42
Khenra
Corro cuanto puedo en dirección a palacio. Queda cerca, pero nunca me ha parecido tan lejos.
El pecho de Patricia apenas se mueve, y sus labios han adquirido un tono morado oscuro impropio de un ser vivo, y el cual me golpea como un presagio. Su cabeza cae hacia atrás, inerte. La estrecho más contra mi piel para darle un poco de calor.
—Respira —le susurro al oído—. Por favor, respira.
Siento las miradas de la gente clavadas en mí, pero no me importa. Todo mi mundo cabe ahora mismo entre mis brazos.
Sé que fueron los dioses quienes le señalaron el camino. Y si la pusieron ante mí, no permitiré que ahora me la arrebaten.
Las puertas de mis dependencias privadas se abren antes de que lleguemos. Ushem camina delante de mí, impartiendo órdenes a gritos.
Entro sin detenerme. La tumbo despacio sobre mi lecho, y en cuestión de un instante, la estancia se llena de sirvientes, guardias y sanadores que hablan a la vez. Siento que me asfixian. Alzo un brazo para impedir que alguien se acerque a ella.
Taia se abre paso sin pedir permiso, con los ojos fijos en la extranjera.
—¿Qué ha pasado? —me pregunta mientras busca con los dedos el latido en su cuerpo frío.
Entonces Patricia abre los ojos y nos mira a los dos, solo un instante. En sus labios violáceos se dibuja una sonrisa débil, y vuelve a cerrarlos.
—Tenemos que quitarle la ropa mojada —apremia Taia—. Debemos lograr que el calor regrese a su cuerpo lo antes posible.
Un murmullo recorre la estancia mientras Taia se apresura a desatar las telas pegadas a su piel.
—Fuera, que salga todo el mundo. ¡Ahora! —ordeno, alzando la voz para que todos obedezcan de inmediato.
La mujer se mueve con seguridad: seca su piel con finos paños y murmura palabras tranquilizadoras que no sé si van dirigidas a ella o a mí.
Intento ayudarla con dedos torpes. Al despojarla por completo de las telas, el cuerpo de Patricia queda al descubierto, y mi mirada se detiene más de lo debido.
Es hermoso, de una belleza distinta a la de las mujeres de por aquí.
Su piel es delicada, blanca, casi irreal. Lo más bello que he visto nunca.
Sé que no debería mirarla de este modo en un momento así, pero no puedo evitarlo.
Me doy la vuelta para intentar recuperar el control de mi mente, y la puerta se abre de nuevo. Ushem cruza el umbral y cierra tras de sí. No se acerca. Se limita a inclinar la cabeza en un gesto de respeto antes de hablar.
—Mi señor, estamos investigando quién ha sido el responsable, pero no sabemos por dónde empezar. La ciudad está llena de gente que celebra la llegada de las aguas; cualquiera podría ser el culpable.
—Yo sé quién ha sido.
Mis dedos buscan la joya que oculto bajo las telas de mi faldellín. Al tocarla, mi mirada se posa en el lecho y en el antebrazo de Patricia, donde siempre lleva el brazalete. La piel está enrojecida, marcada por huellas irregulares, como si unos dedos grandes hubieran apretado con demasiada fuerza.
—Satiah —pronuncio, y el odio se cuela en mi voz—. Ha sido ella, y no ha actuado sola. Uno de tus guardias está de su parte. El que perdió la oreja en la última batalla; estoy casi seguro de que ha sido él. Lo vi salir de las estancias privadas de mi esposa.
Ushem endereza los hombros mientras le explico lo que vi anoche desde la azotea.
—Me ocuparé personalmente de que ese hombre pague con su vida la traición.
—Aún no —lo intercepto—. Lo necesito con vida. Detenlo sin que nadie se entere; puede que sea útil. Haz correr la voz de que se ha marchado, que ha regresado a su casa. Quiero que ese rumor llegue a oídos de mi esposa.
Ushem asiente y se golpea el pecho en señal de obediencia.
Se da la vuelta, dispuesto a cumplir mis órdenes, pero antes de marcharse su mirada se desvía buscando a Taia.
Sus miradas se encuentran, y aunque no median palabra, yo, que lo conozco de mil batallas, no las necesito.
En sus ojos puedo ver claramente que le importa.
Hablaré con él cuando todo esto pase, me prometo en silencio.
Antes de que la puerta se cierre de nuevo, uno de los guardias informa desde el umbral, sin atreverse a entrar:
—Mi señor, la anciana que vive en la choza cerca del río desea ser recibida.
—¿La anciana está aquí? —pregunto sin salir de mi asombro.
La conozco desde que yo era tan solo un joven recién llegado a este palacio como faraón, y nunca la he visto fuera de esa choza, nunca.
Se negó a abandonarla incluso durante algunas inundaciones, cuando el caudal del río creció más de lo normal y el agua casi entró por su puerta, dejándola aislada de todo. Y ahora está aquí.
—Hazla pasar de inmediato.
—No viene sola. La acompañan tres mujeres —añade el guardia.
—Que pasen también. Si acompañan a la anciana, son bienvenidas.
Mi mirada regresa a los blancos linos y las pieles con las que Taia ha cubierto a Patricia. Continúa secando su cuerpo, y parece que el color vuelve a sus mejillas.
Suficiente para no perder la esperanza.