La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 52
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Khenra

Camino por el corredor que conduce al gran salón con el paso firme que se espera de mí, aunque por dentro todo avanza a otro ritmo. Uno más rápido, más vivo, que nunca había experimentado.

—¿Le transmitiste mi deseo? —pregunto sin detenerme.

Ushem camina un paso por detrás de mí, como dictan las normas que ambos conocemos.

—Sí, mi señor —responde—. Todo está dispuesto como ordenó. Ella estará a su lado, con la otra mujer extranjera. Taia las acompañará.

Asiento sin mirarlo.

He realizado este trayecto innumerables veces, pero hoy es distinto. No es el deber lo que me reclama, ni la celebración, ni el pueblo, que ha sido invitado al banquete por primera vez en muchos años.

Es ella, Pat-Ra.

Las trompetas anuncian mi entrada y, cuando las puertas se abren, el murmullo del interior se apaga.

Doy un paso al frente, y entonces la veo.

Durante unos latidos, todo desaparece y solo existe ella.

La forma en que la luz de la estancia la envuelve, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar junto a mi trono.

El calor me sube por el pecho, y las palmas de mis manos se humedecen, incapaces de permanecer ajenas a lo que veo.

Mi respiración se vuelve más lenta, profunda.

Me asalta el recuerdo de su cercanía, de cómo su cuerpo respondió al mío, de la forma en que me miró cuando mis labios rozaron los suyos.

El pensamiento es fugaz, pero suficiente para tensarme por dentro. Ningún deseo concedido por los dioses habría podido igualar esa imagen.

Satiah permanece al otro lado, en su trono secundario. Su mirada es desafiante y sé que no le ha gustado que Patricia tenga un lugar junto a mí.

Subo los escalones y me detengo frente al trono desde el que mis antecesores tomaron decisiones que determinaron el destino de esta tierra.

Vuelvo a mirar a Patricia y ella me sonríe; aunque apenas la conozco, ese simple gesto y su sola presencia cerca de mí me dan la seguridad necesaria para hacer aquello a lo que he venido.

Me giro hacia el pueblo, hacia los hombres y mujeres que llenan el salón, hacia los que han acudido convocados por algo más que una fiesta.

—Hoy es un día especial. —Mi voz se alza serena, firme—. Las aguas ya bañan por completo los campos.

Un murmullo expectante recorre la sala.

—Hapi, el dios de la inundación, ha sido generoso —continúo—. Y como cada año, debemos honrarlo.

Los aplausos estallan. Algunos levantan los brazos; otros inclinan la cabeza. Los vítores se elevan hacia el techo y el nombre del dios se adueña del espacio.

Alzo de nuevo la mano y el ruido se atenúa.

—Sé que la costumbre dicta que, durante los meses de inundación, todo el pueblo trabaje para los dioses. Pero este año… —hago una pausa deliberada— será diferente.

El murmullo regresa, más intenso esta vez. Miradas que se cruzan. Susurros contenidos. Siento los ojos del visir, situado junto a Satiah, fijos en mí.

—Os he invitado hoy —prosigo— para comunicaros que este año, durante la inundación, devolveremos el esplendor al país de las dos tierras.

Algunos fruncen el ceño, incrédulos.

—A partir de mañana, los graneros de palacio quedarán abiertos para todo aquel que lo necesite, y en lugar de servir en el palacio y en los templos, los hombres de Kemet centrarán todo su esfuerzo en devolverle a este pueblo lo que nunca debió perder.

Mi voz es imperturbable, pero por dentro sé que acabo de cruzar un umbral en el que no hay vuelta atrás.

Durante un instante, nadie reacciona. Como si mis palabras necesitaran tiempo para ser asimiladas.

—Se acabaron las guerras. —Mi mirada se desplaza por cada rincón de la estancia, deteniéndose en cada uno de los presentes.

El silencio es absoluto. Nadie aparta los ojos de mí.

—Las verdaderas victorias no se ganan en el campo de batalla —prosigo—.

No se ganan empuñando una espada, ni enviando a nuestros hombres a morir lejos de sus hogares.

—Mi voz no se eleva; no lo necesita—. Se ganan cuando un padre puede volver a casa al caer la noche.

Cuando un niño se duerme con el vientre lleno.

Cuando una madre no teme que la guerra le arrebate a los suyos.

Un murmullo emocionado recorre el salón.

—No volveré a enviaros a luchar por mi gloria. No alzaré mi estandarte para conquistar más tierras. Si alguna vez vuelvo a esgrimir la espada, será únicamente para defender a mi pueblo y sus hogares.

Alzo el mentón, consciente de la reacción que mis palabras causan en las caras de mi gente.

