La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 46
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Lola

Me alejo de mis amigas con la sensación de que no debería dejarlas en este lugar. Por mucho que Patricia y Taia me hayan asegurado que todo estará bien, una presión extraña me oprime el pecho, y me cuesta respirar.

Necesito salir de este palacio; me trae demasiados recuerdos y ninguno de ellos es bueno. Camino con la cabeza cubierta, sin esperar a Sotis ni a Asenet, que intentan seguir mi paso.

Haber tenido frente a mí a ese faraón ha abierto viejas heridas que creía cerradas. Cuando he visto a mi amiga, tan pálida bajo las pieles de tigre, una sucesión de imágenes ha desfilado por mi mente con demasiada nitidez, como si todo hubiera ocurrido ayer.

Al cruzar los muros, me detengo. Ojeo a mi alrededor.

Hay música y celebraciones por todas partes.

La gente baila y parece feliz, pero sus ropas gastadas, los rostros delgados e incluso la propia ciudad cuentan una realidad muy distinta, como si la miseria y el hambre se hubieran instalado en ella desde hace tiempo.

Recuerdo el día que llegué ante esta misma puerta. Entonces, tan solo era una joven cumpliendo su deber, y me deslumbró la majestuosidad que me rodeaba. Ahora lo veo todo de un modo diferente. El interior es más ostentoso que antes; sin embargo, el exterior es mucho más pobre.

Escucho pasos a mi espalda. Sotis llega del brazo de Asenet y se detienen a mi lado. Ninguna de las dos comenta nada. Guardan silencio, observando la ciudad conmigo.

—Sotis, ¿qué ha pasado durante estos años?

—Que los siervos de los dioses ya no viven para el pueblo, sino para alimentar sus propios intereses.

Aprieto los puños.

—Entonces este faraón es aún peor que el anterior. Aquel, aunque acabó conmigo y esclavizó a mi pueblo, fue justo con el suyo. —El odio puede palparse en mi voz, imposible de disimular.

—Este rey es diferente, pero ha estado demasiado tiempo manipulado por sombras nacidas de la ambición. No obstante, todo eso está cambiando, lo sé.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Se pone frente a mí y sonríe.

—Porque cosas más imposibles ya han ocurrido.

Al llegar a la casa de Asenet, junto al templo, oímos risas al otro lado de la puerta.

En el interior, la joven esposa de Heny está sentada en el suelo, con el niño entre las piernas. Juega con él, le hace cosquillas, y el pequeño responde con carcajadas que llenan la estancia.

Cuando entramos, el escriba, que está sentado en una silla junto a ellos, se pone en pie con una amplia sonrisa. Se acerca a su madre y le da un beso en la cabeza, en un gesto de profundo cariño. Después, se vuelve hacia Sotis, inclina la cabeza y le ofrece la silla que hay junto a su esposa.

El pequeño tiene las mejillas ligeramente más sonrosadas y los ojos más despiertos. Al vernos, levanta la cabeza y nos regala por primera vez una sonrisa.

—Está mejor —dice la joven, mirando a Asenet—. Apenas tuvo fiebre anoche, y he logrado que tome un poco de caldo.

Asenet se sienta en el suelo a su lado. La joven continúa hablando, describiendo los remedios que le ha proporcionado y las oraciones que le ha dedicado. Parece que todo ha surtido efecto.

Sotis apoya una mano sobre la cabeza del pequeño y la mantiene ahí unos segundos, con los ojos cerrados. El gesto es casi místico. El pequeño se queda quieto, mirándola con atención.

—Lo trajimos con nosotras. Es de una aldea cercana al templo de Hathor, a través del cual llegamos a este tiempo.

Sotis abre los ojos y asiente.

—Y le habéis salvado la vida. Por los rastros que aún permanecen en su cuerpo, no habría sobrevivido sin ayuda muchas lunas más. Son las huellas del hambre y la miseria. Osiris ha recibido a demasiados niños ante su juicio en los últimos años.

La estancia queda en silencio. El escriba y su esposa intercambian una mirada. Veo decisión en los ojos de la pareja.

—Nos gustaría que se quedara con nosotros en el templo. Inculcarle las antiguas enseñanzas y que crezca protegido, al igual que hicieron mis padres conmigo.

Dudo un instante.

—Tiene hermanos. Viven en la misma aldea.

Heny y su esposa cruzan una segunda mirada, como si no necesitaran las palabras para comunicarse.

—Si algún día deciden dejar el campo y trasladarse aquí, serán bienvenidos —dice él con rotundidad—. Las puertas de nuestro hogar estarán siempre abiertas para ellos.

La joven rodea con los brazos al pequeño, con infinita dulzura. El niño no comprende lo que decimos, pero nota el tono y las miradas puestas sobre él. Ríe, ajeno a que su vida se está decidiendo en este momento.

Asenet sonríe y mantiene la mirada fija en su hijo. En ella percibo orgullo; sabe que el hombre en el que se ha convertido es, en parte, obra suya.

Yo los observo en silencio. Después de todo lo que he sentido hoy, esta escena es un pequeño milagro.

—Carmen se va a alegrar mucho —digo, más para mí que para el resto.

Asenet se levanta y se acerca a mí. Su mano acaricia mi brazo con cariño.

—Podemos ir a palacio a verlas cuando quieras. El faraón ha dado su permiso.

Sé lo que ha dicho ese hombre, pero estar entre esas paredes me trae demasiados recuerdos dolorosos.

—Confía en el destino —añade Sotis—. Los dioses me han enseñado que todo es como debe ser, incluso cuando son ellos los que hieren.

No respondo, ya que hoy duele más que nunca recordar que entre esos muros se forjó parte de mi destino. Saber que mis dos amigas están ahora a merced de otro faraón que, como su hermano, se cree un dios, me hace sentir que las he dejado donde yo jamás quise estar.

Siento la necesidad de regresar corriendo al palacio y sacarlas de allí. Pero ¿cómo podría hacerlo yo sola sin ponerlas en peligro?