La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 49
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Khenr a

No debería estar aquí. Lo sé desde el momento en que Ushem me ha permitido entrar, a sabiendas de que ella se encuentra descansando a solas. Aun así, necesito cerciorarme de que está bien.

Empujo la puerta despacio y cruzo el umbral. En el interior todo está sumido en la oscuridad, salvo el lecho donde descansa Patricia. Me detengo cerca de la entrada, esperando un movimiento, una palabra, cualquier señal que me indique que está despierta. Pero no ocurre nada.

Desde el patio, la luz tenue de las antorchas se cuela por la ventana.

No respiro, para hacer el menor ruido posible, nada que perturbe su sueño. La observo desde la distancia. Su imagen es casi irreal. Tiene ambos brazos sobre el rostro y su cabello, extendido sobre el lecho, parece flotar a ambos lados de su cuerpo.

No asemeja una mujer dormida, sino una diosa. La elegida por ellos; algo en mi interior me lo dijo desde el primer momento en que la vi bailar ante mí en el gran salón .

Fui entrenado para luchar, no para amar ni para seducir.

Nunca lo he necesitado, siempre me ha bastado la corona para obtener cuanto deseo.

Sin embargo, esta mujer desmonta todo lo que conocía.

No me mira con la devoción ciega que percibo en las demás.

No baja la cabeza ni mide sus palabras frente a mi poder.

Simplemente me trata como a un igual, y es precisamente eso lo que más me atrae.

Me reprendo por estar aquí, por observarla mientras duerme, por cruzar un límite que ni siquiera un faraón debería ignorar. Me doy la vuelta para marcharme, decidido a no prolongar este instante que no me pertenece.

Pero de repente, un leve gemido escapa de sus labios y su respiración se agita. Giro sobre mis talones y veo como su cuerpo comienza a batirse en una lucha que solo corresponde al mundo de los sueños.

Me acerco, dudando si despertarla, y es entonces cuando aparta los brazos de su rostro y me mira. Al principio parece confusa, perdida todavía entre las sombras del sueño, pero al reconocerme, su mirada del color del lapislázuli se relaja y su respiración se calma poco a poco.

—No temas —murmuro. Doy unos pasos hacia delante, pero manteniendo la distancia.

—No lo hago —susurra—. Ya no te temo; tú me has salvado.

Se incorpora despacio, recogiendo los linos contra su cuerpo de manera instintiva.

—He soñado con el pozo —dice, apartándose el cabello rubio hacia un lado y dejando al descubierto su largo cuello.

Aprieto los puños. Era eso: el lugar donde casi muere. Y tengo la certeza incómoda de que ese peligro la alcanzó por haberse cruzado en mi camino .

Enciendo la lámpara de aceite que hay sobre la mesa. La luz inunda la estancia, arrancándola de la penumbra.

Al volverme hacia Patricia, la claridad me permite verla con nitidez. Mis ojos se detienen en la delicadeza de los linos que la cubren. Son tan livianos que apenas ocultan las formas de su cuerpo, y el aire se me queda atrapado en la garganta.

Mis ojos se dirigen por inercia a la zona de piel que queda justo bajo el brazalete.

—¿Podrías reconocer al hombre que te hizo eso? —Señalo las marcas en su brazo, que ya comienzan a adoptar un color oscuro.

—Creo que sí. Aunque esos hombres que van vestidos de negro me parecen todos iguales, a este le faltaba una oreja.

Mis sospechas eran acertadas. Es uno de mis medjays , el mismo al que vi salir de la habitación de mi esposa.

—Lo que no entiendo es por qué querría alguien matarme —continúa.

—Quizás porque eres distinta, y eso da miedo a mucha gente. Pero no debes temer —añado—. Porque aunque tú no lo sepas, eres la elegida de los dioses.

Ella abre mucho los ojos y endereza su espalda.

—¿La elegida para qué, Khenra?

Al oír mi nombre en sus labios, algo se remueve en mi interior. Muy pocas personas lo pronuncian de ese modo, sin tratarme como un dios, sino simplemente como a un hombre.

—Aún no lo sé, pero ese brazalete, el que tú consideras una llave, me perteneció. Los dioses lo grabaron ante mis ojos —digo, señalando la inscripción—. Lo creí perdido, hasta que lo vi en tu brazo el día que te llevaron a mis aposentos.

Guarda silencio un instante, como si quisiera ordenar lo que acabo de decirle.

Luego aparta los linos y hace ademán de ponerse en pie.

El movimiento es inseguro, puesto que su cuerpo aún no le responde del todo.

Da un paso vacilante y el pie se le engancha en el borde de la alfombra.

Tropieza y hace un aspaviento con los brazos para buscar el equilibrio.

Me muevo rápido para llegar a ella antes de que caiga. Su cuerpo choca contra el mío, detenido de golpe por mi pecho.

El contacto la sorprende, lo noto en la forma en que su respiración se corta. Su frente queda apoyada en mi hombro; siento su aliento cálido contra mi piel y el peso leve de su cuerpo contra el mío.

Durante unos instantes permanecemos así, respirando el mismo aire.

Ella no se separa y yo no la aparto. Sus manos acarician mi pecho sin ser conscientes de lo que ese gesto despierta en mí.