—Ahora lucharé contra el hambre, contra la miseria y contra todo aquello que apague la luz de vuestros hogares.

El salón prorrumpe en gritos de júbilo, voces que pronuncian mi nombre y los de los dioses entre risas, lágrimas y alabanzas. La alegría se propaga como una crecida imparable, tan viva como las aguas del Gran Río.

Dejo que el clamor alcance su punto más alto antes de imponer silencio con un gesto.

—Que los dioses sean testigos de este día y que se recuerde como el comienzo de una nueva era.

Hago una breve pausa y, por primera vez desde que he entrado, dejo que una sonrisa se dibuje en mi rostro.

—Y ahora… —mi voz se eleva sobre la celebración— que comience la fiesta.

Tomo asiento mientras la música llena el salón y las bailarinas comienzan a moverse al ritmo pausado de los tambores. Me inclino ligeramente hacia Patricia.

—¿Cómo te encuentras? —le pregunto, sin poder apartar mis ojos de los suyos color cielo.

Sus labios se separan, a punto de responder. Sin embargo, una voz la interrumpe.

—Qué bien… Hoy todo son grandes noticias para el pueblo.

Giro la cabeza hacia Satiah, que se levanta de su trono con una sonrisa perfecta en los labios, pese a que en sus ojos hay un brillo duro, afilado. Con un gesto elegante de la mano, reclama la atención de los presentes. La música se atenúa y las bailarinas se retiran a los lados.

—Las aguas han traído, en verdad, nuevos tiempos llenos de esperanza —dice con una dulzura ensayada—. Y del mismo modo que el limo fértil hace crecer las semillas en nuestros campos, la semilla del faraón crece ya en mi interior.

Posa una mano sobre su vientre y lo acaricia con suavidad.

Un murmullo se extiende entre la audiencia hasta transformarse en exclamaciones de júbilo.

—¡Un heredero! —resuena por el espacio.

Mis manos se cierran en torno al brazo del trono, y de mi garganta brota un gruñido feroz. Veo la alegría en los rostros de mi pueblo, pero no puedo permitir que crean que el niño que Satiah dice llevar en su vientre es mío.

—¡Eso es falso! —rujo. Me incorporo de golpe y en dos zancadas estoy frente a ella.

Su sonrisa no se borra. Al contrario: se acentúa.

—¿Falso, mi rey? ¿Cómo podéis decir eso después de la noche que compartimos a vuestro regreso de la guerra?

—Nunca derramé mi simiente en ti —expongo con frialdad—. Lo sé, y tú también.

Satiah me sostiene la mirada sin parpadear. No pierde la sonrisa.

—Sin embargo… —añado, girando la cabeza hacia el jefe de mi guardia—, sé perfectamente quién sí lo hizo. Tráelo —ordeno a Ushem, que sale rápidamente del salón.

Mi suegro me lanza una mirada furibunda y luego mira a su hija.

—¿Osáis poner en tela de juicio las palabras de mi hija delante de todos? —me increpa.

—Este es mi pueblo y a él me debo —respondo sin amilanarme—. Sé que esta tierra ha esperado un heredero durante años, pero solo aquel que lleve mi sangre podrá reclamar el trono.

Las puertas se abren y Ushem regresa escoltando al guardia de la oreja cortada, maniatado. Su rostro está hinchado, la sangre seca le cubre la mejilla y apenas se sostiene en pie. A mi lado, Satiah palidece. En su expresión ya no hay seguridad, sino el miedo crudo de un animal acorralado.

—Este hombre ha visitado tus aposentos, lo vi con mis propios ojos —digo en voz alta, para que todos me escuchen—. Sabes perfectamente que ningún hombre, excepto yo, puede tocarte.

El silencio en la sala es absoluto.

—¡Eso es mentira! —grita Satiah, y la desesperación se palpa en su voz.

—Y no solo eso —continúo—. Este hombre fue enviado por ti para segar una vida.

Señalo al prisionero con un ademán seco.

—Fue él quien, bajo tus órdenes, intentó matar a esta mujer. —Mi voz se endurece aún más al señalar a Patricia.

Las miradas se desvían del prisionero a mi esposa, de ella a mí, y de mí a la elegida.

—¡Habla! —le ordeno al hombre maniatado—. Di ante todos lo que ya saben mis guardias. Y no oses mentir, o no saldrás vivo de esta sala.

—Mi faraón —balbucea—, yo solo obedecía órdenes de la Primera Esposa Real.

Un rumor se extiende por la estancia.

—Me mandó llamar a sus aposentos —continúa con la voz quebrada—. Decía que necesitaba un hijo…, que vos no se lo dabais.

