La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 43
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Lola

El palacio está tal cual lo recordaba, aunque aún más espléndido.

Nuevos relieves decoran las paredes en las que se contaban las hazañas del faraón que acabó conmigo y esclavizó a mi pueblo.

Ahora narran otras batallas, en las que el protagonista es el nuevo rey, el hermano del hombre que condenó mi alma.

Los guardias que nos han permitido entrar avanzan delante de nosotras.

Sotis camina apoyada en el brazo de Asenet, afanándose en seguir su paso.

Yo me mantengo detrás; Carmen se agarra a mí mirando todo a su alrededor con los ojos muy abiertos.

Al levantar la cabeza para observar los altos techos, la peluca que cubre su pelo está a punto de caer, y tiene que sujetarla con las manos.

—Madre mía… Es increíble, Lola. Jamás hubiese imaginado este palacio así, y eso que lo he visitado varias veces en estos tres años.

Asiento con un nudo en el estómago, sabiendo muy bien las sensaciones que despierta estar aquí por primera vez. La grandeza, los colores, los aromas, incluso el eco son de una fastuosidad inimaginable.

Sotis me ha instado a cubrir mi cabeza, y he obedecido sin dudar. El tejido me cae sobre la frente, tapándome parte de la cara. Bajo ningún concepto querría que nadie en este palacio me reconociera y quisieran devolverme al lugar donde creen que debería estar: enterrada en la otra orilla.

Un gran número de personas aguarda ante las estancias privadas del faraón. Hay sanadores, con recipientes de arcilla y paños entre las manos, sirvientes y un par de sacerdotes. Todos hablan en susurros, formando corrillos, pero el murmullo se apaga en cuanto nos ven acercarnos.

—Anunciad al faraón que he llegado —dice Sotis frente a los medjays que custodian la puerta.

—Tenemos órdenes de no dejar pasar a nadie.

—Los dioses me han traído hasta aquí. Sabéis lo que debéis hacer si no queréis enfurecerlos.

Ante la amenaza de la anciana, el hombre duda. Mira a sus compañeros, buscando una respuesta, pero ninguno parece dispuesto a dársela. Durante un instante el guardia nos mira sin terminar de decidirse.

La puerta se abre y por ella sale un hombre corpulento, con el rostro cruzado por una acusada cicatriz. Al pasar por nuestro lado, se sorprende al ver a la anciana y agacha la cabeza por respeto, pero prosigue su camino sin detenerse.

El guardia parece decidirse al ver la puerta abierta, y asoma un poco la cabeza para anunciarnos. Desde el interior se escucha una voz ronca que nos hace pasar.

La puerta se abre y una habitación enorme se extiende ante nosotras. En el centro hay una cama cubierta de pieles, y bajo ellas reconozco la melena rubia de nuestra amiga .

—Dios mío. —Carmen aprieta las manos contra el pecho.

Yo me quedo paralizada. El rostro de Patricia está pálido, y sus labios lucen un tono azulado que me hace temer lo peor. Hemos llegado tarde.

—¡Patricia! —grita Carmen.

Echa a correr hacia ella.

—¡Detente! —ruge el faraón.

La voz retumba en la estancia y Carmen se queda clavada en el sitio, sin atreverse a dar un paso más.

Mi mirada se detiene en el rostro de él, y una sensación helada me embarga. Es el mismo hombre que vi en mi sueño llevándose a Patricia.

—Tranquilo, mi señor —dice Sotis—. No van a hacerle daño.

Él relaja su postura, y solo entonces nos atrevemos a movernos. Cuando llegamos al lecho, la mujer se aparta.

—¡Patricia! ¡Despierta! —lloriquea Carmen mientras la zarandea con cuidado, pero ella no se mueve.

Mil imágenes aparecen en mi mente.

El sarcófago cerrado. Esa angustia al intentar escapar de la tumba sellada. Saber que mi vida se acababa allí. Esa sensación me acompañó durante mucho tiempo, sin que supiese por qué, y ahora estoy nuevamente ante ella, mirándola en los ojos cerrados de mi amiga.

—¿Qué le has hecho? —pregunto entre dientes, con los puños apretados, girándome hacia él.

Al hacerlo, la tela que cubre mi cabeza resbala y deja mi rostro al descubierto.

Él me mira y duda. A continuación mira a Sotis, que permanece a su lado. Entonces sé que me ha reconocido. Sabe quién soy .

Su mirada regresa a mí y da un paso atrás.

—Tú eres… —dice despacio—. Te recuerdo. ¿Qué broma de los dioses es esta?