La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 48
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Patrici a

Camino hacia mi habitación sujetando la piel de leopardo que envuelve mi cuerpo. Taia y Carmen me sostienen, una a cada lado, atentas, como si temieran que en cualquier momento pudiera desplomarme.

Estoy agotada y lo único que quiero es llegar a mi habitación y descansar.

No puedo evitar pensar en cómo me miraba Khenra con esos ojos negros, delineados, hace solo un momento, mientras me colocaba el brazalete.

En el calor del metal al rozar mi piel, demasiado intenso para ser solo un adorno.

En la forma en que sus yemas se detuvieron un segundo de más, rozándome de un modo que aún siento.

Fue él quien me salvó de morir ahogada en el pozo. Es él quien me ha devuelto la llave que nos permitirá irnos cuando llegue el próximo solsticio.

Cuando llegué a este tiempo, después de escuchar una y otra vez la historia de Lola como Nebet en el antiguo Egipto, mi idea de los faraones era la misma que tiene Carmen: hombres que se creen dioses, a los que no les importa nada la vida de los demás .

Pero él no ha sido así conmigo. No solo me ha salvado la vida, sino que, durante el tiempo que llevo en su palacio, me ha respetado y ha hecho que mi estancia sea lo más cómoda posible, pese a estar lejos de mi hogar y completamente sola.

Carmen no para de preguntar cosas. Taia le responde con paciencia y alguna sonrisa escueta al escuchar las ocurrencias de mi amiga.

Esta se ha vuelto a colocar la peluca y observa todo con la boca abierta.

En la entrada que da al patio, las mujeres con las que nos encontramos nos miran con curiosidad.

Al cruzar la puerta lateral, Carmen se queda quieta y en silencio durante un segundo.

El Patio del Loto impresiona; a mí también me ocurrió la primera vez que lo vi.

Nunca habría imaginado que en medio del desierto pudiera existir un lugar tan lleno de vegetación y vida, con agua corriendo día y noche en un estanque casi cubierto de flores azules.

Se escucha música por todas partes. Se respiran los nervios en los preparativos para la siguiente actuación en palacio. Todas lucen sus mejores ropas y pelucas, además de montones de pulseras que tintinean.

—¿Bailarinas? —pregunta.

—Algunas sí —le contesto, mirando hacia un grupo de Bellas que ensayan tras las puertas cerradas que dan al gran salón—. Otras son concubinas.

Desvío los ojos hacia el extremo opuesto del patio. Allí, un grupo de mujeres de una belleza deslumbrante sigue las indicaciones de la anciana maestra de danzas. Sus movimientos son lentos y muy sensuales. Ellas no ensayan para el público, sino para el faraón.

—¿Todas esas mujeres son concubinas del faraón? —pregunta Carmen mientras avanzamos hacia mi habitación, sin dejar de mirarlas.

Asiento.

—Madre mía —resopla—. Luego algunos se creen modernos en nuestra época con eso del poliamor.

En otra ocasión me habría hecho gracia su comentario, pero la verdad es que no me hace ninguna, porque es en este momento cuando comprendo que Khenra puede estar con la mujer que él quiera. Y ese pensamiento despierta en mi pecho un sentimiento nuevo, que no debería estar ahí.

—Al igual que yo, ellas llegaron aquí por motivos políticos o económicos: alianzas, acuerdos, favores… —explica Taia—. No obstante, el faraón solo ha llamado a unas pocas en contadas ocasiones. Sin duda, menos veces de las que ellas desearían.

Se detiene y me mira fijamente.

—Todas comparten el mismo sueño que tuve yo un día: dar un heredero al trono de Kemet y convertirse en la madre de un rey. Pero este faraón es muy distinto a su hermano.

—Eso tendré que verlo —farfulla Carmen—. No me fío ni un pelo del musculitos.

