La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 47
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Khenra

La puerta se cierra tras las tres mujeres, y el sonido de la fiesta, que hasta hace un instante se colaba en mis dependencias, se atenúa, aunque no desaparece del todo, lo que me recuerda mi deber.

Sé que me esperan en el gran salón para continuar celebrando, y que no asistir sería interpretado como un mal augurio, un desafío a los dioses.

Ojalá no tuviera que marcharme nunca de aquí. La imagen de Patricia en mi cama, entre mis pieles, ahora que el color de la vida ha regresado a su rostro, es una que no quiero que los dioses borren jamás de mi memoria.

—Debo cumplir con mis obligaciones. Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites —digo, lo más suave posible.

Ella, sin embargo, se incorpora con esfuerzo.

Cualquier mujer de estas tierras se sentiría afortunada por el simple hecho de encontrarse entre estas paredes prohibidas. Patricia, en cambio, aparta las pieles que cubren su cuerpo, sin ser consciente de su desnudez.

—Te lo agradezco, pero estaré bien en mi cuarto. —Hace ademán de levantarse, pero se detiene en seco; mira hacia su cuerpo y vuelve a cubrirse—. Hostis…, ¿y mi ropa? —pregunta con los ojos de par en par, como si tratara de comprender en qué momento pudo haberse quedado así.

Sus mejillas se sonrojan, y esa mezcla de pudor y vulnerabilidad son irresistibles.

—¿Dónde vamos a vivir? —le susurra la mujer del pelo color fuego.

—En el Patio del Loto —responde ella. Intenta ponerse en pie mientras se envuelve con cuidado en una piel de leopardo.

Taia se le acerca y trata de ayudarla sujetándola por el brazo.

—¡Ay! —exclama Patricia. Sacude su brazo, donde aún es visible la huella de unos grandes dedos.

Taia la suelta de inmediato.

—¿Qué te ha pasado aquí? ¿Quién te ha hecho esto? —le pregunta, mirando con atención la rojez en su piel.

La elegida baja la mirada y se queda estupefacta al descubrir su antebrazo desnudo.

—¡La llave! ¡Carmen, no tengo la llave! —dice, y noto pánico en su voz.

—¿Qué llave, Patricia? ¿La del patio ese?

Ella niega con la cabeza y se lleva las manos a la boca, ahogando sus palabras.

—El brazalete que me regalaste, el que nos hizo llegar aquí. Esa es la llave para regresar.

La mujer del pelo rojo se tensa al instante.

—¿Me estás diciendo que ahora que por fin estamos juntas no podemos regresar si no recuperamos ese brazalete?

Hablan entre sí muy rápido, utilizando algunas palabras en ese idioma que no entiendo.

Instintivamente, echo mano a las telas para sacar la joya. Mis dedos la rozan; dudo. Recuerdo lo que explicó Sotis y comprendo que sin el brazalete no podrá regresar a su tiempo. Tengo el poder de hacer que ella se quede aquí para siempre, y no lo sabe.

En mi interior se abre paso una esperanza que me avergüenza. Nunca había sentido una necesidad tan feroz de estar cerca de otra persona, de protegerla. No sé cómo, pero mi alma está ligada a la suya. Y aunque ella no lo sepa, sé que sin su luminosidad solo me aguardan la soledad y el vacío.

Podría ocultar el brazalete, pero siento su desesperación en cada palabra, y eso me desarma.

No dudo más.

—Creo que hablas de esto —digo, enseñándosela.

Patricia se queda inmóvil. Sus labios se entreabren y, por un instante, parece incapaz de respirar.

—¿Por qué lo tienes tú? —Veo la incertidumbre en sus ojos.

—Lo tenía mi esposa —respondo—. Cuando lo vi en su brazo, supe que algo te había ocurrido.

—¿Cómo me encontraste?

—Los dioses de alguna forma me mostraron el camino —le explico mientras me acerco.

Ella no se mueve. Me tiende el brazo para que vuelva a colocar la alhaja en su lugar. Lo deslizo con sumo cuidado un poco más arriba de la zona enrojecida.

Cuando el metal roza su piel, un calor asciende por mis dedos. El aire entre nosotros se vuelve denso. Respiro hondo, intentando ignorar la presión en el pecho.

Estamos demasiado cerca, lo suficiente para que yo pueda notar su respiración, para sentir como esta se acelera al mismo ritmo que la mía. Alzo la mirada y encuentro sus ojos. No hay temor en ellos; por primera vez no me mira como a un faraón.

Llaman a la puerta. Sin esperar permiso, Ushem vuelve a entrar.

—Mi señor, lo esperan impacientes en…

—Lo sé —lo interrumpo.

Sin apartar la vista de la elegida, me separo apenas unos pasos.

—Enviaré a mis mejores guardias para custodiar el patio.

La mujer del cabello de fuego se interpone entre nosotros. Su mirada es feroz.

—Mi amiga ya me tiene a mí para cuidarla —gruñe entre dientes—. Para cuidarla de ti y de cualquier faraón que pretenda hacerle daño.

Patricia la toma del brazo y la obliga a mirarla.

—Tranquila. Todo está bien.

La otra vuelve a gruñir levemente, dejando claro que no le gusto en absoluto.

Si antes albergaba alguna duda de quién podría ser, ahora ya no. La reconozco. Es la reencarnación de Sekhmet, la diosa que camina entre los hombres cuando la sangre ha sido derramada. La que castiga sin piedad. La que no se inclina ante ningún trono.

Ha venido acompañando a la antigua esposa de mi hermano, como si el pasado hubiera decidido reclamar su venganza.

Me doy la vuelta. Debo marcharme. El gran salón me espera; el pueblo; los dioses; el deber.

Doy un paso hacia la puerta, pero entonces su voz me atraviesa.

—Gracias, Khenra. Tú me salvaste de morir ahogada —dice la elegida—. Lo recuerdo.

Me detengo, pero no me giro. Tampoco respondo, simplemente asiento con un gesto mínimo. Sin embargo, su gratitud me acompaña mientras me alejo, como una herida que no sangra, todavía.