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Patrici a
Nadie se atreve a hablar, como si no se creyeran lo que acaba de suceder.
Un sacerdote muy anciano da unos pasos al frente, pero su rostro está lívido y los labios, tensos.
—Esto es una blasfemia —protesta, aunque su voz ya no suena como antes.
—No —interviene Khenra—. La blasfemia ha sido utilizar a los dioses para someter a mi pueblo. —Hay rabia en su voz—. Habéis gobernado desde el poder que otorga el miedo, negando alimento a quienes lo necesitaban y exigiendo trabajo en nombre de los dioses, que no os han pedido nada.
El sacerdote le lanza una mirada fiera, pero Khenra continúa:
—Desde hoy, los templos dejarán de imponer cargas al pueblo. Y en cuanto a vosotros… —clava en los demás una mirada que hiela la sangre— quedaréis relegados del culto a Amón de inmediato.
La tensión casi puede cortarse con un cuchillo.
—No puede hacer eso —replica el sacerdote.
—Soy el faraón. Rey de todo Kemet, vuestro dios en la tierra, y no dudéis ni un instante que lo haré.
—Hace una pausa y, sin dejar de mirarlos, continúa—: Nuevos sacerdotes ocuparán vuestros puestos.
Hombres cuya fe no nazca de la ambición, sino de la devoción, de la justicia y del respeto a los dioses.
Y vosotros responderéis por vuestros actos.
Un mínimo gesto de su mano es suficiente para que los guardias los rodeen.
—Seréis enviados de inmediato a Per Nefer, las casas de embalsamamiento del oeste, donde trabajaréis lejos del poder y de los templos que habéis mancillado —manifiesta Khenra con rotundidad—.
No supisteis honrar a los vivos, así que desde ahora y hasta que Osiris os llame a su juicio, os dedicaréis a honrar a los muertos.
El primero de los sacerdotes abre los ojos con incredulidad. Otro intenta hablar, pero las palabras se le atascan en la garganta.
—Lleváoslos ya; mi pueblo tiene mucho que celebrar. Hoy comienza una nueva era para Kemet.
Los guardias los escoltan hacia la salida y ninguno se resiste. Bajan la cabeza y salen uno a uno.
Cuando las puertas se cierran, la música vuelve a sonar y se entremezcla con las expresiones de alegría.
Carmen, a mi lado, lo observa todo con esa media sonrisa suya, claramente disfrutando de lo que acabamos de presenciar.
—Te está gustando lo de ser la diosa leona, ¿eh, Sekhmet? —le susurro.
—Un poco —responde sin desviar la mirada de algunos fieles que se inclinan ante ella.
No puedo evitar reír .
El ambiente es ahora distinto. Todos ríen y bailan al ritmo de los tambores, celebrando que, mientras las aguas cubran los campos, podrán dedicarse a sus hogares, a descansar tras los largos meses de trabajo y a preparar la siembra que vendrá, sin el temor constante a los sacerdotes ni al hambre.
No dejan de llegar bandejas repletas de comida y frutas.
La cerveza y el vino se sirven en grandes jarras de barro que pasan de mano en mano.
Lola y Sotis se han marchado después de despedirse de nosotras. La anciana estaba visiblemente cansada después del enfrentamiento con los sacerdotes, pero las dos prometen venir a visitarnos cada día al palacio.
Yo no puedo dejar de mirar a Khenra, a quien rodean los más ancianos, que se acercan a hablar con él.
Los escucha con atención y les responde con tranquilidad, sin la distancia de un rey, igual que si fuese uno más de ellos.
Su gesto es ahora más relajado, incluso parece más joven, como si se hubiera quitado un enorme peso de encima.
Desde donde se encuentra, no deja de mirar hacia mí. Y cada vez que sus ojos se fijan en los míos, algo me atraviesa por dentro, estremeciéndome entera.
La gente brinda y lanza vítores por el monarca. Todos beben y ríen, e incluso algunos nos dan las gracias, a Carmen y a mí, por honrarlos con nuestra presencia, que ellos creen divina.
Una de las bailarinas a las que conocí en la Casa de las Bellas saca a bailar a mi amiga, que, después de haber bebido varias veces de las jarras de vino, está muy animada y no deja de danzar al compás de la música.
