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Khenr a
Al principio creo que es fruto del cansancio. Una suerte de alucinación tras tantas noches sin descanso, pero de inmediato me doy cuenta de que no es así.
Frente a mí se halla la segunda esposa de mi hermano.
A la que enterró como una ofrenda más; a la que los sacerdotes, y todo mi círculo, consideraba un peligro.
Alegaban que si sobrevivía a su esposo y al resto de la familia real, el trono de Kemet podría recaer sobre ella, una mujer que no pertenecía a estas tierras, y eso ponía en riesgo el orden ya conocido.
¿A qué ha regresado de entre los muertos? ¿Qué pretende reclamar ahora?
Su mirada me atraviesa como una hoja afilada por los mismísimos dioses.
—¿Qué clase de juego es este? —pregunto a la anciana sin comprender nada de lo que ocurre.
No obtengo respuesta. Ni una palabra, ni un gesto.
Y cuando creo que ya nada puede sorprenderme, la mujer que se inclina sobre el cuerpo de la elegida deja caer la peluca que cubre su cabello.
La luz del sol, que entra por los lucernarios del techo, muestra una melena de un color nunca visto, y que ni siquiera parece de este mundo.
Roja, pero no como los tonos apagados con que algunas mujeres pintan su cabello, sino como el fuego más vivo.
En ningún reino de los que conozco existe nada igual.
Ninguna mujer es portadora de ese color a no ser que los dioses hayan posado su mirada sobre ella.
La anciana me roza con su mano, pero mi cuerpo tenso no logra deshacerse de la profunda sensación de temor.
—Anciana, necesito entender. Abre mis ojos para que pueda ver con claridad qué significa esto y por qué estás aquí con ellas. ¿A qué habéis venido?
La anciana no responde de inmediato. Su mano permanece sobre mi brazo, y sus ojos oscuros brillan con una luz inquietante.
—Han venido a buscarla —dice con una voz que no parece la suya.
Trago saliva. El aire apenas entra en mi pecho.
—¿Buscarla, para qué? —pregunto, aunque una parte de mí ya conoce la respuesta.
La anciana ladea la cabeza hacia las mujeres que rodean a Patricia.
Ante mis ojos, la regresada del reino de Osiris se inclina sobre ella, como intentando protegerla de mí.
Cuando alza la vista, sus ojos se clavan en los míos, duros, acusadores, como si yo fuera el responsable de lo ocurrido.
La otra, la del cabello color fuego, no para de agitar a Patricia con suavidad, mientras le murmura palabras en un idioma que no logro entender.
La anciana se vuelve de nuevo hacia mí.
—Para llevársela, mi faraón —susurra—. No son hijas de este tiempo. Ellas no han venido de una tierra lejana, sino de un tiempo que los dioses aún no han entregado a los hombres.
Un escalofrío me recorre la espalda .
—Eso no tiene ningún sentido —murmuro apenas.
La anciana no responde, solo me observa.
Dudo antes de hablar. Busco la forma de nombrar lo que parece imposible.
—¿Estás diciendo que se va a marchar a un tiempo que aún no ha ocurrido?
Ella me mira y sonríe, y es la primera vez desde que la conozco que veo ese gesto en su rostro. Hasta la expresión de su mirada es distinta, como si se hubiera despojado de un velo oscuro que durante años le nubló el alma.
—Aún no hay nada escrito. Si cuando llegue el momento desea quedarse, el hilo no se romperá —afirma—. Pero si anhela marcharse, ningún poder, ni humano ni divino, podrá retenerla.
Sus palabras no suenan a aviso, sino a sentencia. Y por primera vez comprendo que no se me está poniendo a prueba como faraón, sino como hombre.
Del otro lado de la puerta comienza a sonar música.
Al principio es solo un eco distante, pero luego los sonidos se hacen más claros.
Los tambores marcan el ritmo de la celebración por la llegada de las aguas y el inicio de un nuevo año.
La fiesta continúa, ajena a lo que ocurre entre los muros de esta estancia.
Yo, en cambio, permanezco inmóvil. Todo lo aprendido en el campo de batalla me resulta inútil aquí. No existe rito ni sacrificio capaz de inclinar el peso de un corazón.
Me acerco a la cama sin poder apartar la mirada de ella. Incluso en el estado en que se encuentra, me resulta la mujer más bella que jamás he visto. Y en este preciso instante, como si escuchara mis pensamientos, su cuerpo reacciona .
Primero, apenas es un tenue movimiento de sus dedos sobre las sábanas. Sus párpados tiemblan mientras sus labios se entreabren y dejan escapar un aliento débil e irregular.
Las mujeres se inclinan aún más sobre ella, acercando sus rostros al suyo mientras le hablan en voz baja. Entonces, muy despacio, sus ojos claros comienzan a abrirse, como si la luz regresara a ella poco a poco. Al principio parecen desorientados, velados por el sueño y el cansancio.
Pero entonces, me mira, como si no supiera qué ha pasado. Siento alivio al verla despertar y, al mismo tiempo, temor. El miedo me oprime el pecho, y no es a perder el trono, ni a desafiar a los dioses.
Es a que, cuando se recupere, decida marcharse para siempre.