50
Lola
No consigo dormir. Saber que mis amigas están dentro de ese palacio me quita el sueño.
La música de la celebración se cuela por la ventana, y con ella se reavivan imágenes que creía enterradas.
Es la misma música que sonaba cuando yo vivía entre esos muros.
La gente ríe y canta feliz, pero al escucharla, mi memoria se estremece y un nudo se instala en mi pecho.
Me giro en la estera en la que duermo sobre el suelo y observo a mi alrededor.
Todos descansan tranquilos, perfilados por la tenue luz que entra de fuera.
El pequeño duerme cerca de mí. Le han rapado la cabeza, como es habitual en los niños, y una trenza lateral, cuidadosamente peinada, cae sobre su sien.
Su respiración es tranquila y ya casi no tose.
Sonrío al ver en su mano el helicóptero de plástico que Carmen le regaló.
Esa imagen me recuerda al pequeño Dyer, que nunca se separaba del muñeco de trapo, con la forma de Behsi, que le regalé. A mi memoria vuelve la cachorra, viva, jugando junto al niño, rodando por el suelo.
—Behsi… —sollozo sin darme cuenta.
Aprieto los labios, intentando contenerlo .
No debería llorar. Sé que son recuerdos de otra vida, pero hoy todo ha vuelto con demasiada fuerza. Ver a Taia, y las pieles extendidas sobre la cama, tan parecidas a la del pasado, ha removido algo en mí, como si hubiera abierto una puerta que llevaba tiempo cerrada.
Noto un leve movimiento en el otro extremo de la única estancia de la casa de Asenet.
Es Sotis. Está sentada sobre su estera. Tiene los ojos cerrados y su cuerpo se balancea hacia delante y hacia atrás, con un ritmo constante, casi hipnótico.
Sus labios se mueven, pero de ellos no sale ningún sonido.
De pronto, el balanceo se torna irregular y su respiración se entrecorta. Sus dedos se crispan sobre el suelo.
Me levanto de un salto y me acerco a ella.
—Sotis —le pongo una mano en el hombro—, ¿estás bien?
Parece relajarse, pero no abre los ojos.
—Sotis… —digo, un poco más alto.
Asenet se incorpora sobresaltada y nos mira sin entender qué ocurre.
—Creí que los dioses ya no me necesitaban —responde Sotis al fin—, pero esta noche han vuelto a hablarme.
Su voz no es la de siempre. Suena más grave, como si no le perteneciera del todo.
—¿Y qué te han dicho? —pregunto.
Guarda silencio un instante, como si escuchara algo que no está aquí. Entonces habla de nuevo.
—Ahora comprendo por qué los dioses os han traído.
Abre los ojos y los fija en mí. Su mirada me atraviesa.
—Necesitan vuestra ayuda para disipar las sombras y que la luz vuelva a brillar sobre Kemet. Ra lucha contra Osiris en el mundo de los dioses… y nosotras debemos librar su guerra en la tierra.
Un escalofrío me recorre la espalda. No entiendo qué papel puedo desempeñar yo en todo esto. Me quedo mirándola, esperando que aclare sus palabras.
—Mañana debemos regresar a palacio —anuncia, como si ahí estuviese la clave.
—¿A palacio? —repito.
—Confiemos en los dioses. Ellos nos mostrarán la forma de ayudar.
Su cuerpo se afloja poco a poco, como si la fuerza que la mantenía erguida la hubiera abandonado. Se deja caer sobre la estera y cierra los ojos.
Permanezco inmóvil, observándola, con la sensación de que acaba de cruzar un umbral del que no ha regresado del todo. Quisiera hacerle más preguntas, pedirle respuestas que me ayuden a entender, pero sé que ahora no las obtendré.
Asenet se acerca a ella y la arropa con cuidado, mientras el eco de sus palabras me golpea por dentro.
Mañana debemos volver al palacio. La idea me tensa, pero mis amigas están allí. Y por ellas, haré lo que tenga que hacer, aunque para ello tenga que revivir episodios que deberían seguir enterrados.