La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 41
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Patricia

Tengo la espalda totalmente estirada y los pies de puntillas mientras me sujeto a la pared, para ganar esos centímetros que me permiten respirar. El agua dejó de subir hace rato. Tan solo queda un pequeño espacio, apenas suficiente para mantener la nariz, y a ratos la boca, emergidos.

Intento gritar, pero la voz no me sale. El agua está helada y me duele la mandíbula de apretarla. Los músculos me tiemblan tanto que temo caer al fondo del pozo y no ser capaz de volver a subir.

Inhalo bocanadas cortas, con cuidado de que no entre agua. Aun así, cada vez que toso, trago sin querer. El pecho se me cierra y me cuesta volver a respirar con normalidad.

Me concentro en los agujeros por los que puedo atisbar el cielo. Unos pájaros blancos pasan muy cerca del pozo, volando libres, y pienso que quizás es la señal de que el cielo me está esperando.

Me siento tan agotada que no puedo mantener más la postura, y me dejo caer un poco, lo suficiente para descansar unos segundos antes de volver a sujetarme a la pared.

Sin embargo, el cuerpo ya no me responde igual y las manos resbalan en la piedra; las telas se me enredan en las piernas y pierdo el apoyo.

Caigo hacia el fondo y la oscuridad me engulle, arrastrándome hacia abajo.

Trato desesperadamente de nadar, pero las extremidades no me responden. Me preparo para morir.

Mis amigas nunca sabrán lo que me ha pasado. Para ellas, simplemente habré desaparecido en el templo durante el solsticio.

De repente, algo cambia a mi alrededor. Siento un estruendo que llega desde arriba, seguido de voces. Gritos de hombres amortiguados por el agua.

Cuando abro los ojos, una luz desde lo alto ilumina todo a mi alrededor. Inmediatamente después, algo cae dentro del pozo. Debido al impacto, el nivel del agua sube y baja de golpe, y pierdo la noción de dónde estoy.

Trago agua sin querer, y mi cuerpo se sacude buscando aire donde no lo hay. Mis pulmones no pueden más. Las manos ya no me obedecen, ni tampoco las piernas.

No hay arriba ni abajo, solo agua por todas partes, y entonces la oscuridad se cierne sobre mí.

Un torso firme me sostiene mientras el aire entra de golpe en mi pecho y empiezo a toser sin control. Expulso agua por la boca y la nariz; apenas puedo respirar. Alguien me inclina hacia delante, sin soltarme ni un momento.

Me tiemblan las manos, los labios, todo el cuerpo.

Consigo aspirar una bocanada de aire, luego otra.

Con esfuerzo, me giro lo suficiente para averiguar quién me ha sacado del pozo.

Lo primero que veo es su cara, muy cerca de la mía.

El faraón me mira con gesto de preocupación mientras me sostiene.

El pelo negro, empapado, se le pega a la frente y al cuello; regueros de agua le caen por la mandíbula.

Su pecho sube y baja en mi espalda y sus brazos me rodean.

—Tranquila —dice Khenra en mi oído—. Estás bien.

Parece una afirmación más para él que para mí.

Trato de asentir, pero no tengo fuerzas.

Empiezan a llegar decenas de hombres vestidos de negro.

—Mi señor, la llevaremos al templo para que los sunu la cuiden —dice uno de ellos.

—No. —El tono de Khenra es seco—. La llevaré yo mismo a mis dependencias; es el único lugar donde podré mantenerla a salvo.

Me alza como si yo fuese una pluma y echa a caminar conmigo en brazos. Noto el balanceo que producen sus pasos rápidos, el calor de su cuerpo todavía húmedo, la tela mojada pegándose a la mía.

Hago un esfuerzo y levanto los brazos para rodearle el cuello. Por primera vez, no siento necesidad de huir de él, sino todo lo contrario. Entre sus brazos me siento segura.

A nuestro paso, la gente se aparta. Todo el mundo fija la mirada en nosotros. Las caras se superponen y el mundo parece girar demasiado deprisa. Aunque quiero mantener los ojos abiertos, los párpados me pesan demasiado. Todo se vuelve borroso.

Entonces oigo una voz:

—¡Patricia!

Me parece escuchar la voz de Carmen, que me llama desesperada.

A duras penas, la busco entre la multitud, pero no consigo enfocar la vista. Ella vuelve a llamarme, más lejos esta vez, perdiéndose entre las voces .

Estoy delirando. Tiene que ser eso. Echo tanto de menos a mis amigas que mi cabeza me juega malas pasadas.

No logro mantener los ojos abiertos y, antes de que me dé cuenta, la oscuridad me engulle de nuevo.