De pronto parece darse cuenta y retira las manos como si le quemaran.

Da un paso atrás y baja la vista al suelo.

Sus mejillas adquieren un color rosado, avergonzada.

—No sé si he entendido bien —pregunta, rompiendo el silencio entre nosotros—. ¿Dices que este brazalete es tuyo?

Sus ojos azules buscan los míos y tardo un segundo más de lo necesario en responder, turbado por lo que ha despertado ese contacto.

—Ya no —logro decir al fin, tratando de recomponerme—. Ahora es tuyo. Fue el mismo Ra quien lo colocó en tu brazo para traerte hasta aquí.

—¿Eso es posible? —pregunta en apenas un susurro, acariciando el metal.

—Si no lo fuera —digo con suavidad—, tú no estarías ahora ante mí.

Nos observamos en silencio.

—Lamento decirte que creo que estoy aquí por error —dice de repente—. Tus dioses no pueden haberme elegido a mí, Khenra. Yo no quiero quedarme, necesito regresar a mi tiempo. No encajo en este lugar.

No sé qué podría argumentar para que ella crea en el destino como lo hago yo. Pero no puedo obligarla a compartir mi fe, ni a sentir lo que yo siento.

—No te pediré que creas —digo al fin—. Ni puedo pedirte que te quedes.

Doy un paso adelante, acortando de nuevo la distancia entre nosotros.

—Solo te pido tiempo —añado—. Tiempo para que conozcas realmente este reino y para que podamos averiguar qué planes tienen los dioses para nosotros.

Su mirada no se desvía de la mía. No hay rechazo, pero tampoco promesa.

Bajo la vista, siguiendo la línea de su brazo, ahora pegado a su costado, hasta la joya. Extiendo la mano, pero me detengo a medio camino, dándole la oportunidad de apartarse. No lo hace. Mis dedos rozan el brazalete y también su piel.

El calor y la suavidad de ese contacto, la forma en que su pulso responde al mío… todo ocurre a la vez, intenso.

Como si una fuerza invisible me empujara sin remedio, me inclino hacia ella con lentitud, dándole una última oportunidad de alejarse.

Nuestros labios se rozan, y ese mínimo contacto basta para que todo mi ser arda de una forma desconocida.

Me detengo un instante, observándola desde arriba, buscando en sus ojos algo más que permiso.

Acerco mi mano hacia su mejilla y la acaricio con la yema de los dedos, comprobando que su piel es tan suave como la había imaginado.

Ella enreda los dedos en mi cabello, reclamándome sin palabras, y ese gesto termina de romper mi contención.

Nuestras bocas se unen en un beso profundo y lento, y nos saboreamos con una pasión que ni los mismos dioses serían capaces de frenar.

Su cuerpo se acerca más al mío, hasta que entre nosotros no cabe el aire.

Mis manos buscan su cintura y la sujeto con firmeza.

Al sentir la prueba de mi deseo contra su vientre, un gemido escapa de su garganta, y el sonido me deja sin aliento.

Pero entonces, una voz femenina irrumpe desde el exterior, donde discute con Ushem, justo antes de que la puerta se abra sin previo aviso.

Patricia se separa de mí, pero llega tarde para ocultar su turbación. Su pecho sube y baja con rapidez.

La mujer con la melena del color del fuego aparece en el umbral, aunque ahora lleva puesta una peluca negra.

Sus ojos van directos a Patricia y la recorren de arriba abajo con rapidez, antes de clavarse en mí.

La excitación de mi cuerpo, imposible de ocultar, tensa el centro de mi faldellín.

Sé que lo capta por la forma en que sus ojos descienden tan solo un instante y regresan después a los míos, con un rubor que no estaba ahí antes.

Es evidente lo que acaba de ocurrir: el aire sigue cargado, como si el deseo hubiera quedado suspendido entre ambos, negándose a disiparse.

La música del gran salón suena amortiguada, ajena a lo que ocurre entre estos muros.

—Vaya, ¿interrumpo algo? —dice la recién llegada.

Su mirada alterna entre Patricia y yo, deteniéndose en ella con una reprimenda silenciosa.

—Carmen… —murmura Patricia en voz baja.

«Así que ese es su nombre. Pero lo que habita en ella es otra cosa. La diosa de la guerra».

Recupero la compostura que me exige la corona .

—Debo regresar a la fiesta —anuncio—. Mis hombres custodiarán la puerta. Nadie entrará sin mi permiso.

La encarnación de la diosa Sekhmet no aparta los ojos de mí.

—No será necesario —responde—. Yo me quedaré con ella.

Hay firmeza en su voz, pero también un juramento.

Asiento. Comprendo entonces que no solo los dioses observan cada uno de mis movimientos: Sekhmet también ha venido a vigilar.

—Lo sé —repongo—. Gracias por cuidarla.

Ella, sorprendida por mis palabras, pero con una nueva expresión en la mirada, se relaja antes de asentir. No esperaba esa respuesta por mi parte.

Doy un paso atrás, marcando aún más la distancia con Patricia, pero antes de marcharme mi mirada vuelve a ella y, a continuación, a la pequeña candela sobre la mesa.

—Si en algún momento deseas mi presencia —digo en voz baja—, solo tienes que encenderla.