La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 51
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Patricia

Me levanto de la cama sin haber pegado ojo en toda la noche.

No ha sido por la música del palacio, que no ha dejado de sonar ni un instante, ni por mi amiga abrazada a mí, roncándome en el oído.

Ha sido por el recuerdo de sus labios sobre los míos.

Esos ojos negros, profundos, hablándome sin palabras.

El tacto de su piel, su calor, la firmeza de su cuerpo al aproximarse al mío.

La forma en que todo en mí respondió sin cuestionarse nada.

Me acerco al cuenco con agua y dejo que el frescor me despeje al lavarme la cara, intentando borrar esa imagen que sigue adherida a mi piel.

Mataría por un café doble bien cargado.

Todo el cuerpo me duele, incluso más que ayer. El moratón en mi brazo ahora es de un color azul oscuro, casi negro en algunas zonas. Pero no es el único. En las piernas y en el trasero también tengo marcas, recuerdos del golpe al caer al pozo.

Taia abre la puerta y se asoma solo un poco para comprobar si seguimos durmiendo.

Al verme, su rostro se ilumina con una sonrisa antes de entrar.

Lleva un vestido blanco que se ciñe a su cuerpo como una segunda piel y deja uno de sus hombros al descubierto.

Es una de las mujeres más bellas que he conocido, y no me extraña que el anterior faraón la eligiera como una de sus concubinas.

No viene sola. Tras ella aparecen dos mujeres cargadas con telas y cofres de madera tallada.

—El faraón os ha nombrado invitadas de honor para la celebración de hoy —dice con una gran sonrisa.

Carmen se despierta al escuchar a Taia. Desorientada, como si no supiera dónde se encuentra, la mira confusa mientras se aparta el pelo rojo de la cara.

—El palacio abrirá sus puertas por primera vez en muchos años para recibir a los artesanos y a la gente del pueblo —continúa Taia—. Habrá un gran banquete y después, una fiesta.

Hace una pausa, mirándonos a ambas.

—Y vosotras os sentaréis junto a él.

El estómago se me contrae. No es miedo, ya no. Es mi cuerpo recordándome que tenerlo cerca despierta en mí emociones que no sé controlar.

—Por eso —añade, señalando los vestidos y las joyas—, debéis estar a la altura, porque todas las miradas estarán puestas en vosotras.

Carmen se levanta de la cama de un salto y se acerca a las telas, emocionada.

—¿Estos vestidos son para nosotras? —le pregunta a Taia—. ¿No tienes nada que no sea blanco?

Taia la observa con una sonrisa paciente, como si esa pregunta ya estuviera prevista.

Caminamos escoltadas hacia el gran salón.

Taia me ha asignado un vestido maravilloso de lino bordado con hilos dorados y azules, colocado de tal manera que las telas cubren parte de mis brazos y ocultan la marca de los dedos sobre mi piel.

Cada pliegue está pensado para que se vea solo lo que debe verse, insinuando sin mostrar en exceso.

Han maquillado mis ojos con kohl a la manera tradicional y han trenzado en mi pelo cientos de diminutas cuentas azules y doradas.

A mi lado, Carmen parece otra. Taia ha elegido para ella un vestido de un tono terroso. Sobre la peluca negra, lleva una diadema elaborada con pequeñas flores de colores. Está preciosa, incluso vestida con prendas con las que no se siente cómodas.

Mi amiga no deja de sonreír mientras mueve la cabeza siguiendo el compás de los tambores que resuenan en el palacio, y que llaman a la fiesta de la inundación, a la que está invitado todo el que quiera acudir.

La gente viste sus mejores galas, dispuesta a pasarlo bien antes de que comience un nuevo año de duro trabajo.

—Quiero recordar todo esto para contárselo a mi pequeña y a Javier —dice Carmen—.

Van a flipar. Su madre y su tía, en una fiesta, sentadas junto a un faraón, vestidas como dos princesas egipcias.

