53
Lola
Sotis está de pie en medio del gran salón y sus palabras resuenan en las paredes de piedra.
Desde donde me encuentro, no puedo evitar levantar la cabeza, aun a riesgo de que alguien me reconozca, para mirar hacia mis amigas, que se encuentran junto al faraón.
Verlas ahí, tan cerca de ese hombre tocado con la corona del Alto y el Bajo Egipto, me provoca una mezcla de miedo y culpa por haberlas dejado solas.
Todos observan a Sotis con una mezcla de devoción y respeto que hace que me sienta orgullosa de ella. Aunque lleva mucho tiempo fuera de los templos, sus palabras siguen causando el mismo efecto en quienes la escuchan que cuando la conocí como suma sacerdotisa de Isis en el templo de Karnak.
Los sacerdotes se miran entre sí, y en sus rostros hay una expresión de suficiencia.
Yo me quedo detrás, con el pulso acelerado, temiendo que esos hombres tan poderosos puedan hacerle algún daño.
Sotis recorre con la mirada al pueblo, ignorando a los sacerdotes.
Su atención se dirige a los hombres y mujeres que han asistido al banquete, a los que llevan polvo en las rodillas, a los que tienen los dedos agrietados, a los que han aprendido a agachar la cabeza ante ellos, más que por costumbre, por temor.
—No ha sido por mandato de los dioses por lo que os han negado los graneros de los templos cuando teníais necesidad —dice con esa voz ronca que utiliza cuando habla en su nombre—. Os los han negado por hambre de poder.
Un murmullo se instala entre la gente. Al principio es débil, pero crece rápido, igual que las ondas en el agua cuando cae una piedra.
Entonces el más anciano de los sacerdotes da unos pasos hacia ella con gesto amenazante. El gran collar que lleva al cuello, con el símbolo del dios Amón, brilla bajo la luz de las antorchas.
—¿Qué estás diciendo? —espeta con odio—. Siempre has sido una vieja chalada. Deberías volver a la choza de la que has salido y dejar de mentir a nuestro pueblo.
La sonrisa se borra de la cara de Sotis.
—Me llamas loca y mentirosa —responde sin levantar la voz—, pero yo nunca he dejado de servir a los dioses. Sin embargo, vosotros servís a la avaricia y al egoísmo del hombre.
Las voces vuelven a alzarse, pero ya no suenan igual. Antes era inquietud; ahora, algo parecido a la indignación, a la certeza. El pueblo mira a los sacerdotes como si los viera por primera vez.
—¡Guardias! ¡Sacadla ahora mismo de aquí y llevadla donde debería estar, y que no vuelva nunca más a acercarse a este lugar! —grita un sacerdote, feroz.
—¡No permitiremos que esta farsa continúe! —añade otro.
Cierro la mano en un puño hasta que las uñas se me clavan en la palma. Doy un paso al frente, pero en ese mismo instante la voz del faraón resuena firme.
—La anciana no miente —dice, bajando las escaleras hasta situarse junto a Sotis—. Los dioses caminan entre nosotros en estos días, como ella os ha advertido. Yo mismo he sido testigo de ello.
Todos se miran entre sí.
—Mi faraón, creo que no sois el más apropiado para hablar en estos momentos.
Acabáis de quedaros sin esposa y, por tanto, con el trono de Kemet incompleto.
Los dioses no están contentos, y estoy seguro de que pronto nos mandarán un nuevo faraón que llene con su descendencia la tierra negra —dice el sacerdote más anciano, casi escupiéndole las palabras a la cara.
—¿Osáis amenazarme? —le ruge el faraón, acercándose mucho a él—. ¿Qué pensáis hacer? ¿También yo sufriré un accidente con el carro? ¿O será veneno tal vez?
Mi mente viaja a Kom Ombo, al momento en que el faraón me acusó de su desgracia y me castigó enterrándome con vida. Recuerdo también al sacerdote con cabeza de chacal obligándome a ingerir el veneno, ese sabor amargo que acabó conmigo.
Fueron ellos los causantes de lo que me ocurrió, ahora lo entiendo. Hicieron creer al faraón que su desgracia era culpa mía; sin embargo…, los culpables eran ellos.
Un calor me sube por el pecho. No sé cómo explicarlo, pero siento que este lugar me reconoce.
Escucho un segundo latido en mis tímpanos, golpeando como un tambor. Ese sonido no viene de fuera, sino de muy dentro, como si en mi interior latieran dos corazones a un mismo ritmo.
Respiro hondo. Algo me empuja a dirigirme hacia Sotis y el faraón. A medida que avanzo, retiro de mi cabeza el lino que me cubre .
El murmullo se detiene.
Uno de los sacerdotes abre la boca, como si fuera a hablar, pero no dice nada.
Yo no sé quiénes son. No podría reconocerlos aunque lo intentara. Pero, por la forma en la que me miran, ellos sí saben quién soy yo.
—La reina que vino de Nubia… No es posible. Yo vi cómo se selló su tumba —oigo decir a uno.
Un escalofrío me estremece y siento la piel erizarse bajo la tela. Sotis recupera la sonrisa al verme a su lado.
—Os he dicho que los dioses caminan entre nosotros —dice con esa voz ceremonial de suma sacerdotisa—. Y no miento. Al contrario que vosotros, yo nunca lo he hecho.
El sacerdote que estaba frente a ella da unos pasos atrás y vuelve a colocarse junto al resto, que cuchichean.
—No es ella —rebate otro—. Es solo un truco de la anciana, no la creáis.
—¿Por qué os empeñáis en seguir mintiendo? —gruñe el faraón—. Ella es la segunda esposa de mi hermano. Todos la vimos entrar en la tumba, junto con sus ofrendas. Y sé que eso también fue culpa vuestra. Él mismo me lo dijo antes de morir. Ahora ella ha regresado.
—¡Sí! ¡Es la reina Nebet! —exclama una mujer cerca de nosotros—. Yo le pintaba el cuerpo cuando vivía en este palacio.
Sé quién es. Su rostro ha cambiado, pero sus ojos son los mismos.
—Y yo alimentaba a su joven leopardo —secunda alguien desde el fondo.
Las voces comienzan a alzarse de nuevo.
—Y no ha venido sola. —Sotis eleva la suya para que se escuche .
Se gira y camina sin prisa hacia mis amigas, acomodadas junto al trono del faraón.
Cada paso que da va atenuando los sonidos del gran salón hasta que solo queda un silencio expectante.
Se detiene frente a Carmen, alza las manos y retira con delicadeza la peluca negra que cubre su melena.
Su pelo rojo cae libre sobre los hombros.
Un grito ahogado se extiende por la estancia, seguido de exclamaciones de miedo.
—Sekhmet… —susurra alguien con temor.
Carmen no se mueve. Permanece tranquila, ojeando el entorno mientras algunos retroceden, otros bajan la mirada ante ella y muchos se arrodillan hasta tocar el suelo con la frente. Algo en su expresión me dice que lo está disfrutando.
El sacerdote más anciano palidece cuando Sotis se vuelve hacia ellos con la mirada más dura que yo jamás le he visto.
—Ahora —dice con calma—, decidle al pueblo que los dioses no están entre nosotros.
Me acerco hasta Sotis y mis amigas, con el corazón golpeándome el pecho.
Y entonces lo comprendo: no he regresado para esconderme. He regresado para ayudar a este pueblo, que, de algún modo, también es el mío.
Y eso es lo que voy a hacer.