Taia se acerca con esa quietud suya que parece contagiar a todos.
—¿Cómo te encuentras? —me pregunta.
—Cansada —le respondo.
Ella asiente, como si ya lo supiera.
—Si lo deseas, puedo acompañarte a tu alcoba —sugiere.
Miro a Carmen, que no deja de reír y girar entre las bailarinas, imitando sus movimientos.
—Ella estará bien —me asegura Taia—. Se está divirtiendo. Le haré saber que estabas cansada y que te has retirado.
Asiento. A mi amiga siempre le han gustado las fiestas.
Decido hacer caso a Taia y marcharme a descansar.
Pero antes, vuelvo a mirar hacia Khenra.
Cuando me levanto, siento su atención puesta en mí una vez más.
Le sonrío sin pensarlo, y él me devuelve el gesto.
Y tengo la certeza de que es la sonrisa más especial que me han dedicado jamás.
Camino junto a Taia por los pasillos del palacio, seguidas ambas por Ushem, quien nos escolta personalmente.
Me parece conmovedora la forma en que se miran. Parecen entenderse sin necesitar palabras, y me entristece que no se les permita amarse sin importar lo que los demás piensen.
Una vez en mi dormitorio, en el Patio del Loto, Taia y yo cerramos la puerta tras nosotras. La música se escucha amortiguada por las paredes de barro.
Taia me ayuda a quitarme la ropa y me coloca algo más cómodo y ligero sobre la piel.
—Descansa —me dice, dándome un beso maternal en la cabeza antes de apagar la lámpara de aceite que hay sobre la mesa.
Asiento mientras me tumbo en la cama. Me duele todo el cuerpo al hacerlo. No dejo de pensar en lo que ha pasado hoy. En cómo Khenra defendió a la anciana de las acusaciones de mentirosa, enfrentándose a los sacerdotes sin dudar. Su cuerpo robusto, firme, dispuesto a todo por defendernos a nosotras.
Durante toda mi vida he buscado a alguien así. Un príncipe, pedía yo. Alguien capaz de defenderme a mí y a los míos. No porque yo no pudiera hacerlo sola, sino que no se escondiera cuando las cosas se pusiesen difíciles.
Y hoy, verlo ahí, ante todos, me ha hecho pensar que lo he encontrado aquí, en otro tiempo.
Respiro hondo, intentando hallar un vestigio de calma en medio de todo lo que aún palpita dentro de mí.
La brisa fresca de la noche entra por la ventana. Desde la cama puedo contemplar el cielo estrellado más bonito que he visto nunca, y esos ojos negros vuelven a presentarse con claridad ante mí.
Giro la cabeza en la penumbra, hacia la lámpara de aceite.
«Solo tienes que encenderla», escucho la voz de Khenra en mi cabeza.
Sin pensar, como si algo en mi interior me empujara a hacerlo, me levanto y me acerco a la mesa. Tanteando entre las sombras, encuentro el sílex. Lo raspo, como he aprendido a hacer, y esta vez una sola chispa es suficiente para que la llama prenda.
La luz se hace nuevamente en la estancia. Cojo la lámpara y la coloco en la ventana.
Sé lo que estoy pidiendo con este gesto.
Mi tiempo aquí es limitado. Y precisamente por eso, necesito saber quién es él en realidad. No el faraón al que temía, sino el hombre que aparece cuando baja la voz y me mira como si no existiera nadie más que yo.
No quiero marcharme con la duda de lo que habría sido formar parte de su vida, aunque solo sea hasta el próximo solsticio. Necesito descubrir a qué sabe su piel. A qué huele su pelo. Cómo será sentir el calor de su cuerpo contra el mío.
El calor me sube hasta la cara mientras el corazón me martillea en el pecho. Me envuelvo con mis brazos, intentando aplacar el temblor que se expande por cada célula de mi cuerpo.
Regreso a la cama, pero no me tumbo. Me siento en el borde, con los pies desnudos sobre la alfombra. Cierro los ojos un momento, nerviosa por lo que está por llegar, y entonces escucho pasos acercarse. Reconocería su forma de caminar en cualquier parte.
Es él. No sé cómo, pero lo sé.