Ojalá tuviera el móvil para grabarlo todo.

Por cierto, antes de irnos debemos ir a por él.

Tengo un montón de fotos de cuando Luz era un bebé y no me gustaría perderlas.

Su convencimiento de que podremos volver a nuestro tiempo me hace pensar por un instante qué pasaría si no lo lográramos, si nos tuviéramos que quedar aquí para siempre. Ahora que las tengo cerca, no me importaría vivir en esta época.

Sin embargo, enseguida pienso en Carmen sin su pequeña ni Javier, y en Lola sin Asim, y me quito esa absurda duda de la cabeza. Lo conseguiremos, tiene que ser así .

Accedemos al gran salón. En el interior, el ambiente huele a incienso y a flores de loto y la música marca el ritmo de la celebración. Un grupo de bailarinas a las que reconozco de la Casa de las Bellas danza en el centro, envueltas en hilos finísimos, haciendo sonar las pulseras y los collares.

Algunas, cuando me ven, me sonríen; otras me miran de arriba abajo antes de apartar la vista.

Taia camina unos pasos por delante y, sin detenerse, nos indica con discreción el lugar que nos corresponde.

Para llegar hasta allí debemos pasar muy cerca de los asientos reservados a la familia real y a los mandatarios.

Dejamos atrás a la esposa del faraón. Está sentada en una silla alta, ricamente decorada, con la espalda recta y el mentón elevado.

A su lado, en otra silla, se encuentra un hombre de mirada torva.

Ella posa su atención primero en mí y después en Carmen, que camina a mi lado, mirando asombrada tanto lujo. Entonces comienza a hablar, dirigiéndose al hombre que está junto a ella, en voz lo suficientemente alta para que yo la escuche.

—Las aguas, en lugar de llevarse a las ratas, parece que han traído otra más.

Me quedo clavada en el sitio. Ella se gira lo suficiente para que nuestras miradas se encuentren. Sus labios se curvan un poco, lo justo para hacerme entender que se refería a nosotras.

No aparto la mirada. Aprieto los puños contra el cuerpo, clavándome las uñas en las palmas para intentar frenar mis instintos. La rabia me sube caliente, brutal, y tengo que tragar saliva para contenerla.

Ha sido ella la que ha mandado matarme, ahora lo sé.

Entonces las trompetas comienzan a sonar. La música cambia y las bailarinas se retiran del centro del salón.

—Patricia …

Siento la mano de Carmen en mi brazo.

—Es allí. —Taia señala unos asientos libres al otro lado del trono.

Carmen tira de mí. Yo me muevo casi en automático mientras las palabras de la reina resuenan en mis oídos.

Entonces, las grandes puertas se abren y entra Khenra, vestido como un guerrero, con el tocado azul a rayas doradas sobre su cabeza.

El murmullo cesa de golpe y todos los presentes, incluso Carmen, inclinan la cabeza. Yo, en cambio, no puedo apartar mis ojos de él.

Camina despacio, seguro, atravesando el espacio sin ser consciente de lo impresionante que es ni de que cada uno de sus movimientos atrae todas las miradas. Solo me mira a mí, como si no existiera nadie más. El pulso se me acelera y todo a mi alrededor desaparece. Todo, excepto él.

Una sucesión de imágenes aparece en mi mente como un carrusel: Khenra llevándome en brazos cuando me sacó del pozo. El calor de su piel mojada contra mi cuerpo helado. La suavidad de sus labios cuando me besó. El roce de sus manos sobre mi cuerpo.

Mi respiración se vuelve errática y una sensación cálida, demoledora, se apodera de mis sentidos. Tengo que clavar los pies en el suelo y hacer un gran esfuerzo para no correr a sus brazos.

Esto no es normal. Estoy aturdida y me abruma este nuevo sentimiento que empiezo a identificar, aunque me niego a ponerle nombre.