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Khenr a
Cuando Ushem se ha acercado hasta donde me encontraba hablando con los jefes de los artesanos y me ha comunicado que la lámpara de aceite brillaba en la ventana de Patricia, algo en mi interior ha comenzado a latir de un modo que no reconozco.
Me he despedido de todos, pidiéndoles que disfrutasen de la fiesta, y he corrido lo más rápido que he podido en dirección al Patio del Loto, que nunca se me ha antojado más lejos.
Al salir y ver la luz en su ventana, dudo un instante. Le dije que la encendiera si quería que acudiese, pero ¿lo habrá entendido? ¿O será igual que antes, cuando esa luz significaba que no debía acercarme a ella?
Entonces la recuerdo sonriéndome, sentada junto a mi trono, como si ese lugar le perteneciera desde siempre.
Ushem, que caminaba unos pasos por detrás de mí, se detiene a mi lado, risueño. Le entrego la corona de las dos tierras, que él toma con respeto y, tras una breve reverencia, se marcha.
Camino con paso firme hasta la puerta de su alcoba. Mientras lo hago, comprendo algo que jamás admitiría en voz alta: a mi edad, y después de sobrevivir a incontables batallas, nada me ha hecho temblar como este instante.
Al llegar, ordeno a los guardias apostados en la entrada que se retiren. Respiro hondo, intentando controlar mi nerviosismo, y toco la puerta suavemente con los nudillos, conteniendo el aire.
—Adelante —escucho decir a Patricia.
Al oír su voz, siento como si el Ba abandonara mi cuerpo. Mis dedos permanecen un instante suspendidos frente a la puerta antes de empujarla despacio.
Ahí está ella, de pie junto a la cama. Durante un momento soy incapaz de respirar. No he visto nada más bello en toda mi vida.
—La lámpara… —balbuceo.
—No sabía si vendrías —me interrumpe ella con voz temblorosa.
—Has encendido la lámpara. —Señalo hacia la ventana donde brilla; su luz parece reflejarse en el brazalete. Veo también el tono azulado de la marca que me recuerda lo que estuvo a punto de suceder.
Cierro la puerta y me acerco a Patricia.
—¿Te duele? —pregunto.
Mi mano roza su piel, como si con ese gesto pudiera aliviar el dolor que le han causado. Al tocarla, me estremezco. Su tacto es el más suave que jamás haya sentido, y ese simple roce me incendia por dentro.
—Khenra, pronto me marcharé y…
Sé lo que me va a decir, pero prefiero no escucharlo. Solo quiero vivir este momento con ella. Alzo mi mano un poco más y coloco un dedo sobre sus labios para impedir que siga hablando .
Ella se sorprende al sentir mi dedo en su boca. He deseado hacer esto desde que la vi comer aquel dátil, la primera vez que acudí a su alcoba después de que bailara ante mí.
La humedad de sus labios, el olor de su piel, todo en ella me llama con una fuerza que jamás he experimentado. No me atrevo a moverme, por temor a que desaparezca como un sueño al despertar. Sin embargo, Patricia da un paso más hacia mí y su cuerpo se pega al mío.
El contacto es leve, pero el efecto que provoca en mí es inmediato y devastador. La calidez de su piel atraviesa la fina tela de su ropa y se instala en mí, despertando una tensión profunda en el centro de mi deseo, imposible de contener bajo el grueso faldellín.
Permanezco inmóvil; no quiero que la dureza de mi miembro contra su abdomen la asuste.
Pero de sus labios sale un gemido que me suena a música de los dioses, y entonces aprieta más su cuerpo contra el mío.
Ese gesto es suficiente para desatar en mi interior una oleada de deseo intensa que me obligo a contener para no devorarla como un animal.
—Patricia…
Ella alza el rostro, sin romper la cercanía que nos envuelve. Se pone de puntillas con los labios entreabiertos, tentándome con una promesa que incendia cada rincón de mi ser, invitándome a probar nuevamente su sabor, en el que no he podido parar de pensar ni un instante.
Mis dedos aferran con fuerza su cintura. Entonces Patricia enreda sus dedos en mi pelo.
—Khenra… —gime, y al escuchar mi nombre en sus labios, pronunciado de esa manera, comprendo que para mí ya no hay control posible.