Veo a varios guardias apostados cerca de la entrada a mi habitación. Uno de ellos es Ushem, el hombre de la cicatriz. Taia también lo ve y le dirige un gesto breve, casi imperceptible para todos, pero no para mí.

Empujamos la puerta y entramos.

—Madre mía, Patricia… —dice Carmen—. ¿Esta es tu habitación? —Da un par de pasos y gira sobre sí misma, mirando a todos lados—. Si es como una suite de lujo en versión egipcia.

No puedo evitar sonreír con tristeza. Ojalá fuese solo una suite de un hotel temático y no estuviéramos atrapadas en una época que no es la nuestra .

Taia se acerca a mí sin decir nada y me ayuda a despojarme de la piel de leopardo. Luego coge una prenda fina, me la pasa con delicadeza por los hombros y me ayuda a tumbarme.

—Ahora descansa —me aconseja—. Mientras, yo acompañaré a tu amiga a la fiesta en palacio. Creo que le gustará.

A Carmen se le abren los ojos como platos al escuchar una de sus palabras favoritas.

—¿Fiesta? ¿Vamos a una fiesta? —dice, dando palmaditas como una niña pequeña—. Necesito unas cuantas cervezas para olvidarme un rato de todo lo que está pasando. ¿Están fresquitas?

Se gira hacia mí. Me ve tumbada en la cama y la sonrisa se le borra del rostro.

—Ay, no…, qué va. Yo no voy a ningún sitio, me quedo aquí con Patri. No pienso dejarla sola.

—No estará sola —responde Taia—. El faraón ha dejado a sus mejores medjays custodiándola. No le ocurrirá nada.

—¿Y quién me dice a mí que ese faraón no ha sido el que le ha hecho esto a mi amiga?

—No ha sido él, Carmen. —Hago un esfuerzo para hablar.

Ella abre la boca para replicar, pero continúo, más segura:

—Aún no sé quién ni por qué lo ha hecho, pero sé que no ha sido él.

Se hace un breve silencio. Taia me observa con atención. Yo bajo la mirada y, sin darme cuenta, vuelvo a llevar la mano al brazalete, como si ese gesto explicara lo que aún no sé verbalizar.

—Me quedo contigo —insiste Carmen—. No pienso dejarte sola.

Niego con la cabeza.

—Necesito dormir. —La miro a los ojos para que sepa que hablo en serio—. Estaré bien, Carmen, no te preocupes. Ve con Taia a la fiesta y deja que te enseñe el resto del palacio; te encantará.

No parece muy conforme, pero Taia le hace un gesto para que la acompañe. Carmen duda, pero al final, se acerca y me da un beso en la frente.

—Descansa —me dice en voz baja—. Luego me cuentas si has soñado con algún príncipe, ¿vale?

Asiento risueña, para que se vaya tranquila, pero pienso en que no sabría cómo explicarle que no quiero soñar con ningún príncipe. Que, ahora mismo, es un faraón guapísimo a quien me gustaría encontrar en mis sueños.

Cuando me quedo sola, la música sigue sonando fuera, constante.

Cierro los ojos e intento dormir. Sin embargo, aunque estoy agotada, me cuesta conciliar el sueño. Me cubro la cara con los brazos para mitigar la claridad que entra desde el patio.

Cuando por fin caigo rendida, mi mente vuelve al pozo.

El agua fría me rodea por todas partes. Intento trepar por la piedra, pero resbalo una y otra vez. Me falta el aire. Quiero gritar, pero no puedo y acabo hundiéndome.

Abro los ojos, sudando y con la respiración entrecortada.

Es de noche y la habitación está en penumbra, únicamente iluminada por la luz que se cuela por la ventana. Durante un segundo, dudo si sigo soñando, pero no, no estoy sola.

Él está aquí, muy cerca, junto a mi cama, mirándome en silencio. Es enorme, imponente, y tiene el cuerpo marcado por las batallas. Debería temerlo; sin embargo, por alguna extraña razón, no lo hago.