelo.
Khenra se aleja solo unos centímetros y me observa.
Sus ojos descienden lentamente hasta mis pechos.
Posa una mano sobre uno de ellos, cubriéndolo casi por completo.
El contacto me provoca un estremecimiento brutal, mientras de su garganta emana un gemido grave, casi animal, que hace que el pulso me estalle en el pecho.
Necesito quitarle la ropa y sentir su enorme cuerpo desnudo.
Intento ayudarlo a desvestirse, pero no tengo ni idea de por dónde empezar.
Mis manos recorren con torpeza la tela que rodea su cintura, buscando la forma de desatar un nudo que parece imposible.
Él coge mis manos, que aferran torpemente su cinturón, y las besa, sin apartar de mí esos ojos negros cargados de deseo.
Las piernas me tiemblan de tal forma que creo que de un momento a otro van a dejar de sostenerme. Busco apoyo; noto la madera del borde de la cama y me siento en ella sin dejar de mirarlo .
Khenra se aparta solo un poco y comienza a desvestirse despacio.
Primero se quita el gran collar que cuelga de su cuello, y que deposita sobre la mesa.
Después desata el cinturón de un gesto certero.
La prenda cae al suelo, dejándolo completamente desnudo.
Al verlo así, pienso que, por muchos siglos que pasen, un hombre sigue siendo igual de sexi cuando se desata el cinturón sin apartar la mirada de su amante.
Trago saliva. El tamaño de su miembro, al igual que su cuerpo, es impresionante. La luz dorada de la lámpara resbala por su piel, marcando la perfección de cada músculo; cada detalle me deja sin aliento. Y su erección, que queda a la altura de mis ojos, aviva un deseo incontrolable.
Tengo que clavar las uñas en la cama para frenar el impulso salvaje que me embarga, esa necesidad casi desesperada de lanzarme sobre él y probar su sabor.
Cada latido, cada respiración, cada pensamiento se reduce a una única necesidad: él.
Me tumbo despacio, levanto la vista y encuentro la intensidad oscura de sus iris, escrutándome como si pudiera leer cada uno de mis pensamientos. Su mirada, cargada de deseo, me enloquece aún más, si es posible. No puedo apartar los ojos de su cuerpo, de la forma en la que se coloca sobre mí.
Antes de hacerlo del todo, se detiene. Y me recorre de un vistazo.
Esa maldita pausa me vuelve completamente loca, pues cada fibra de mi cuerpo lo reclama.
Lo único que deseo es sentirlo sobre mí.
La necesidad se vuelve dolorosa; sin embargo, él permanece inmóvil, contemplándome con una lentitud casi reverente.
En sus ojos no arde solo el deseo. Creo ver adoración, como si en verdad estuviera en presencia de una diosa.
Y esa intensidad tan profunda, tan posesiva, tan devastadora, termina de hacerme claudicar .
Necesito sentirlo. Ahora.
Desciende sobre mí rozando con su miembro la entrada de mi cuerpo. Sigue sin apartar la mirada, como si quisiera asegurarse de que también lo deseo.
En el instante en que entra en mí, el mundo deja de existir.
Todo mi cuerpo responde de forma inmediata.
Un gemido escapa de mis labios mientras mis manos se aferran a su cuello, para después descender resiguiendo su espalda con una urgencia desesperada.
Mis uñas se hunden en su carne mientras mis caderas lo buscan por sí solas, incapaces de soportar más la espera.
Lo noto abrirse paso en mi cuerpo, arrancándome otro gemido, esta vez contra su boca, hasta que lo siento entero, y es como si encajáramos a la perfección. Nunca me había sentido tan completa.
Empieza a moverse, sin dejar de observarme con esos ojos oscuros capaces de deshacerme por dentro.
Me hace sentir cada roce, y poco a poco su respiración se vuelve más ronca, sus manos me sujetan con más fuerza y el ritmo entre nuestros cuerpos crece, logrando que el placer me golpee de un modo cada vez más salvaje.
Khenra esconde el rostro en mi cuello.
—Patricia… —Mi nombre se rompe en su garganta al mismo tiempo que todo su cuerpo se tensa sobre el mío.
Algo en mi interior se libera, y mi placer explota al mismo tiempo.
Me aferro a él mientras una oleada me sacude, incapaz de hacer otra cosa que no sea dejarme llevar.