La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 45
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Patricia

Escucho sonidos lejanos, como procedentes de otro mundo. Voces que no logro distinguir. Y entre ellas, música, y alguien que me llama.

—¡Patricia!

Esa voz, la reconozco. Es Carmen. Y esa forma de pronunciar mi nombre, siempre como si me regañara.

Trato de abrir los ojos, pero la luz me deslumbra. Cuando por fin lo consigo, lo primero que veo es a él frente a mí. Sus iris negros están fijos en los míos, y en su expresión hay algo que no logro descifrar.

—¡Está despierta! ¡Patri, estamos aquí! —escucho a mi lado, entre sollozos de felicidad.

Giro la cabeza, convencida aún de que todo forma parte de la misma fantasía, pero ahí están. A un lado de la cama donde estoy tumbada se halla Carmen con los ojos enrojecidos. Y al otro, Lola.

El pulso se me acelera. No puede ser.

—¿Sois vosotras de verdad? —logro preguntar, aunque las palabras salen de mi boca casi sin fuerza.

—Estamos aquí, hemos venido a buscarte. —Lola me acaricia el pelo—. Ahora descansa, pronto volveremos a casa juntas.

Estoy agotada y los ojos se me cierran, pero sonrío. No creí que ellas también estuvieran en este tiempo, como yo. Pero ahora, con mis amigas a mi lado, estoy segura de que encontraremos la forma de regresar a casa.

Entonces, una voz ronca de mujer rompe el momento de felicidad.

—Aún no podéis regresar.

Abro los ojos de golpe. Junto a Khenra está la anciana que me ayudó a hablar y entender su lengua. ¿Qué hace ella aquí?

Me incorporo como puedo en la cama, apoyando los codos en el colchón. Un dolor punzante me atraviesa el costado y me recuerda la caída.

La cabeza me da vueltas y debo quedarme quieta un momento, a la espera de que todo deje de girar. Respiro hondo, intentando recomponerme, mientras ella continúa hablando:

—Deberéis esperar a que Ra despierte de su noche más larga y vuelva a alzarse en el cielo. Solo entonces el camino se abrirá de nuevo. No antes.

Carmen se levanta de un salto y se sitúa frente a la anciana.

—¿Qué quiere decir eso? —pregunta alterada.

Se gira hacia nuestra amiga buscando una respuesta. Lola se pone en pie, pensativa.

—Creo que lo que intenta decirnos Sotis es que no podemos regresar hasta el próximo solsticio. Llegamos aquí durante uno, y al parecer no podremos salir hasta que tenga lugar el siguiente.

—Pero para eso aún falta…

—Eso ocurrirá cuando los primeros brotes tiñan los campos de verde —concluye Khenra, sin dejar que Carmen termine la frase .

No mira a mi amiga, sino a mí. Y en sus ojos leo un matiz distinto, que no estaba ahí hace un momento: esperanza.

Carmen aprieta los labios y sacude la cabeza enérgicamente.

—¿Y mi niña? —susurra—. ¿Y Javier? No puede ser, es mucho tiempo.

Me duele ver a Carmen así, pensar en Luz creciendo sin ella, sin nosotras. Es demasiado el tiempo que mi amiga va a pasar sin poder abrazarla.

—¿Qué vamos a hacer? —me esfuerzo en preguntar.

—Viviremos con Asenet hasta que llegue el día, intentando pasar desapercibidas —resuelve Lola.

Busca la mirada de la mujer que permanece junto a la anciana. No me había fijado en ella hasta ahora. Esta asiente de inmediato.

—La extranjera se queda —dice el faraón, y su tono es inapelable.

Lola lo mira desafiante, pero él no aparta la mirada cuando continúa:

—Han intentado matarla una vez, y volverán a hacerlo. Yo la protegeré, pero para eso debe permanecer donde pueda hacerlo.

Durante unos segundos, Lola duda. Después, acercándose mucho a Khenra, sin miedo de lo que este pueda hacerle, le dice entre dientes:

—Pues protégela. Porque si le pasa algo, con ayuda de los dioses o sin ella acabaré contigo como debí hacer con tu hermano.

Un sonido bronco escapa de la garganta del faraón, más propio de una bestia que de un hombre. Pero mi amiga le sostiene la mirada sin dar un paso atrás.

—Si ella se queda aquí, yo también. No pienso dejarla sola —interviene Carmen.

Se tumba a mi lado y me acaricia por encima de las pieles. Luego se enjuga las lágrimas con la tela blanca de su vestido, emborronando sus ojos pintados de kohl.

—Además —prosigue—, si me tengo que quedar en este tiempo y renunciar a ver crecer a mi niña…, ¿qué mejor sitio para vivir que un palacio?

Algo en mi interior se relaja. Saber que Carmen estará aquí conmigo, que no voy a volver a quedarme sola, hace que la angustia por tener que permanecer en esta época tantos meses se diluya un poco.

—Yo también cuidaré de ella —asegura Taia.

No sabía que también estaba aquí, pues hasta este momento se había mantenido apartada, fuera de mi vista. Al escuchar su voz, sonrío irremediablemente.

Lola se acerca a ella con cautela.

—Te recuerdo.

—Y yo a ti, reina Nebet. Bienvenida de nuevo a la vida —responde Taia.

—¿Os conocéis? —pregunto, confundida.

Lola asiente, y en su rostro se dibuja una sonrisa triste.

—Taia era una de las concubinas del anterior faraón. Una de las pocas personas que se mostraron amables conmigo entre estos muros. Compartimos el mismo final: yo, el de mi vida, y ella, el de la de su pequeño, al que enterraron en la misma tumba que a mí, junto al faraón.