—¡Miente! —grita Satiah, avanzando hacia él como una furia—. ¡Todo es una farsa!

Pero su voz ya no destila la fuerza de antes y se rompe al llegar a la última palabra.

—¡Continúa! —bramo sin apartar la mirada del prisionero.

—Me amenazó con hacer daño a mi familia si no obedecía.

—¿Te envió a matar a esta mujer? —Señalo a Patricia.

El hombre asiente, vencido.

—Sí, mi faraón. Me ordenó que la ahogara en el pozo.

El murmullo de la sala se convierte en horror.

—Has intentado engañarnos a mí y a mi pueblo —digo, volviéndome hacia Satiah—. Y has intentado quitar una vida que estaba bajo mi protección.

Doy un paso más hacia ella, invadiendo su espacio, obligándola a levantar la cabeza para sostenerme la mirada.

—Eso no es solo ambición —añado con desprecio—. Es traición. Y la traición a un rey se paga con la vida, en este mundo y en el Más Allá. Cuando tu corazón sea pesado en la balanza de la justicia, no habrá nada que lo aligere y será devorado sin remedio.

El visir se aproxima a nosotros.

—Mi faraón, suplico piedad. —Por primera vez desde que lo conozco, siento el miedo en su voz—. Fui yo quien apoyó a esta casa cuando usted aún no llevaba la doble corona que hoy porta.

—Lo sé, me lo habéis recordado una y otra vez durante todos estos años —replico furioso—. Y es por eso por lo que seré clemente con vosotros: por esa razón, os condeno al destierro y no a la muerte.

»Abandonaréis el palacio antes de que finalicen las celebraciones de hoy. Mis guardas os escoltarán más allá de la Tercera Catarata, donde termina este reino, y si alguno de los dos osa regresar, pagará el atrevimiento con su vida .

Espero que Satiah baje la mirada, pero no lo hace. Su padre, sí.

—Ahora marchaos. Mi pueblo tiene mucho que festejar en este día.

Los guardias avanzan. Satiah los observa con desdén y luego me lanza una última mirada cargada de odio, empañada por las lágrimas.

Su padre los acompaña sin oponer resistencia. Ella, en cambio, no se mueve. Ushem, sujetándola con firmeza, la obliga a girarse y a caminar hacia la salida mientras ella se revuelve, intentando zafarse.

Antes de cruzar las puertas, vuelve la cabeza hacia Patricia y le dirige una mirada resentida.

—Todo esto, por una extranjera a la que apenas conoces —escupe—. Una mujer que ni siquiera pertenece a esta tierra ni ha nacido entre las grandes casas de Kemet.

La ira vuelve a encenderse dentro de mí.

—El linaje no garantiza el honor ni la lealtad —sentencio sin despegar los ojos de ella—. Tú misma acabas de demostrarlo. Lleváosla ya —ordeno con frialdad.

Ushem tira de ella y esta vez Satiah se deja conducir fuera del salón.

Cuando las puertas se cierran tras ellos y creo que todo ha terminado, son los sacerdotes los que se aproximan.

—Mi faraón —me interpela uno de ellos, con voz grave—, el orden ha sido alterado.

—Un rey no debe gobernar sin reina —añade otro—. Así lo dicta la Maat. Así lo han querido siempre los dioses.

—El trono no debe permanecer incompleto —concluye un tercero.

Permanezco de pie. Dejo que hablen, consciente de que no es una advertencia, sino una exigencia .

Entonces, desde uno de los laterales del salón, una figura envuelta en un manto negro avanza hacia ellos sin prisa. La reconozco incluso antes de ver su rostro.

A su paso, el gentío se aparta en silencio, sabiendo también de quién se trata: la anciana de la choza, la que un día fue gran sacerdotisa de Isis.

No alza la voz. No necesita hacerlo, pues nadie se atreve ni siquiera a moverse.

—Os equivocáis.

Su voz sacude el aire y el eco rebota entre las columnas.

La gran sacerdotisa se retira las telas que cubren su cabeza. Su gesto es solemne. Luego, recorre a los sacerdotes uno a uno con la mirada. Estos cruzan una ojeada tensa al reconocerla.

—Lleváis tiempo equivocados, creyendo que los dioses obedecen vuestras normas —hace una pausa—, pero son ellos quienes marcan la pauta, aunque no sepamos interpretar sus designios.

Se acerca a los sacerdotes; su expresión es implacable.

—Cuando el orden establecido ya no basta, cuando el hombre olvida lo que le fue confiado, ellos descienden y toman forma.

Nadie se atreve ni a respirar.

—Hoy están aquí, entre nosotros —dice, y la veo sonreír.